viernes 22 de junio de 2007
La difícil asignatura de la Fe
Félix Arbolí
A propósito del artículo de nuestra compañera Blanca sobre sus creencias religiosas, que ha suscitado comentarios y criterios muy diversos entre nuestros foristas y algunos compañeros, tengo la impresión de que en la exposición de sus razones para justificar su alejamiento de Dios, ha omitido y no precisamente por olvido, una circunstancia dolorosa y trágica que yo como padre no desearía tener que experimentar e ignoro cual sería mi reacción y las decisiones que adoptaría, aunque me temo que más radicalizadas y negativas y sin ese guante blanco con el que lo trata ella. Nadie puede predecir las consecuencias que originarían unas circunstancias de esa índole, so pena de que tenga uno la fe del Centurión del Evangelio, que maravilló al propio Cristo. No es nada extraño y hasta humanamente comprensible, que en tan difíciles momentos el alma se rebele y nuestros sentimientos se transformen no como en el caso de ella en simple alejamiento, sino en reproche hacia el que pudo evitarlo y no lo hizo. Me aterra sólo pensarlo. No me he visto en esa tesitura y ruego a Dios, al Destino, al Olimpo y al Lucero del Alba, si fuera preciso, que antes apague mis ojos que ver cerrarse los de aquellos que amo más que a mi propia vida. No es con explicaciones teológicas, razonamientos filosóficos y hasta comparadas experiencias sufridas, como se ha de abordar e intentar razonar la fuerte lucha entre antiguas convicciones y la durísima e incomprensible realidad. A veces, lo que creemos ateísmo es una falta de confianza en ese Ser al que responsabilizamos de nuestros sufrimientos y le reprochamos el que pudiéndolo evitar no lo haya hecho. Y contra este íntimo razonamiento, no hay argumentos ni teorías que amaguen el llanto y la pena de un ser humano. Tampoco nos afecta a todos de igual manera y con idéntica resignación necesaria, por lo que en algunos puede ser muy capaz de debilitar su fe y poner en duda las creencias porque ese trágico suceso se ha llevado lo mejor de nuestra vida. Menos mal que aun siendo un daño irreparable, difícil de asimilar, siempre aparece un resquicio a la esperanza y la negritud del horizonte se va disipando hasta alcanzar esa nueva amanecida de afanes e ilusiones. Aparece en nuestra vida el amor con ese ser dispuesto a acabar con esos días y noches solitarias e insomnes tan cargadas en recuerdos de ausencia y de nostalgia. El milagro de tu inseparable Nacho y el cariño sincero de sus dos hijos que hiciste tuyos en el mismo momento de que entraron en tu vida. Cuando padecemos desgracias irreparables y excesivamente crueles, nuestros sentimientos experimentan una sacudida tremenda que nos afecta en muchos aspectos, facetas y hasta maneras y ganas de vivir. No obstante, hay personas que demuestran una gran fortaleza, que yo me temo no podría sentir y aparentar. Pienso y me anima la esperanza de que a lo mejor, en esos momentos críticos, suceda el milagro y encuentre nuevas razones para vivir y luchar, que me permitan recuperar las ansias de continuar viviendo, sintiendo, amando y soñando ilusiones. Y en esos momentos prodigiosos, puede estar la intangible presencia e influencia de ese Ser que creíamos nos había abandonado por completo y ya no nos hacía falta. El alma vuelve a serenarse, la sonrisa regresa al rostro en momentos nuevamente deliciosos y nos sentimos rodeados de un cariño que creíamos no volver a experimentar y gozar. Es la obra de ese Dios que aprieta pero no ahoga aunque a veces, yo también lo he sentido, nos resulta un tanto excesiva su manera de probarnos. Ello no quiere decir que desaparezcan totalmente las cicatrices del alma que son las más difíciles, por no decir imposibles, de eliminar. . Nos habla de una infancia feliz, profundamente religiosa, unos colegios a los que aún sigues recordando como algo bonito en tu vida y unos padres maravillosos que supieron ser padres, amigos y educadores, así como tolerantes y comprensivos con tus inesperadas y desconcertantes salidas sobre asuntos de la máxima importancia. No todos hemos tenido esa oportunidad en esos difíciles años donde se forja más que nuestro futuro, nuestro carácter y manera de enfrentarnos a la vida. Yo he tenido una infancia carente de ilusiones, sin padre desde los cuatro años y teniendo que sufrir un cambio radical y negativo en mi vida por esta circunstancia. Me he sentido sin alicientes, acomplejado en una sociedad donde había nacido y me obligaban a alternar, sin ser ya la que económicamente me correspondía, con la carga de complejos que ello supone para un niño incapaz de comprender las diferencias en su entorno. He pasado las de Caín y sin el consejo y alivio de unos padres como los tuyos a los que confesar tus