jueves, junio 21, 2007

Villacañas, Apuntaciones en torno a un aniversario democratico

viernes 22 de junio de 2007
Apuntaciones en torno a un aniversario democrático
Antonio Castro Villacañas
C ONFIESO mi maldad, o mi tontería. No soy capaz de comprender la razón de que se haya celebrado con tanta pompa y circunstancia el XXX aniversario de las primeras elecciones democráticas de la IV monarquía borbónica española. Me llama la atención y despierta mis sospechas el contraste habido entre el silencio o la sordina de los últimos ayeres y el bombo y los altavoces de hoy. La sabiduría -o la ingenuidad- de nuestro pueblo le llevan, en esto de los aniversarios, a conmemorar en intimidad todos y cada uno de los que tienen trascendencia o importancia para la vida privada o social, sin perjuicio de dar más relieve colectivo -por motivos ajenos a su propia entidad- a los que cumplen determinados años: uno, cinco, diez, veinticinco, cincuenta, cien, etc.; nunca o casi nunca diecisiete, veintidós, treinta... Porque también en esto de los aniversarios y las conmemoraciones hay rangos, categorías y clases. Bien. Sigo preguntándome: ¿qué motiva y ha motivado este mes de junio del 2007 tan extraordinaria exaltación de unas elecciones derivadas de una ley, la de reforma política, casi siempre ignorada y hasta despreciada? ¿El que Adolfo Suárez esté viviendo un mundo exclusivamente suyo? ¿El que don Juan Carlos pueda solemnemente autoproclamar desde su trono un "mecachis, qué demócrata soy", y recibir así, o consolidar, la adhesión monárquica, parlamentaria y democrática, de sus súbditos y cortesanos? ¿El que día tras día crezca el número de españoles irritados por la distancia existente entre la palabrería de los políticamente correctos y la realidad de los hechos que configuran su cotidiano vivir? ¿A qué se debe el acopio de mentiras, falsedades y medias verdades que desde la tribuna de las Cortes, las emisiones de radio y televisión, y la prensa, se lanzaron simultánea y sucesivamente sobre el pueblo español en ese XXX Aniversario y en los siguientes días? ¿Por qué se necesitaba -y se sigue necesitando- engañarle, entontecerle, embrutecerle, adormilarle? Veamos algunos ejemplos: 1) se ha dicho y repetido que las elecciones de junio del 77 fueron las primeras verdaderamente democráticas habidas en España, con lo que no se censuraban sólo las que de carácter municipal, sindical o para procuradores en Cortes se celebraron en tiempos de Franco, sino las que hubo antes de éste, desde las siguientes a las Cortes de Cádiz, en 1812, hasta las de febrero de 1936, pasando por las de 1931, que derribaron la III Monarquía Borbónica y constituyeron la II República; no cayeron en la cuenta de que, con esa manera de exaltar las elecciones de hace treinta años, lo que también se hacía era reconocer la legitimidad del 18 de Julio, alzamiento cívico-militar contrario a un gobierno nacido de unas elecciones no democráticas. 2) Es una inmensa falsedad el alabar como democrático el proceso que condujo a las elecciones de 1977 y a la Constitución que hoy es nuestra suprema norma de convivencia. Quienes vivimos aquellos días sabemos que a los españoles se les engañó una y otra vez con el alhiguí de una reforma perfeccionista del régímen vigente, que era lo jurado por los protagonistas de aquella tragicomedia al tomar posesión de sus puestos de gobierno. Nunca se habló en público y al pueblo de que se iban a elegir diputados y senadores dotados de poder constituyente. Jamás nadie le dijo a nadie, de forma pública y notoria, que con sus votos iban a elegir un Parlamento encargado de crear un sistema político oligárquico como el que nos rige desde 1978, en el que para nuestro pueblo sólo existe un cauce de participación: el sometimiento a las directrices de los partidos políticos; mejor dicho, a las consignas de sus respectivos jefezuelos y de cuantos forman el cortejo de sus sicarios más inmediatos, escogidos del modo menos democrático posible... El voto de los ciudadanos, como se sabe, no sirve para elegir a sus concejales, senadores o diputados; únicamente vale para situar en tales puestos a quienes previamente han sido incluídos en lugares adecuados de la lista hecha por la minoría oligárquica que dirige y controla cada partido político. El caso del candidato Sebastián es totalmente significativo al respecto, pero todos sabemos que el timo de los "sebastianes" se da con mayor o menor intensidad y trascendencia en todos y cada uno de los grupos políticos que cuentan con el dinero preciso para participar en la farsa electoral. El cómo hayan obtenido ese dinero y el cómo se lo gastan es otra de las incógnitas que se dejan sin resolver (o se resuelven de modo parcial tras demasiado tiempo de espera) por las pandillas que se lo reparten. 