miércoles, junio 20, 2007

Ferrand, El leon de Moratinos

miercoles 20 de junio de 2007
El león de Moratinos

POR M. MARTÍN FERRAND
LOS grandes cuerpos de funcionarios del Estado, algunos de vieja historia y relevantes servicios, le han dado certeza y brillo a la Administración española. No atraviesan ahora su mejor momento. Muchos de los políticos electos ven en ellos un poder limitador del suyo propio y, en arrebatos de mangoneo, les han ido relegando a funciones menores para su formación y distantes de las células de decisión. El fenómeno del menosprecio de estos cuerpos se inició en los días de Felipe González y, sin variaciones notables en los Gobiernos que vienen sucediéndose desde entonces, muchos de sus integrantes se han refugiado en el mundo privado. De ahí tanto advenedizo indocumentado como encontramos, con más frecuencia de la debida, en los distintos planos en que se organiza la gestión de la cosa pública.
Bernardino León, diplomático de carrera y dedicación, pertenece a uno de esos viejos y grandes cuerpos. Como su jefe inmediato, el ministro Miguel Ángel Moratinos. Es un miembro notable de «la carrera» -así le dicen en su ámbito- que, a pesar de su discreción profesional y vocacional, anda de boca en boca en todos los mentideros capitalinos. En su condición de «número dos» del Ministerio parece haber sido uno de los interlocutores directos con ETA en las distintas y vergonzantes reuniones que, por impulso y decisión de José Luis Rodríguez Zapatero, el Estado español ha sostenido -¡de igual a igual!- con los representantes de ETA, una banda asesina de imposible equiparación con otras que también invocan, o han invocado, un valor «patriótico» -abertzale- e independentista.
Aseguraba Baura en sus provocadores escritos juveniles que EE.UU. eran el país más grande de la tierra por dos razones básicas: carecer de la letra de cambio como instrumento de pago y del cuerpo diplomático como sistema de relación. A la letra de cambio ya hemos renunciado. Moratinos y León nos están invitando con su conducta, supongo que obediente, a considerar la vigencia de «la carrera». A muchos no nos gusta, ni en aras de una hipotética y no confirmada eficacia, que el Estado se comprometa, con la utilización de intermediarios institucionales, con los grupos delictivos que nos acosan.
La repugnancia ética que surge de esta situación de paridad entre los asesinos y quienes son, en la teoría, los defensores de los intereses de sus víctimas potenciales invita, cuando menos, al pataleo. Quizás fuera, en un escenario con verdadera separación de poderes -es decir, plenamente democrático-, motivo suficiente para una seria objeción fiscal. El «número dos» de Moratinos, además de asumir que el titular de su Ministerio sea un «número uno», acepta, en un caso de obediencia no necesariamente debida, el espíritu y el rumbo contumaz del «proceso de paz» de un eventual discontinuo en el servicio del Estado, Zapatero.

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