martes, junio 19, 2007

Ferrand, Ciudadanos de honor

martes 19 de junio de 2007
Ciudadanos de honor

POR M. MARTÍN FERRAND
EN sus pocos días como titular del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes en el Gobierno de Niceto Alcalá Zamora, en la II República, Salvador de Madariaga tuvo la feliz iniciativa de crear una nueva institución: la Ciudadanía de Honor. Su normativa y convocatoria llegó a ser publicada en La Gaceta de Madrid para que cada 14 de abril fuera distinguido por sus méritos y ejemplaridad ciudadana un nombre incuestionable. Estaba en su ánimo que el primero en recibir tal honor fuera Miguel de Unamuno. Manuel Azaña, después, dejó en nada el proyecto de Madariaga y nos quedamos sin una instancia, multidisciplinar por su concepto, modélica por su nómina y sabia por su exigencia, a la que recurrir cuando las instituciones tradicionales no dieran más de sí. Renunciamos al consejo del talento.
Si hoy tuviéramos que nombrar un «ciudadano de honor», destacado sobre todos los demás y con fuerza suficiente para servirnos de guía y modelo de conducta, tendríamos serias dificultades. La admiración intelectual no cotiza mucho y la feroz partitocracia tiende a negarle el pan y la sal a quienes no son, además de próximos, obedientes y escasamente críticos. Son tales el cainismo vigente, la saña acumulada y el oportunismo establecido que cuando, por ejemplo, el Rey Don Juan Carlos quiere honrar a un personaje como Adolfo Suárez, esforzado artesano de la Transición, espera a hacerlo, concediéndole el Toisón de Oro, a que el ex presidente esté senil y sus ex adversarios y ex compañeros, empujados por la única solidaridad verdaderamente española -la que nos une frente al dolor y la enfermedad-, no puedan objetar en contrario.
Sería bueno que hubiera prosperado y mantenido en el tiempo la iniciativa de Madariaga. Dispondríamos de un catálogo de vidas ejemplares con el que educar a las nuevas generaciones que, sin ambición, rechazan el esfuerzo, niegan el mérito y confían más en un Estado protector que en una sociedad dinámica en la que brille, por sus hechos, el individuo. Una sociedad a la que puede aplicársele con toda justicia lo que Mariano Rajoy señala como esencia de José Luis Rodríguez Zapatero: «No aprende de las consecuencias nefastas de sus errores». ¿Aprende Rajoy? El líder -mejor, dirigente- del PP se está acostumbrando a utilizar una muletilla dialéctica que es alarmante. Dice con frecuencia para afear a su principal antagonista: «Si yo hubiera sido presidente del Gobierno...». Sabemos lo que dejó de hacer como destacado integrante, en las más diversas funciones, en el Gobierno de José María Aznar. Por ejemplo, una «regeneración democrática» que nos habían prometido y que sacrificaron por un plato de lentejas servido por Jordi Pujol. Ya digo, ni dentro ni fuera de la política nos sería hoy posible proponer, elegir y aceptar con cierta unanimidad un «ciudadano de honor» al año. Habría que recurrir a los difuntos.

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