jueves 14 de junio de 2007
Una ‘cumbre’ con sabor de tregua
José Meléndez
A la tregua de ETA, cuya ruptura ha significado el mayor golpe que se ha llevado el gobierno socialista en sus tres largos años de gestión, ha seguido otra, la escenificada el pasado lunes día 11 en el palacio de la Moncloa, en el encuentro entre José Luis Rodríguez Zapatero y el líder de la oposición, Mariano Rajoy. Por treguas no ha de quedar. La conmoción que produjo el anuncio de la banda terrorista volviendo a lo que llama cínicamente la “lucha armada” hizo que Zapatero, sintiéndose por primera vez solo y a merced de los acontecimientos, citase a Rajoy con urgencia para dar la impresión de que busca la colaboración del primer partido para diseñar una política que pueda enfrentar los peligros de la nueva situación con el mayor consenso posible. Pero la cita encerraba un doble sentido, una sutil intención de traspasar a la oposición de los populares las consecuencias de la cadena de errores que Zapatero ha ido acumulando uno tras otro en un tema tan delicado y fundamental para la tranquilidad ciudadana como es la lucha antiterrorista. Para ello tanto sus corifeos como él mismo se encargaron en los días siguientes al anuncio de la cita de vaticinar que la reunión terminaría en fracaso por la obstinada y destructiva forma de hacer oposición que, a su juicio, ha venido manteniendo el Partido Popular en los últimos años, en una culminación de lo que ha sido –y sigue siendo- el empeño gubernamental de traspasar al PP todas las culpas de los errores propios. Una vez más, le han fallado a Zapatero sus dotes de profeta, sus trucos de aprendiz de brujo, sus maniobras de estratega político de bajo nivel, porque Mariano Rajoy entró en la Moncloa con el firme propósito de deshacer tan burda maniobra. A lo largo de la hora y media que estuvieron hablando –que no es el tiempo adecuado para medir la crucial importancia de los temas tratados- Rajoy afirmó al presidente que cuenta con el apoyo total y sin condiciones de su partido para lograr la derrota de ETA. Así lo reconoció la vicepresidenta Maria Teresa Fernández de la Vega –experta en sacarle las castañas del fuego a su presidente que, como siempre se ha mantenido en silencio- y así lo ratificó el propio Rajoy en unas declaraciones que tuvieron la vitola y el valor propios de un hombre de Estado. En esas declaraciones. Rajoy tuvo una frase certera al afirmar que ahora no es el momento de las críticas y reproches, porque será el tiempo el que se encargue de hacerlos al juzgar las conductas de cada uno. En una democracia que se precie de serlo, las críticas al gobierno no representan una deslealtad institucional, porque ese el deber de la oposición. Otra cosa es que la opinión pública las acepte o no como necesarias. Seguro que al decir esto, Mariano Rajoy se acordaba de la jugada de trilero que le hizo Zapatero en su entrevista del año pasado inmediatamente anterior al debate sobre el estado de la nación que había de celebrarse en el Parlamento. Ambos líderes acordaron en ella dejar fuera del debate el tema del terrorismo y así lo hizo Rajoy para encontrarse en la misma noche de la conclusión del mismo con el anuncio del Partido Socialista vasco de que abría un diálogo con ETA-Batasuna, que, a la sazón, ya estaba ilegalizada. Está claro que Rajoy no se fía de Zapatero y motivos tiene para ello. Pero es que la mayoría de los españoles tampoco se fían porque el presidente ha dado cumplidas pruebas de decir una cosa y hacer lo contrario, de ocultar los hechos y de engañar a la ciudadanía con unas promesas que después no ha cumplido. Sin embargo, se ha comprometido formalmente en ayudarle sin condiciones en la lucha para lograr la derrota de ETA por los caminos que marca las leyes de un Estado de Derecho, sin pagar precios políticos ni acceder a concesiones inaceptables. Es un ejercicio por parte de Rajoy de responsabilidad política y honestidad democrática. Pero no está claro que este ejercicio sirva para mucho, teniendo en cuenta los antecedentes del presidente del gobierno, su probado afán de esconder sus intenciones y sus vaivenes. El caso del asesino De Juana Chaos es un clamoroso ejemplo de estos últimos. De Juana ha sido un preso de ida y vuelta, según transcurrían los acontecimientos a gusto del presidente o no. Cuando le convenía para contentar a ETA, convirtió al pistolero en el único caso de la jurisprudencia española en el que aplica una torcida interpretación de las leyes, excarcelándolo con un panorama de vuelta a su casa. Y cuando el “proceso” ha fracasado, lo ha devuelto a la cárcel usando las mismas leyes que antes había quebrantado. Y lo mismo ha hecho con Arnaldo Otegui, el “hombre de paz”, el “interlocutor imprescindible”, que ha vuelto a la cárcel donde debía haber estado desde hace tiempo. La derrota del ETA, que persigue el Partido Popular y que desean todos los españoles, menos los descerebrados, no consiste solo en enviar terroristas a la cárcel, que es el último y mas importante objetivo de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, sino en desbaratar su entorno. A través de mas de treinta negros años, ETA ha sido –y sigue siendo- un cáncer de la sociedad española que ha generado una metástasis que se ha ido propagando gracias al entramado de sus partidos y grupos con barniz político que ha ido introduciendo en un asalto calculado y tenaz a las instituciones democráticas, infiltrándose en ellas para contaminarlas. Es una amplia plataforma de apoyo que ha ido extendiendo sus tentáculos y ante la que el Estado democrático esgrimió dos armas que son el Pacto Antiterrorista y la Ley de Partidos Políticos, que probaron su gran eficacia y tenían a ETA contra las cuerdas hasta que Zapatero, en sus sueños de paz, decidió prescindir de ellas. Y ahora, cuando ETA amenaza con volver a matar, Zapatero exhibe un nuevo vaivén: de príncipe de la paz ha pasado a azote de terroristas y para demostrarlo ha metido en la cárcel a De Juana y a Otegui. Pero en la entrevista de la Moncloa no se ha hablado de la vueltas al Pacto Antiterrorista y de la Ley de Partidos, no se ha esbozado por parte del presidente lo que será desde ahora su política antiterrorista, no ha hablado de la nueva Batasuna disfrazada de ANV, no ha dado ninguna pista a los pactos que se están cociendo en varias comunidades autónomas entre el PSOE y los nacionalistas radicales para quitarle el poder al partido mas votado. Rajoy se ha dado cuenta de ese importante matiz, pero ha preferido dejar que los hechos desenmascaren las intenciones del presidente e, incluso aceptar que el debate sobre el estado de la nación se celebre en los primeros días de julio, cuando todos los pactos se habrán consumado. Es, por lo tanto, una tregua falsa, con fecha de caducidad, porque el actual antiterrorismo de Zapatero suena a hueco, como una corroboración de que en su política de paz ha ido demasiado lejos y ha traspasado demasiadas líneas rojas que ahora le impiden dar marcha atrás. De la entrevista de la Moncloa se desprenden dos hechos ciertos: que la intención de Zapatero era poder alardear de consenso con el primer partido de la oposición en un momento extremadamente difícil para él (aun tirando por tierra su afirmación favorita de que el PP es un partido aislado) y que no puede desecharse en absoluto su empeño en poder resucitar su “proceso” en un futuro mas favorable por muy falto de ética y de dignidad democrática que parezca si con él consigue los resultados a los que sigue aspirando. Así están las cosas y eso es lo que debe meditar la ciudadanía en las próximas elecciones generales.
jueves, junio 14, 2007
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