jueves, junio 21, 2007

Ignacio San Miguel, Egocentrismo religioso

viernes 22 de junio de 2007
Egocentrismo religioso
Ignacio San Miguel
C REO sinceramente que deberíamos ocuparnos más de los datos que nos llegan de la realidad circundante, siguiendo la marcha del mundo en general, y prestar una atención más moderada de la que concedemos a nuestros problemas particulares. En realidad, lo primero lleva a lo segundo indefectiblemente. Y digo esto porque si pensamos siempre en nuestra biografía corremos el riesgo de caer en el narcisismo y creer que somos seres especiales que merecemos tratamiento especial aún del mismo Dios. Y de esto no están libres ni las personas más inteligentes. Todos conocemos, o deberíamos conocer, al escritor inglés C. S. Lewis (Clive Staples Lewis), fallecido en 1963. Últimamente se le ha nombrado un poco con motivo de la película “Las crónicas de Narnia”, basada en su obra del mismo título. Todas sus obras, tanto sus novelas como sus ensayos, tienen fondo religioso, con una exposición tan prodigiosamente moderna, sugestiva y hasta intrigante que lo hacen superior a J. K. Tolkien y hasta al mismo G. K. Chesterton. A través de estos libros uno no duda de que Lewis era un hombre de fe intensa y, además, enormemente inteligente. Se piensa: “Hombres como este habrían debido surgir del Concilio, y no los que aparecieron”. Él era anglicano. Por estos motivos, la lectura de una de sus últimas obras, “Una pena observada” (1961), me causó un viva sorpresa. Y eso, a pesar de que hacía ya mucho tiempo que no me hacía ilusiones acerca del carácter real de muchos escritores, por no decir de la mayoría de ellos. Pues una cosa es predicar y otra dar trigo, como dice el refrán. A mí me han dejado de interesar las biografías de los escritores, pues resultan decepcionantes en demasiadas ocasiones. Por escrito expresan los más elevados pensamientos, pero en su vida real y no de imaginación, no pasan de ser gente muy ordinaria. Aún así, Lewis me sorprendió. Porque un hombre de una fe tan acrisolada, mostrada vivamente en sus escritos, no debería haber reaccionado como lo hizo ante la desgracia. Su esposa contrajo cáncer y acabó falleciendo. El dolor del escritor fue hondísimo. En la obra mencionada va exponiendo sus impresiones. Y, aunque al final del libro parece inclinarse a la resignación, no es esa su postura anterior. En un momento de sus reflexiones dice algo parecido a esto: “A estas alturas, no me resulta posible dejar de creer en Dios. Sin embargo, empiezo a considerar que su naturaleza puede no ser tan buena como había creído. Estoy pensando que quizás Dios no sea bueno”. Estoy citando de memoria, pero el sentido es ese. No me dirán que no resulta impactante. Un hombre tan inteligente había pasado por alto los millones de personas que mueren diariamente de cáncer, o de otras dolencias. Eso no tenía nada que ver con la bondad de Dios. Era lógico que murieran ¿no? Pero resulta que el cáncer lo coge su esposa, y entonces las cosas cambian radicalmente. Es posible que Dios sea malo. ¿Cómo le puede hacer eso a él, C. S. Lewis, si fuera bueno? Resulta realmente desconcertante. Parece casi sugerir que fue Dios quien le envió directamente la enfermedad a su esposa. Como hay que descartar la posibilidad de falta de inteligencia, no se puede achacar su actitud más que a un enorme egocentrismo unido a una naturaleza vulgar. Su razonamiento apenas se distingue del de esas personas sencillas que, ante una desgracia, protestan: ¿Por qué Dios me tenía que haber hecho esto a mí? ¡A mí! Lewis debía de pensar que como estaba realizando una labor en pro de la religión cristiana, era acreedor de una protección especial, de la cual el resto de la Humanidad no era merecedor. Hay muchas personas que creen que tienen una relación especial con Dios, quien les protegería de todo mal. No sé en qué basan su seguridad. Les empuja el egocentrismo, el deseo de protagonismo, llegando a la convicción de que conocen al dedillo los pensamientos de Dios, cuáles son sus intenciones, qué hay que hacer para que nos dé satisfacción a nuestros deseos, etcétera. Lo tienen como a un lacayo a sus órdenes; o, mejor, como al Genio de la lámpara de Aladino, que tenía enormes poderes, al servicio siempre de su amo. Y cuando las cosas no salen como se deseaba, entonces vienen las recriminaciones y los enfados infantiles. De la historia de Lewis sacaron una película en 1993, “Tierras de penumbra”, dirigida por Richard Attenborough y con Anthony Hopkins en el papel de Lewis. En este filme, y siguiendo los cánones religiosos de la progresía, la aparente resignación final del libro queda suprimida, subsistiendo la rebeldía contra Dios por la desgracia acaecida. Deberíamos tener en cuenta dos cosas principales para bajarnos los humos, cosa que nos conviene con urgencia. En primer lugar, que cualquiera de las desgracias que vemos que ocurren a nuestros semejantes, igualmente nos puede ocurrir a nosotros, pues nadie está inmune. Y en segundo lugar, que Dios no puede evitar estas desgracias. De la misma manera que no puede hacer que un cuadrado sea una circunferencia, que algo sea y no sea al mismo tiempo, que no puede ir, en suma, contra los primeros principios, tampoco puede evitar las catástrofes y las desgracias, que están inscritas en la ley natural, que no puede ser modificada. Ni tampoco Él envía las desgracias, como oscuramente llega a sugerir nada menos que C. S. Lewis. Ciertamente, a veces resulta< irritante la forma desenfadada como tratan a Dios algunos creyentes, como si se tratara de un buen amigo con el que se pueden tomar confianzas. Por mi parte, no lo veo así. Es más: entre esta postura de gente egocéntrica que manipula a Dios a su conveniencia, y otras personas que han llegado a prescindir de plantearse su existencia por diversos motivos, tiendo a pensar que esta última postura es menos impertinente y más acorde con la naturaleza de las cosas.

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