miércoles, junio 20, 2007

Quintano, Y para comulgar, ruedas de molino

miercoles 20 de junio de 2007
Y para comulgar, ruedas de molino

POR IGNACIO RUIZ QUINTANO
UN régimen de opinión como el nuestro no consiste sino en la obligatoriedad de comulgar diariamente con ruedas de molino. ¿Qué es una rueda de molino? La América de Bush, por ejemplo, vive la mayor oleada de enriquecimiento de su historia, pero, reunidos en Asturias para almorzar, nuestros comisarios de lo exquisito han decidido que a quien hemos de hacerle la ola es a Al Gore, esa oronda Casandra de Tennessee que ha sabido ganarse el porvenir prediciendo la ruina del nuestro, y todo, según él, por afeitarnos con agua caliente. He ahí una rueda de molino.
Lo de Al Gore es, en efecto, una rueda de molino bien gorda, pero, aunque parezca mentira, las hay más gordas todavía. De hecho, esa parroquia de Entrevías donde Bono, el amigo de Jesucristo, comulga con pan de hogaza y vino de Jumilla es la viva metáfora de España, idiotizada por miles de curitas de la iglesia de los progres, como Valdano, que en el vigésimo aniversario de la matanza de Hipercor sale en un púlpito diciendo que «Eta nunca ataca causas populares», como si el Hipercor de Barcelona fuera el Tiffany´s de Nueva York. ¿Es impopular el aeropuerto de Barajas? ¿Son impopulares los concejales? ¿Los niños? Nos faltan las lecturas que tiene Valdano para, primero, quitarle a «la Eta» el artículo determinado, y luego, para tragarnos esa rueda de molino.
Los curitas de la iglesia de los progres, que son los encargados de repartir entre la feligresía las ruedas de molino, no descansan, y yo he visto a uno jalear a José Tomás como a «caballero demócrata» y «torero republicano», no sabemos si por sus lecturas de Tocqueville y Plutarco, y a otro, jalear a José Tomás como a «torero laico», no sabemos si del laicismo de Gala o de Bosé, que es un laicismo de lector de Pepe Rodríguez. Yo creo que José Tomás fue un genio del toreo que apareció para salvarnos de la vulgaridad industrial del julismo y que luego se apagó. Es verdad que en la América que se está poniendo las botas con Bush una mayoría inmensa cree en la Segunda Venida de Jesucristo. A uno, en cambio, le cuesta creer en la segunda venida de José Tomás. ¿A qué vendría esta vez? ¿A salvarnos de la banalidad artística del morantismo?
Un día que Foxá elogiaba su actitud valiente de hincar los talones en la arena, Manolete dijo «con el lúgubre acento de un presentimiento»:
-Pero un día me pueden quitar para siempre los pies del suelo.
¡Ay, el toro! Bono, el amigo de Jesucristo, defiende el chiringuito de Entrevías con el argumento de las «distintas sensibilidades», pero los cardenales le han contestado correctamente que la Eucaristía no es cuestión de sensibilidades. En las plazas, como en las iglesias, también hay muchas sensibilidades, pero en el toreo la «eucaristía» es el toro.
-Como soy alto, cuando no estoy bien parezco un pantomimo -le ha dicho el Cid a Alfredo Casas en El Correo.
Para no parecer un pantomimo, el Cid, y cualquier torero, debe torear toros con barbas, que es decir serios. Porque un toro ha de ser una ola del campo, no una brisa del jardín. Los toretes de José Tomás en la Barcelona gótica y bizantina que tira cantos a los forasteros («¡Asesinos!», coreaban las viragos de la «gauche» paleta a los corrillos de los taurinos, entre los que se encontraba Maite Pagazaurtundúa) fueron inocentes como cubos. (¡Como que eran «cuvillos»!) Por una cosa así -cosa que le hace mucha gracia, y con razón, a García Domínguez-, en la corrida de Santiago de 1835, los descamisados barceloneses se echaron a la calle en demanda de trapío y quemaron iglesias y conventos y mataron a una docena y media de curas. En descargo de José Tomás hay que entender que, en su segunda venida, carga con algo más tremendo que su tremendismo: la España de las ruedas de molino. Es la espuma de estos años bobos: el petardeo social, el bisbiseo periodístico y la crema de la intelectualidad. Pero ¿qué quedará del tomismo, si sus toros son de los que desoreja Cayetano?

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