jueves 14 de junio de 2007
Sentido o sentimiento de dignidad personal
Ernesto Ladrón de Guevara
Q UE el contexto axiológico que regula nuestros valores colectivos se ha ido degradando a pasos agigantados no me cabe ninguna duda. Ese encuadre que sirve de marco de referencia de la forma de concebir la dignidad humana pasa por el sentido del respeto al otro, tiene que ver con una forma de sentir y percibir al otro, con la idea de los derechos y libertades ajenas que son las que cada uno de debe tener para poner en el pedestal de nuestro comportamiento individual y colectivo. Y así, poder, con legitimidad plena, reclamar la protección del sistema de garantías que nos ampare en nuestros derechos individuales como personas. Hace ya bastante tiempo que se ha perdido el sentido de la proporción de las cosas y también ha pasado al baúl de los recuerdos lo que hasta no hace mucho definíamos como vergüenza, sentido del ridículo, o percepción de lo que es perverso para la colectividad como conjunto de personas libres e iguales ante la ley. Esto se manifiesta en múltiples expresiones que suponen de una u otra forma una intromisión inaceptable en la integridad de los derechos de las personas físicas o jurídicas. Por ejemplo: odio a esos profesionales que invaden el reducto familiar, que es el único que teóricamente está preservado para poner a buen recaudo la intimidad que proporciona a las personas un descanso merecido o un ámbito de recogimiento personal. Múltiples son las llamadas telefónicas de tal o cual compañía ofreciéndote no sé qué ventajas. Cuando no es el visitador de turno que llama a la puerta interrumpiéndo el achuche cariñoso a tu pareja, o la lectura o audición de tu libro o música favorita. Yo personalmente estoy mentalmente preparado para expresar un NO rotundo de entrada a los entrometidos en el ámbito doméstico, cuestión que debiera estar prohibida por ley; pues uno de los bienes que tenemos los humanos es el de poder disfrutar de un tiempo de intimidad y tener un reducto donde gozar de momentos de aislamiento, de los que estamos tan escasos para nuestra desgracia espiritual y psíquica. Otro ejemplo que podríamos poner es el de los fiscales del 11-M. Hasta no hace mucho yo tenía una devoción, mezcla de profundo respeto y admiración hacia la profesión judicial. Y más concretamente, tenía idealizada la figura del fiscal, por eso de que es quien ejerce la acusación y nos protege de los delincuentes y malhechores. Pues bien: eso ya corresponde al pasado. Desgraciadamente los ejemplos que vemos desde la instancia fiscal, tan sometida a la discrecionalidad y al capricho del poder político, no son precisamente ejemplarizantes ni legitiman al poder judicial. La utilización del informe fiscal en el procedimiento judicial del 11-M para descalificar a la clase periodística que hace uso de su libertad de prensa en un sentido que no es el que desea la fiscalía, me parece vomitivo. Es cierto lo que se suele decir que uno de los pilares de la democracia es la prensa y la libertad de información y opinión. Por eso adquiere mayor gravedad, más aún cuando los hechos que se ocultan tras lo ocurrido en aquellos atentados, en nada aclarados hasta ahora, no nos ofrecen certezas absolutas ni pruebas contundentes, cuando han sido muchos los elementos que apuntan hacia concomitancias hasta ahora no dilucidadas, que siguen tendiendo graves sombras y sospechas para quienes hemos estado interesados en el esclarecimiento de la verdad. Y qué vamos a decir del uso que se puede hacer de los fondos de nuestras futuras pensiones con una gestión en renta variable que puede ocultar intereses que nos ponen los pelos en punta a los que estamos a tiro de piedra de la jubilación. Son demasiadas conturbaciones a nuestro necesario sosiego como ciudadanos, y una pérdida del concepto moral de las cosas que abruma.
jueves, junio 14, 2007
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