miercoles 13 de junio de 2007
Dentro de la muralla
JUAN BAS j.bas@diario-elcorreo.com
Por razones azarosas fui hace poco a Ávila, donde no había estado. A la vuelta, me encontré con Carlos de Agustín, que tenía las mismas impresiones que yo sobre la pequeña ciudad castellana y me dio la idea para este artículo.En Ávila sentí que el tiempo se ha detenido dentro de su magnífica muralla medieval, o más bien que transcurre ralentizado. Y que por este reloj que funciona con retraso y en el cual cada minuto tarda más en cumplirse, este desfase acumulado se traduce en una especie de máquina del tiempo que te transporta al pasado. Por las calles de Ávila me asaltó la vívida ilusión fantástica de haber retrocedido de repente treinta años, de estar en la España de los años setenta. Produce este sortilegio la suma de variados factores: el atuendo de muchos de sus habitantes, sus peinados, la frecuencia de nostálgicos bigotes; el encontrarte por la calle con algún militar de uniforme, muchas monjas y curas -la autoridad de la Iglesia en la ciudad es evidente-; los mendigos de puerta de iglesia, que parecen extraídos de una película de Buñuel; el ambiente de bares y cafeterías a deshoras, con una especial quietud que invita a dedicarse a observar la formación del polvo y a la que el fondo sonoro que corresponde es el del péndulo de un carillón; y la manera trasnochada en que me trataron algunos camareros de uniforme y el recepcionista del hotel, que en sus ademanes, resabios y puntillosidades era como López Vázquez en una película de Berlanga de los sesenta.No resulta extraño que una ciudad con esa cadencia, que más que parsimoniosa es lenta, sea un baluarte de la derecha. Ciudades como Ávila parecen, si no ajenas al progreso y la innovación, al menos rara vez protagonistas de los mismos porque un espíritu conservador y tradicional lo impregna todo y las cosas se hacen sólo como Dios manda, que es como está bien visto por una sociedad pequeña y cerrada en sí misma. Por supuesto, todas estas consideraciones son muy subjetivas y únicamente mi impresión, que puede ser parcial e incluso inexacta por una falta de conocimiento a fondo de la ciudad, pero es la que tuve. Y me transmitió un soplo de melancolía, de ésa que es una leve tristeza voluntaria y no del todo desagradable. Pensé que me resultaría difícil vivir en un lugar como Ávila, que sería un buen caldo de cultivo para mi progresiva misantropía que se vería agudizada por ese aislamiento que sientes cuando te ves rodeado por elementos con los que no tienes nada que ver. Bilbao, mi ciudad, me parece una sociedad en buena parte presidida por un caos que con frecuencia me resulta difícil de soportar, pero es un caos vivo. En Ávila creo que hay la misma cantidad de caos, pero quieto, petrificado.
miércoles, junio 13, 2007
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