jueves 21 de junio de 2007
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
La Esperanza rubia
Dos botes se han tirado al mar desde la cubierta del Titanic. Tienen forma de diputación provincial, y en ellos se agolpan los náufragos de las municipales, rumbo a alguna isla que acoja a la nobleza popular destronada por las urnas. En medio de los refugiados se distingue una mujer rubia que sonríe a pesar de todo.
Aunque la Gioconda nos enseñó los misterios que puede esconder una sonrisa femenina, en este caso se pueden adivinar las razones del sosiego de Corina Porro. Hizo lo que pudo. En medio de la tripulación del trasatlántico del PPdeG, fue de los pocos que advirtió la necesidad de corregir el rumbo. De hecho, su estilo, primero en la Xunta y después en el Concello, fue disidente con los cánones ortodoxos.
Se relacionó con grupos y asociaciones a los que la derecha miraba con desconfianza. Le guiñó el ojo al BNG mucho antes de que Feijóo sintiera el repentino flechazo. Pactó cosas tan sagradas como el urbanismo. Evitó siempre que pudo trasladar a su concellería o su alcaldía campañas fabricadas en Madrid, que en nada favorecían esa política de puentes que quería realizar.
De ahí que el triunfo de la izquierda tenga en Vigo un valor doble. No se trataba tan sólo de gobernar la gran urbe económica del país, sino también de abortar un liderazgo creciente, muy distinto por su trascendencia al que pudieran tener Juncal en Ferrol o Nóvoa en Ourense. Ellos eran simplemente alcaldes, mientras que ella representaba al PP más difícil de batir con la dialéctica típica de la derecha extrema.
La que para muchos sólo había sido un bello complemento que Fraga se buscara para adornar su decadencia, se transformó en anticipo de lo que podía ser una derecha moderna. Al principio, la imagen de Corina en Vigo se parecía a la de esas estupendas modelos que van de visita promocional a zonas de conflicto, impecables, elegantes, hermosas, en medio del caos.
Al final, deja una huella profunda en la ciudad y logra un resultado heroico. Tal vez por eso su amargura sea menor a la de otros náufragos que la acompañan en el bote. Ahora la pregunta es cuál será su destino cuando la balsa llegue al exilio y los populares reflexionen sobre su futuro. Si los balseros fuesen listos, harían de la señora Porro una de sus esperanzas. Si no, dejarán que se mustie y que con ella desaparezca el único PP factible en los tiempos de pactos, alianzas y puentes que toca vivir.
Perdió el poder, pero conserva un patrimonio del que otros refugiados carecen. Sólo ella supo gobernar en minoría, en una plaza poco propicia y sometida a un bloqueo. Con su historial, es inmune a los recelos que suele suscitar la sigla en determinados sectores, y resulta creíble la regeneración de la derecha porque eso es lo que Corina hizo estos años en el PP vigués.
Lo malo es que los patrimonios políticos se deprecian con el tiempo. Ejemplos hay de lideresas como la señora Porro que se recuperan tras un revés, gracias a que su partido las cuida y las prepara para otras competiciones. Y tampoco faltan casos de políticos excelentes que acaban siendo enterrados por el cainismo interno.
El panorama que se divisa desde cualquiera de esos botes salvavidas, en forma de diputación provincial, no es alentador. Las dos referencias urbanas que quedan en pie son Torres Colomer y Crespo. El legado político al que se puede recurrir para reconstruir un PPdeG amable y pactista es el de Vigo. Lo tiene en sus manos la mujer que va en la balsa. Es la Esperanza rubia.
miércoles, junio 20, 2007
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