miercoles 13 de junio de 2007
Volver a empezar
MARÍA TERESA BAZO/CATEDRÁTICA DE SOCIOLOGÍA UPV-EHU
Después de que haya terminado ¿por fin! el proceso electoral y de celebrarse las elecciones, parece necesario volver a empezar en el esfuerzo por lograr un espíritu de convivencia, que aun dentro de las luchas legítimas por el poder de los partidos políticos no sólo no tiene por qué desaparecer -como observamos en otras democracias más antiguas- sino que sería uno de los mejores ejemplos que los políticos podrían transmitir a las personas jóvenes. Que es posible convivir en paz y respeto entre quienes sostienen posturas distintas y aun opuestas. Tal vez un problema de la democracia española es que se ha convertido en una partitocracia debido al poder omnímodo que están adquiriendo los partidos, y que puede llegar a corromper principios e instituciones democráticos. Los partidos políticos según algunos especialistas son organizaciones con disciplina férrea, cuyos dirigentes, por encima de otros ideales, tienen por objetivo principal perpetuarse en el poder (Robert Michels). Los miembros de los partidos, no obstante, no pueden renunciar a ejercer su influencia, a hacer oír su voz en sus asambleas sin temor a la discrepancia, a imponer la sensatez si se pierde. Es el mejor favor que pueden hacer a la organización y a la sociedad democrática, compuesta por ciudadanos que necesitan constatar que son algo más que simples contribuyentes y votantes ocasionales. Parece obvio que si los ciudadanos acaban desencantándose del sistema de partidos -insustituible en una democracia representativa- pueden optar por la abstención. También, desde luego, por la búsqueda de alternativas desde los movimientos sociales que pueden encontrar más representativos de sus intereses y expectativas sobre el sistema democrático. Si esos movimientos son respetuosos de los derechos fundamentales y se organizan adecuadamente, pueden provocar el surgimiento de corrientes políticas alternativas. También cabe agrupar las voluntades en torno a otros tipos de organizaciones que contribuyan al desmembramiento social. Puede que a todos los partidos les haya llegado la hora de replantearse estrategias racionales y respetuosas de los modos democráticos, y muy especialmente respetuosas de los ciudadanos, dejar de considerarlos estúpidos o menores de edad con falsedades, ocultamiento de la información ¿en la era de Internet!, mentiras repetidas, insultos y calumnias entre los adversarios como arma política. La gente -a pesar del éxito mediático que por lo visto tienen esos programas indecentes donde se expone todo tipo de basura- no gusta en general de ver así a sus representantes políticos. Lo que no se entiende es cómo miembros notables de los partidos se someten a participar en esas disputas barriobajeras que me atrevo a pensar que repugnan al común de los ciudadanos. Vivimos en sociedades que son y serán cada vez más plurales, y debemos acostumbrarnos a pelear con empeño -aunque siempre con dignidad y ejemplares modales democráticos- por nuestras propuestas, en todos los ámbitos de la vida, sin puñaladas por la espalda, ni mintiendo a sabiendas sobre la vida o el honor de los oponentes. Ésta es una tendencia que desde la Transición ha ido en aumento en la política española. Entonces, entre izquierdas y derechas se mantenía un acuerdo sobre la necesidad de la existencia de un sistema de partidos que pudiera permitir la alternancia en el poder. Me viene a la mente un artículo de Ignacio Sotelo durante el Gobierno de UCD -algunos probablemente lo recordarán- en un periódico de gran influencia en ese momento, sobre la importancia de una alternancia real para la salud democrática de una sociedad. Por eso es importante que los partidos no sigan siendo la fuente económica para muchos de sus representantes públicos. Se debería exigir desde las formaciones políticas que quienes vayan a dedicarse al trabajo político hayan participado antes en el 'mundo real' desde una profesión o una ocupación, y que tengan la posibilidad de volver a ella cuando su trabajo en la política termine. Si no tienen otra alternativa profesional o laboral, es difícil que predomine el interés social por encima del de los partidos, y el de los partidos por encima del de sus miembros. Al final todo el sistema se deteriora, y surge la desafección ciudadana, y no creo que dentro de los partidos democráticos nadie con inteligencia y un mínimo sentido de la responsabilidad sobre su función en el sistema democrático se consuele pensando que si la abstención es alta ¿allá ellos!, y mejor para aquéllos a quienes esa actitud pueda beneficiar a fin de seguir en el poder como sea. Puede que sea llegada la hora de que en los partidos se impongan las personas inteligentes y a la vez honestas, bien preparadas intelectualmente (eso no debería ser un imponderable para ninguna formación en nuestra sociedad actual), de actitud inequívocamente democrática por sus principios y comportamientos sobre todo, y también por sus gestos; que sean realmente dialogantes. Tenemos que reivindicar el término en su sentido verdadero. Se beneficiarán los partidos y sus miembros, pero sobre todo volverá la confianza a los ciudadanos, y se recuperará la salud deteriorada de nuestra democracia. ¿Antes de que sea demasiado tarde!
miércoles, junio 13, 2007
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