3) Quienes vivimos la preparación y la resolución de aquellos comicios -yo no quise participar en ellos a pesar de que se me garantizaba un puesto de senador por Zamora- sabemos de sobra que sus resultados se habían pactado de antemano, con un margen pequeño de imprevistos o inevitables. ¿Cómo pueden calificarse de ejemplarmente democráticas unas elecciones en las que la inmensa mayoría de las mesas de votación no tenían interventores imparciales en el momento de comprobar la identidad de los votantes y a la hora de contar y registrar los votos depositados en cada una de las urnas? La mejor prueba de que las elecciones del año 1977 fueron mangoneadas nos la proporciona el hecho de que sus resultados se dieron a conocer de un modo que llamó la atención de cuantos periodistas los esperaban, tanto por su tardanza como por su escasa significación, hasta que se hicieron oficialmente públicos casi veinticuatro horas después de haberse realizado los escrutinios. 4) El rey Juan Carlos, y la cohorte de informadores, políticos e interesados que componen nuestra "clase política", han aprovechado la ocasión para exaltar la calidad democrática de Adolfo Suárez, una de las tres personas que configuraron la tra(ns)ición del régimen franquista. Todos ellos silencian, sin embargo, que en una democracia digna de este nombre las únicas calificaciones políticas aceptables son las que el pueblo da con sus votos, y que el pueblo español juzgó a Adolfo Suárez por primera vez en junio de 1977, y luego en las elecciones siguientes, de modo que si elas primeras le secundó hasta el punto de otorgarle suficiente número de senadores y diputados para poder llevar a cabo su proyecto de reforma política del franquismo, en las siguientes le castigó por considerar que le había engañado y conducido a una situación sólo deseada por pequeños grupos de "progres", retirándole su confianza hasta el punto de que el "ídolo" Adolfo, prototipo -según el rey y su cohorte política- de las virtudes democráticas, tuvo que retirarse de la vida pública al no obtener los votos necesarios para mantenerse en ella con adecuada dignidad. Eso sí: en su hoja de servicios cuenta con la extraordinaria condición de haber sido el único político español que ha dirigido a tres partidos (Movimiento Nacional, Unión del Centro Democrático, y Centro Democrático y Social) hasta la ruina y la disolución total... 5) No quiero extenderme más. Tiempo habrá de comentar otros puntos, si los lectores creen debemos hacerlo. El punto final lo pongo por ahora diciendo que en política y en historia no puede juzgarse ni a los grupos ni a las personas por sus intenciones, sino por sus hechos. Entre lo que la tra(ns)ición propuso al pueblo español y lo que le ha dado existe una muy notable diferencia. Señalo tres puntos: a) no es lo mismo tener como lema nacional el que España sea una, grande, y libre, que el concebirla y hacerla como campo de juego de unas autonomías separadoras y separatistas; b) no da igual vivir en un estado de paz semisepulcral que en un creciente y cotidiano estado de broncas políticas y sociales; y c) no puede valorarse del mismo modo una sociedad educada en la creencia de que el fundamento de la estabilidad nacional radica en el trabajo bien hecho y remunerado con justicia, que otra construída sobre la base de que lo único de verdad importante es conseguir ser rico e influyente, caiga quien caiga y se hunda lo que se hunda... Si Dios quiere, seguiremos hablando de demócratas y de democracias.

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