martes 19 de junio de 2007
La política como teatralización Lorenzo Contreras
La innegable teatralización de la política ha tenido y sigue teniendo en estos días manifestaciones claras e incluso penosas. Por lo menos insinceras y dictadas por un mero oportunismo. Así, por ejemplo, asistimos al espectáculo que proporcionan los ayuntamientos vascos, donde el miedo ha motivado que miembros de Aralar, Nafarroa Bai, PNV o EA, entre otros grupos, desistieran de tomar posesión de sus cargos electos, ante la presión del mundo proetarra, cuya máxima representatividad de coyuntura viene usurpada actualmente por ANV, la nueva máscara que ETA utiliza para hacerse presente en las instituciones, bajo la capa de indulgencia que una interpretación falsaria de la ley le ha permitido utilizar. En resumen, fueron bastantes los electos de partidos vascos que prefirieron, ante la presión de las amenazas y, en suma, del miedo, no asumir los cargos, incluso no asistiendo a la sesión constitutiva de los consistorios, como fue el caso notable de Ondarroa o Aretxabaleta, entre otros ejemplos significativos.
La prensa abertzale entiende que de esta manera, a la vista de los votos no válidos emitidos, pero al final solapadamente impuestos, se habría superado en esos distintos lugares el apartheid dictado por el mundo democrático.
La verdad es que la justicia electoral ha sido traicionada y todo marcha por malos derroteros. La denuncia abertzale de las ilegalizaciones para formaciones controladas por ETA-Batasuna a través de ANV ha sido espectacular. En el caso de Pamplona, decenas de vecinos boicotearon, tras una pancarta, la presencia del PSN (Partido Socialista de Navarra), calificando a sus representantes de traidores y dirigiendo ensordecedoras pitadas a los concejales que iban llegando gradualmente. En realidad no hace falta insistir en detalles que ya han trascendido suficientemente para mayor escándalo de la opinión ciudadana. Las anécdotas han sido numerosas y elocuentes.
La actualidad, por otra parte, ha sido muy ilustrativa en otro orden de aspectos. Por ejemplo, con motivo del otorgamiento del Toisón de Oro a Adolfo Suárez, gravemente afectado de alzheimer, se ha podido presenciar una auténtica reconstrucción, en clave de hipocresía, de la historia pasada. El que fuera presidente del Gobierno y máximo artífice de la Transición democrática después de la muerte de Franco ha recibido en pública ceremonia una espectacular laudatio que en modo alguno se le habría otorgado si el homenajeado y condecorado estuviera actualmente en sus cabales. En realidad se le ha querido despedir con un máximo galardón prácticamente a título póstumo, cuando está mentalmente incapacitado para apreciarlo.
Adolfo Suárez ha pasado, en el marco de los honores, de político prácticamente “fumigado” por sus enemigos de la primera democracia (donde “del Rey abajo ninguno” nadie le quiso honrar en su momento, cuando más lo necesitaba) a una especie de “dios” de las libertades y milagrero mayor de la España rescatada de la dictadura. El Toisón de Oro, máximo galardón o condecoración regia, equiparable a la Jarretera británica, ha sido, como tal distinción, una consecuencia de las circunstancias excepcionales que Suárez vive o, mejor dicho, malvive. En realidad, al conmemorar el triunfo de aquella situación con el otorgamiento de la recompensa cuasi póstuma, ha sido el Rey quien se ha autoadjudicado el brillo de ese generoso honor, del mismo modo que en su día le concedió, no sin dificultades, el título de Duque de Suárez para no desdorarle frente a Torcuato Fernández Miranda, el preceptor regio y Duque de sí mismo.
martes, junio 19, 2007
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