problemas porque eran capaces de comprenderte. Mi madre fue una gran mujer, una madre excelente y sacrificada, pero tremendamente influenciada por su excesiva dependencia religiosa que le impedía comprender y aceptar los inevitables errores de un joven alegre y pasional, Las llamas del infierno estaban presentes en casa las 24 horas del día, amenazándome ante cualquier desliz, que todos hemos cometido en esos años de infancia y juventud. Misa y comunión obligatoria semanalmente, como una constante en nuestra vida, sin posible alteración. Nunca me hubiera atrevido a hablarle con la franqueza y claridad que tú le hablaste a la tuya y menos sobre la materia que lo hiciste. En eso has tenido mejores oportunidades. Pero esa vida cronometrada y controlada hasta en los más nimios detalles, fueron la causa de que liberado de la autoridad materna, cuando me hallé en Madrid y solo, hiciera todo lo contrario a lo que me habían obligado, como una especie de ansiada liberación. El efecto boomerang. No le reprocho a mi madre lo más mínimo, pues las intenciones de ella eran que nuestros cuerpos y nuestras almas gozaran de la máxima felicidad. Que no nos torciéramos en este difícil camino. Mi infancia me ha marcado cruelmente y esa etapa la más bonita y placentera en toda persona, fue la más dura y desilusionada de toda mi existencia. Tampoco guardo gratos recuerdos de mis años escolares, ya que normalmente en un colegio religioso de élite prima en exceso las potentes economías paternas sobre cualquiera otra cuestión. Como ves, no puedo presumir de una placentera infancia y en mis momentos de intimidad quería buscar la explicación y el por qué ese Ser al que mi madre describía machaconamente como ejemplo de amor, bondad y misericordia permitía el abandono y sufrimiento de unos niños exentos de culpa alguna. Y esta consideración aumentaba mis dudas e incomprensiones hacia esa inalcanzable utopía de la que ella me hablaba tan convencida. Flaqueó mi fe, me desengañé de esos sueños infantiles de las “cuatro esquinitas tiene mi cama…”, porque no veía en ninguna de ellas a esos angelitos que las guardaran. Pero siempre ha habido algo dentro de mi que ha permanecido inalterable contra viento y marea, resistente a las más fuertes embestidas del reproche y la falta de comprensión hacia lo inexplicable. Yo tuve y tengo mis dudas, como me figuro que tendrán la mayoría con mayor o menor intensidad, pero por encima de éstas tengo el presentimiento de existe una especie de luz encendida en mi anterior que me impide renunciar a esa fe y a esas creencias que han formado parte importante en mis primeros conocimientos y han marcado mis posteriores actitudes en la vida. Puede que no sea una fe tan intensa como las que deberíamos sentir, ya que no me considero con aptitudes para aspirar al santoral, pero si lo suficiente como para no renunciar a ese Ser en el que creo, aunque a veces no comprenda sus motivaciones a las cosas que nos manda. Me cuesta creer y no lo entiendo, lo mire por donde lo mire, en el misterio de la Santísima Trinidad que al mismo San Agustín tenía alucinado. Tampoco me explico qué hacen en carne mortal Jesús y su Madre, en un mundo donde solo habitan espíritus puros (me someto a los conceptos que nos han inculcado). Ni hallo explicación convincente para afirmar plenamente seguro que a pesar de su embarazo y parto, continuara conservando su virginidad. Se que son Dogmas de fe, pero no acierto a comprenderlos. Hay muchos misterios en nuestra religión y en todas las demás, que la mente humana no puede descifrar y creer sin sentir cierto recelo. Comentan sobre hablar “ex cátedra”, la infabilidad papal y otras cuestiones más que, a mi corto entender, en lugar de aclarar me desconciertan más. Pero yo siento la fe a prueba de misterios. Me da igual que Cristo y su Madre estén en cuerpo y alma en los cielos, que sean tres personas distintas y un solo Dios verdadero y que María fuera virgen antes, en el parto y después del parto. Para mi seguirán mereciendo el mismo y altísimo concepto. Yo solo tengo claro que me enamora y embelesa la Madre de Cristo y de toda la Humanidad, a la que rezo e invoco con enorme devoción y confianza, a veces con más frecuencia que al propio Dios, porque me gusta acudir a la Madre para conseguir con más seguridad lo que necesito del Hijo. Parece que se han empeñado en una absurda campaña de desprestigio contra nuestras más sagradas y respetadas figuras. Los del mandil y la media luna, todos a una como en Fuenteovejuna, han unido sus esfuerzos para desacreditar al Cristianismo. Yo leo, veo y oigo, pero como los célebres tres monos, sin inmutarme. Ni aún cuando pretenden que traguemos esos amoríos con la Magdalena y esos hermanos que unos señores han descrito en sus