viernes 8 de junio de 2007
De treguas falsas y un sistema alicaído Daniel Martín
De Juana Chaos, huelga de hambre mediante, viajó de la cárcel al hospital después del atentado de la T4. Se curó, paseó y estuvo a punto de salir libre con una tobillera como único control carcelario. ETA rompió su alto el fuego, y De Juana ha vuelto a prisión. El “caso De Juana” siempre ha olido a podrido. Hasta en Dinamarca. De ahí que, con independencia de lo que hayan conseguido Gobierno o terroristas, el gran perjudicado ha sido el sistema. ¿No se ha favorecido o perjudicado a este preso según funcionase un mal llamado “proceso de paz”? ¿Se puede creer aún que en España hay algún órgano que decida las cosas con libertad e imparcialidad?
Ése es el gran problema que deriva de las “treguas” etarras. Siempre gana el terror, el caos, porque gracias a estas treguas se ponen en duda los principios democráticos de la nación española. El segundo juicio, la huelga de hambre, los paseos y el reingreso en prisión de De Juana ponen en duda al sistema judicial, a la Fiscalía y a Instituciones Penitenciarias. Desde que tengo uso de memoria, cuando ETA está debilitada juega a proclamar una tregua, tomar el pelo al Gobierno de turno, debilitar el sistema y salir reforzada, tanto en medios como en personal y espíritu, del periodo de presunta paz.
Hace un año más o menos, varios encapuchados chapurrearon su lengua muerta para proclamar un alto el fuego permanente. Nuestro presidente, que no de las Fuerzas Armadas, José Luis Rodríguez Zapatero, dio órdenes para que se iniciasen contactos con la banda terrorista —jamás un movimiento de liberación de nadie, porque los etarras, al fin y al cabo, son el fascismo violento más contumaz y perverso que pueda pensarse—. A partir de ahí, España ha sufrido un patético año de dudas, confusiones y reuniones ocultas. Mientras ETA continuaba con su sempiterna extorsión, el Gobierno cedía y la oposición hacía sangre de la herida abierta. Aunque ETA robaba armas en Francia, los dos partidos nacionales continuaban a tortas. ETA ponía una bomba en Barajas, y Zapatero seguía con su unilateral proceso de paz. Y yo me pregunto: después de lo de la T4, ¿alguien con dos dedos de frente podía pensar que el alto al fuego seguía en vigor? ¿Por qué la oposición jugaba a facilitar la labor desestabilizadora de la organización terrorista?
ETA siempre sale ganando. Gracias a unos ideales, obtusos, pero ideales al fin y al cabo, y la debilidad característica de nuestros presuntos hombres de Estado, la banda terrorista hace siempre lo mismo para reforzarse y reírse de esa España a la que sin embargo pertenece. La historia de ETA es, antes que nada, una historia de muertes, violencia y terror. Pero ETA sabe jugar sus cartas. Y desde que inventaron las falsas treguas —no hay ni guerra ni nada de nada, sólo unos delincuentes comunes viviendo del crimen—, nuestros gobernantes, con sus cesiones, han permitido que estos miserables minen el incipiente estado democrático español.
Porque esto no ha ocurrido sólo con Zapatero. El Gobierno de José María Aznar, tras fracasar en sus negociaciones durante otra falsa tregua, planteó una Ley de Partidos con el único fin de ilegalizar Batasuna. Según la teoría jurídica, nunca una ley debe realizarse para una única persona, física ni jurídica. Pero la ley salió adelante —¡por unanimidad!— y Batasuna pudo desempeñar su papel de víctima ante el mundo entero.
Zapatero, para colmo de males, se creyó la tregua aunque ETA continuase con sus actuaciones delictivas. Aprovechando la pasmosa credulidad del presidente y la gresca entre PP y PSOE —con la violencia, el miedo y las víctimas como armas arrojadizas—, ETA ha conseguido incluso volver a ayuntamientos y asambleas autonómicas. Con España debilitada, ETA, fortalecida, continúa ahí, imperturbable, y pocos pensamos que haya nadie capaz de parar la sangría. En los últimos años, gracias a nuestros políticos, hemos visto cómo la Justicia, el Parlamento y las demás instituciones han perdido credibilidad al castigar o premiar a los “malos” según fuese la coyuntura de cada momento.
ETA es un problema serio. Aún más cuando esta banda de asesinos y macarras violentos “quemacontenedores” consiguen que los políticos jueguen a su ritmo. Un sistema, un Estado, debe ser fuerte ante los que incumplen las reglas. El premio de la paz donde no hay guerra es algo suculento, apetecible. Pero engañoso. Porque, si creemos en el Estado de Derecho, en el imperio de la Ley, en la Democracia, en la separación de poderes, debemos hacer todo lo posible para mantener las formas. Ahora, seguimos despreciando a ETA. Pero, ¿algún ciudadano continúa creyendo en sus políticos y sus instituciones?
dmago2003@yahoo.es
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