martes, junio 19, 2007

Ignacio Camacho, Pobrecito cine

martes 19 de junio de 2007
Pobrecito cine

POR IGNACIO CAMACHO
«¿Y para qué sirve un Ministerio de Cultura?» (Arthur Miller, a Jorge Semprún)
POBRECITOS, esos actores tan comprometidos, tan combativos, tan sensibles a las causas de la paz y del progreso, ninguneados ahora por este Gobierno ingrato que ha olvidado, en la borrachera del poder, los favores prestados en los tiempos duros del chapapote y el «no a la guerra». Qué pena tan grande, qué cuita tan desoladora esta preterición del Ministerio de Cultura a su fiel grey de tan desinteresadas y simbólicas lealtades, desoída con arrogancia tecnocrática en esa Ley del Cine que ha saltado sin consideración ni tacto sobre sus fogosas reivindicaciones de intelectuales de guardia. Qué desafección tan desleal, qué portazo tan doloroso, qué intenso agravio moral, qué postergación tan arbitraria; manifiéstense ustedes para eso, movilícense con tanto ardor para acabar en este dolorido silencio, en esta odiosa amnesia, en este injusto abandono. Qué amargura tan sufrida, qué deuda tan mal pagada, qué socorro tan poco agradecido.
Pobrecitos, también, esos exhibidores tan generosos, tan atentos a la limpieza y buen estado de sus salas, tan corteses con las demandas del público, tan reacios a la especulación inmobiliaria, tan delicados con la programación y tan emotivamente involucrados en la difusión de la cultura, que se ven obligados a un cierre de protesta en el día que menos gente acude y los escasos acomodadores que sobreviven al ajuste de costes bostezan aburridos a la espera de algún espectador desamparado. Qué tosco trato para sus inquietudes emprendedoras, qué manifiesta ignorancia de sus cuitas, qué pedestre equiparación de su elegante desprendimiento con la mezquina condición de vendedores de palomitas, refrescos y chucherías variadas.
Y pobrecita Carmen Calvo, ministra incomprendida, rara minerva del mecenazgo en cuyo ilustrado designio nadie reconoce la preclara iluminación de su criterio ni el denodado activismo de su abierto talante. Qué desperdicio de inteligencia ignorada, qué menospreciada búsqueda de diálogo, cuánto dilapidado esfuerzo regulador, para acabar sometida un prosaico tironeo de subvenciones, zarandeada por los magnates de la televisión, vilipendiada por los intérpretes, reprobada por los desagradecidos beneficiarios de su abnegada perspicacia. Qué penosa ingratitud, qué acendrado egoísmo, qué tornadizo desapego.
Pobrecito cine español, en fin, tan tedioso, tan cargante, tan garbancero, tan sectario, tan autocomplaciente, tan deshabitado de genio, tan escaso de brillo, tan bajo de aspiraciones, tan perezoso de miras. Pobre arte sin público, pobre industria sin vuelo, pobres guiones sin garra, pobre pobreza de donaire, de chispa y de talento. Cuánta autosatisfacción estéril, cuánto narcisismo gratuito, cuánta presunción vanidosa de espaldas a un público hastiado de tanto artificio inútil, condenado a pagar con sus impuestos el fracaso de quienes no son capaces de motivarlo a pagar sus entradas.

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