textos. A mi la gigantesca e irrepetible figura de Jesús de Nazaret, será siempre el referente del amor y la abnegación y su pasión y muerte el mayor sacrificio que puede padecer un ser humano y divino en beneficio de los mismos que lo martirizaban. Nada podrá impedir que me sienta unido y solidarizado con esos Personajes que han sido una constante en mi vida, aunque a veces con esa insolencia propia del ser humano le haya reprochado y hasta criticado lo que he considerado olvidos de su parte. Hasta llevo conmigo una imagen de la Inmaculada de Murillo, mi Virgen preciosa, que ofrece en su reverso el calendario de 1973, fecha en que pasó a mi poder y jamás me ha abandonado. Con ella bajo la almohada, que colocó mi mujer, pasé mis interminables horas hospitalarias en esa horrible e insoportable UCI, cuando realicé una breve excursión por los aledaños del Más Allá, y con ella espero abrir las puertas de esa desconocida eternidad cuando llegue mi momento. ¿Es esto fe y el mantenimiento de mis creencias?. Unos dirán que sí y otros me harán reo de incomprensibles delitos. Pero yo, soy así y creo de esta peculiar manera. He tenido momentos en los que he visto a la muerte como una liberación y no he creído encontrar en esos instantes la fortaleza de la fe y la mirada de amor de esa Virgen compañera, pero quiero creer que Ella ha estado siempre conmigo aunque no sintiera su presencia. Me gusta imaginar un Dios como Jesús y una Madre espiritual como María. Ni misterios inexplicables y tortuosos, ni versiones veraces o amañadas podrán enturbiar mi amor y confianza en ellos, aunque no sea ese cristiano ejemplar que sigue a rajatabla los preceptos de una iglesia que, con todos mis respetos, está constituida, regida y doctrinada por hombres, no siempre los más adecuados, aunque les tenga el debido respeto. La fe, ya lo se, es algo difícil y complicado incluso para científicos y teólogos, porque tiene sus orígenes en el misterio de lo desconocido e inexplicable, y debe ser aceptada sin más base que la voluntad de sentirla y acatarla al objeto de evitar ponerla en peligro. Claro que este tipo de fe no la sienten todos por igual. La fe debería ser aquella de la que hablaba Cristo capaz de mover montañas, que sienten los que ven más con los ojos del alma que con los del cuerpo. La que transfigura al hombre y le hace levitar sobre las miserias de este mundo para elevarse a Dios en el que cree sin la menor vacilación. La que forja a una Teresa de Calcuta, a un Francisco de Asís, a un Francisco Javier y tantos otros que viviendo en este mundo pertenecían al otro. Para muchos Dios es la verdad y la bondad suprema. Otros dudan en atribuirle estas cualidades al considerar que acepta la existencia del mal y castiga al hombre por pecados o errores con los que viene marcados desde su nacimiento y por lo tanto ajenos a su voluntad y los mantiene sometidos a una constante provocación e incitación al mal a lo largo de toda su vida. Estas apreciaciones en las que yo no entro ni salgo, dicen que dan a entender que el mal es congénito al ser humano y por lo tanto la obra cumbre de su Creador podría dar la impresión de que nace ya tocada y maleada desde el mismo momento en que recibe la vida. ¿Podría ofrecer alguien una explicación lógica a este laberinto espiritual?. Hablan del libre albedrío del ser humano para optar por el bien o por el mal. ¿Podría contrarrestar esto lo anterior?. La creencia en una divinidad a la que ni siquiera podemos imaginar, es un asunto muy serio y complicado para el que no la siente en profundidad ya que nos encontramos con una serie de problemas, lagunas y lados oscuros que nos hacen vacilar y fomentar interrogantes a los que no hallamos respuestas convincentes. Pero ahí está precisamente la grandeza de la fe, su auténtico significado, en infundirnos la suficiente fuerza para no separarnos de ella ante la adversidad, aunque nos parezca asfixiante. Este es mi mundo interior y éstas son mis dudas y vacilaciones, firmezas y devociones. Mi vida más allá de lo humano. No se si habrá servido de algo esta llamémosle confesión o si alguien ha podido sentirse identificado con mis sentimientos religiosos. Soy un pobre lego en la materia, lo reconozco, aunque cargado de buenas intenciones. Busca la fe, querida amiga, en los detalles que encuentras en tu diario acontecer, reconoce a Dios en las alegrías y el amor de los que te quieren y a los que quieres y aunque no comprendas los misterios, por eso los llaman así, abre tu corazón al amor y alza tu mirada al cielo y sin darte cuenta te sentirás más cerca de ese Dios que crees lejano y está contigo cada vez que realizas una obra pensando en el bien de los demás.
jueves, junio 21, 2007
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