jueves, junio 07, 2007

Antonio Papell, Imperativo etico

jueves 7 de junio de 2007
Imperativo ético
ANTONIO PAPELL

La ruptura formal de la tregua etarra no es un simple punto de inflexión en el debate sobre la política antiterrorista, sino que ha de marcar con claridad un imperativo ético muy visible: el de la unidad democrática. En tanto persistió el 'alto el fuego' y la vida de los ciudadanos estaba hasta cierto punto a salvo -para ETA, las dos muertes de Barajas fueron 'accidentales'-, el debate político sobre la conducción del 'proceso de paz', aunque impertinente para quienes pensábamos que encerraba serias deslealtades en relación a principios democráticos incuestionables, resultaba admisible por inocuo. Mientras la discusión permaneciera en el plano dialéctico y fuera por lo tanto incruenta, se mantenía en el terreno de lo opinable. Ahora, sin embargo, la gravedad de la amenaza, nada teórica, obliga a establecer claridades referenciales para toda la opinión publica. En primer lugar, debe quedar claro que si ETA vuelve a matar tras el 'proceso' es porque el Gobierno no ha accedido a las reclamaciones de los terroristas que, luego de mentir con respecto a sus propósitos, exigieron lo que ningún demócrata podía darles. Por sentido común hay que aceptar que ha habido, pues, firmeza democrática y no lenidad ni condescendencia ni ambigüedad.En segundo lugar, ha de ponerse de manifiesto que esta vuelta al terror no es fruto de un 'error' de los demócratas sino de la miseria moral y la degradación intelectual de los terroristas, por lo que no cabe reclamar al Gobierno ninguna «rectificación». Este Ejecutivo ha intentado legítimamente, como todos los anteriores, un final dialogado de la violencia, que ha resultado -también como otras veces- imposible porque ETA exigía que su voluntad se impusiera a las decisiones irrevocables y firmes de la soberanía popular.En tercer lugar, y puesto que ya es trágicamente inevitable que ETA jalone la cotidianidad con sus salvajes crímenes, es claro que resultaría inicuo que alguien pretendiera aprovecharse políticamente de ellos. La unidad democrática se convierte así en un axioma moral -el mencionado imperativo ético-, que la ciudadanía exigirá estrictamente y con el debido rigor. Ni siquiera tiene sentido especular -ni presionar- acerca de una anticipación o no de las elecciones generales por esta causa, por la sencilla razón de que no es honrado introducir el asesinato en los cálculos electorales.Ha sido muy manifiesto el cuidado con que el PP se ha desmarcado del Gobierno en cuanto se ha conocido la mala noticia, la peor de las imaginables, no fuese a ser que la opinión pública sorprendiera al principal partido de la oposición en un gesto conciliador ahora que se aproxima la gran cita con las urnas. Como lo ha sido asimismo la precipitación con que Unión del Pueblo Navarro, cuyo futuro institucional tras el 27-M está en manos del PSN, se ha apresurado a reclamar unidad, voz que ha desafinado gravemente del coro de sus correligionarios. La unidad es inaplazable, pero no por razones coyunturales sino por argumentos éticos de fondo, y ha de procurarse a través de instrumentos -una revisión del Pacto Antiterrorista- que no generen exclusiones. Es muy importante, en concreto, que la cohesión democrática incluya a los nacionalismos moderados, CiU y, sobre todo, el nuevo PNV de Josu Jon Imaz, que han aportado grandes dosis de cordura y de racionalidad democráticas al 'problema vasco'. Por último, conviene enterrar los inútiles dogmatismos historicistas que empujen las revisiones de lo recién acontecido. El fallido 'proceso de paz' no ha sido ni un error ni una pérdida de tiempo: el hecho de que se haya detenido -con la excepción macabra del 30-D- el reguero de víctimas durante muchos meses tiene un valor intrínseco, que juega en pro de la civilización y del afianzamiento de los grandes valores. Unos valores que influirán decisivamente en la magnitud de la repulsa política y social que merecerá el cumplimiento de la gran amenaza. Porque ETA debe saber que cada atentado que cometa acrecentará la detestación que produce y la repugnancia que engendra.

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