miercoles 20 de junio de 2007
Modelo de poder
POR IGNACIO CAMACHO
PARA la mayoría de los ciudadanos españoles, lo que se dirime en las negociaciones poselectorales de Navarra es una pieza clave de un puzle político llamado España. O más exactamente, una pieza esencial del actual modelo de Estado constitucional, sometido a debate bajo el impulso de un nacionalismo anexionista y la indecisión titubeante de un socialismo que duda entre su viejo proyecto nacional y la ambigua bitácora territorial del zapaterismo. Pero para algunos navarros, significadamente para los políticos que forman parte de la nomenclatura foral, lo que está en juego en este baile de pactos es otra cosa. Un asunto más prosaico, más utilitarista, más pragmático. No un modelo de Estado, sino un modelo de poder.
Mientras la mayor parte de nosotros enfoca el futuro navarro como una cuestión de Estado, los partidos están planteando un pulso mucho más directo en el que se decide el control de una de las autonomías más ricas de la nación. El presidente de la comunidad foral lo es también de la Caja de Navarra, institución floreciente y dinámica en la que residen gran parte de los recursos de un territorio de gran pujanza empresarial, cuya energía productiva está respaldada además por un concierto económico propio que regula sus relaciones financieras con el resto del país. Esa estructura social, económica y política es lo que se está disputando en estos momentos en los despachos de Pamplona, en tanto el resto de España contiene el aliento ante la posibilidad de un acuerdo que puede cambiar a medio o largo plazo el modelo de nación que conocemos desde que se restauró la democracia.
Por eso el PSN desea el poder a cualquier precio. Por eso Nafarroa Bye puja con tanto brío por una parcela de control político efectivo. Y por eso UPN no cede en su intención de conservar el Gobierno. Por eso son los dirigentes navarros los que quieren decidir a solas el reparto final. Porque para ellos se trata, sobre todo, de un reparto de poder. De mucho poder.
Luego está el modelo, sí. Y el «Proceso», o lo que quede de él, o lo que Zapatero considere que puede quedar de su único proyecto claro. Pero es que el principal proyecto del presidente tampoco es un proyecto de Estado, sino de poder. Y para conservar ese poder genérico no le ha importado menguarlo o trocearlo mediante concesiones a los nacionalismos, diálogo con los terroristas y demenciales reformas estatutarias con las que se siente en condiciones de comprar, o al menos alquilar, el respaldo que le permita seguir en la Moncloa.
Si la comunidad Navarra no atesorase ese poder táctil, sustancial y contante, los acuerdos de generosidad política serían más fáciles. Ocurre que está en juego un presupuesto muy goloso, lo bastante como para que Fernando Puras se pase por el forro sus propias promesas. Ese apetito político tan directo y carnal, unido a la vaga esperanza zapateril de mantener un hilo abierto en su «Proceso» fantasma, es lo que puede desembocar en una alianza de efecto impredecible mientras los demás hablamos, ingenuamente, de España.
miércoles, junio 20, 2007
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