jueves, junio 14, 2007

Oscar Molina, La unica revolucion pendiente

jueves 14 de junio de 2007
La única revolución pendiente
Óscar Molina
P ARA la izquierda siempre ha habido una revolución pendiente. Da exactamente lo mismo que un país, pueblo o nación se encuentren en un estado envidiable: los autoproclamados como depositarios únicos de la modernidad y el progreso siempre nos asaltan con la vocación de darle la vuelta a todo como a un calcetín. Funcionen o no, hayan demostrado o no su valía, los chamanes de la progresía buscan sin descanso el contrapunto al “status” de las cosas para desmantelarlo. Es más, hablo de una tendencia que en los últimos tiempos se ha venido exacerbando, posiblemente por ser el único bocado que alivie el ayuno forzoso que la izquierda sufre en materia ideológica desde la caída del Muro de Berlín. Ese que se edificó en nombre de una revolución que, entonces, también estaba pendiente, a cuyos pies murió un buen puñado de ingratos al paraíso y que al final se tiró en medio del júbilo general. A mí me parece que esto, por sí mismo no es malo. Al revés, la constante búsqueda de los resquicios que las cosas ofrecen para ser cambiadas es un elemento motor del cambio social, siempre que no busque el cambio por que sí. Lo que ya no me resulta tan agradable es que los padres de las revoluciones pendientes pretendan imponer su visión de las cosas a todo quisque, establezcan el apego a ellas por decreto y conviertan su práctica en algo ineludible. Eso no. Viene esto a cuento de las declaraciones de nuestra Ministra de Educación, que anda un poco nerviosa por las crecientes objeciones de conciencia que empiezan a aparecer contra su proyecto educativo estrella: la Educación Para la Ciudadanía. Tanto exaspera a Doña Mercedes ese grupo de insumisos contra su revolución pendiente que ha decidido que quien no la curse no podrá obtener sus títulos académicos. Y es que al pueblo, cuando se equivoca hay que obligarle a que haga lo mejor para sí mismo, ventura que se otorga desde la elevadísima posición que proporciona el estar al frente de un Gobierno que sabe qué revoluciones están pendientes y cuáles no. Es decir, que nuestros hijos pueden pasar de curso sin aprobar, promocionarse sin alcanzar los mínimos niveles de conocimiento exigibles, alcanzar una titulación después de no saber quién era Isabel II ni el autor de “El Buscón”, pero alcanzan el perfil de excelencia educativa si han sido instruidos en las bondades del libro “Alí Babá y los Cuarenta Maricones”, la beatífica Alianza de Civilizaciones o la milonga del “derecho a morir dignamente” Estamos salvados. Lo malo de algunas revoluciones pendientes es que son obligatorias. O sea, no cuentan entre los principios que las informan con algo tan anticuado como es la libertad de elegir si uno se adhiere a ellas o no. Son una especie de revoluciones necesarias sin las cuales el individuo queda tan sumamente disminuido en sus valores éticos y personales que resulta imposible certificar su valía desde el más elemental criterio educativo. A estos efectos, los padres del hombre o mujer en ciernes no tienen la entidad suficiente como para acatar o no la insoslayable instrucción de sus retoños en los auténticos valores que decreta el gran hacedor, el Estado, a cuyo frente se encuentran los sumos sacerdotes de las revoluciones pendientes. Los padres vienen a ser una especie de tiestos que cumplen con la labor de alumbrar, dar sustento y ubicación a unas plantas que no serán consideradas tales hasta que no hayan pasado por el tamiz de la jefatura de esquejes y el filtro de los encargados de palos enderezadores. Su función, como progenitores A o B, no es otra que traer al Mundo y alimentar a los futuros ciudadanos que hagan posible que la revolución decidida por otros (que viven de sus impuestos) deje de estar pendiente. Lo demás, oponerse a ser aleccionado, es en palabras de la Ministra “rebeldía civil”. Algo que tiene connotaciones buenas o malas según sea la identidad de los rebeldes, cuál el objeto de la rebelión y quiénes los que hayan de sufrirla. Así, la rebelión civil contra las revoluciones pendientes que decretan los “Gobiernos de Progreso” son absolutamente inadmisibles, causan daños irreparables en la convivencia y armonía sociales e impiden el acceso a una vanguardia que, para nuestro bien, llega a manos llenas cada vez que somos gobernados por quienes saben qué es lo que nos conviene a nosotros y a nuestros hijos. Sin embargo, las rebeldías civiles contra cualquier decisión de un “gobierno facha” son tremendamente saludables; la quema de coches por parte de emigrantes en Francia son expresiones de descontento motivadas por la injusticia social que provoca la no comprensión y acatamiento de los dogmas que profesan representantes de culturas diferentes a la nuestra; la desobediencia a la prohibición de botellones una expresión espontánea de la vitalidad que tiene la juventud, privada de espacios y marcos donde desarrollar sus potencialidades lúdicas. En general, y por resumir, todo aquello que suponga no acatamiento, desobediencia, insumisión o protesta, curse o no con violencia, y pueda ser orquestado, organizado, dirigido o fomentado desde la oposición (cuando Historia y ciudadanía se equivocan y dejan a la izquierda fuera del Gobierno) es admisible. Por una razón fundamental: porque está basado en la superioridad ética del progresismo, en la prevalencia moral de la que manan revoluciones pendientes, cuyo grado de perfección es tal que pueden ser impuestas contra la voluntad de la persona desde el día en que la desobediencia civil aceptable, la buena, consigue el objetivo de allanar el camino al Poder. Y a los resistentes, se les aplica el sencillo método de edificar un muro, otro. El de la inexistencia oficial y la imposibilidad de construir la propia persona sobre la base de su albedrío. Un muro nuevo, que también tiraremos y cuya caída traerá alegría, pero que no sufrirán los hijos de la Ministra, que no tienen por qué saber nada de revoluciones pendientes en materias tan serias como su educación.

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