viernes 22 de junio de 2007
Zetapaña
Ernesto Ladrón de Guevara
A CABO de leer un magnífico opúsculo del profesor Dalmacio Negro, titulado “La tiranía del consenso”. En él se dicen cosas tan sesudas y verdaderas como la siguiente: “La política de desnacionalización-desespañolización llevada a cabo por el consenso a lo largo de treinta años ha sido bastante eficaz, aunque no es seguro que sea muy profunda, limitándose a anestesiar la conciencia de formar una nación. Al efecto, como si lo español sólo pudiese ser franquista, produce, por ejemplo, una específica leyenda negra del franquismo, que enlaza con la leyenda negra de la historia de España (cuyo auge interno debe mucho a los “regeneracionistas”), entre cuyos delitos incluye su insistencia en la unidad nacional. El éxito aparente ha sido tal, que, para mantener una mínima cohesión que sirva de referencia, el parasitario Partido Popular creyó necesario proponer como sustitutivo del sentimiento nacional el patriotismo constitucional. Patriotismo vinculado a un papel, cuya interpretación natural según la letra de la Constitución, aplicándole el sentido común, ni siquiera se ha respetado en la práctica, dicho sea de paso, cuando no le ha convenido al consenso” Estaba en estas reflexiones tan interesantes mientras me venía a la cabeza la idea de que ser libre y pensar de forma autónoma no es rentable, y, además, puede ser hasta peligroso para el estatus personal o profesional del que lo practica. Eso de ser librepensador nunca ha dado buenos resultados. Si no, que se lo pregunten allí donde esté su espíritu, a don Miguel de Unamuno que sufrió destierro, o a don Pío Baroja, Sánchez Albornoz y otros muchos más que tuvieron que salir por la puerta del exilio, no fuera que los que abogaban por la muerte de la inteligencia aplicaran el axioma de manera efectiva tal como le ocurrió a Federico García Lorca por no hablar de otros muchos poetas o intelectuales. Pues bien, en estas andaba yo cuando me llega a las manos un libro de Javier Orrico, de esos que envían las editoriales para darlos a conocer. El libro tiene el mismo título que el que encabeza este artículo, aunque lo que define el contenido del libro es el subtítulo: “Naciones para todos”. El primer libro que leí de Orrico fue “La enseñanza destruida”, verdadero diagnóstico del desastre educacional que nos invalida como sociedad, pues ésta es el sumatorio de los individuos y si éstos carecen de mimbres culturales apenas podemos decir que tengamos ciudadanos críticos, activos y participativos para el cambio político y el desarrollo comunitario. Apenas he llegado a la mitad del libro cuando me ha surgido la necesidad de abrir el campo de la publicidad a este magnífico repertorio de certeros análisis sobre la situación española y el lastre para los españoles y su futuro que supone lo que ya ha creado escuela de la estupidez política: el zapaterismo. Con lenguaje mordaz, con una ironía inteligente, a veces metafórico y otras veces explícito hasta el sarcasmo, con humor satírico mezclado con un sentimiento melancólico y doliente de un devenir poco esperanzador para los españoles, Orrico desgrana con maestría de cirujano cada una de las fibras del cancinoma que carcome el edificio constitucional y el futuro de la Nación española. Y pone sobre el escenario del gran teatro de la política a los arlequines, bufones y malabaristas que rodean la política de un presidente accidental que nos produce rubor a quienes consideramos el servicio a los demás como un deber moral de lealtad para el bien común. Merece la pena leerlo. No he sobrepasado un centenar de páginas y no puede haber más certezas en tan poco espacio, escritas con una maestría literaria y con un estilo casi burlón, que engancha desde la primera línea introductoria. Lean “Zetapaña”, disfruten y tomen conciencia del negro panorama que se nos abre si los ciudadanos no corregimos este rumbo disparatado.
jueves, junio 21, 2007
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