jueves, junio 14, 2007

Lorenzo Contreras, La cueva de Alí Babá, 30 años despues

viernes 15 de junio de 2007
La cueva de Alí Babá, 30 años después Lorenzo Contreras

Treinta años después del 15J, que marcó el inicio del llamado “milagro español”, según el cual una transición política viable en nuestro país pertenecería al reino de los prodigios, una mirada la retrovisor político nos permite comprobar que España ya no es lo que era ni va a ser, por las trazas, lo que muchos creyeron que podría llegar a ser. Los últimos años de esa llamada Transición ya permitieron percibir que los males nacionales ofrecían todas las trazas de perdurar. Ni mejoraba la clase política, nutrida en gran parte de ex franquistas conversos y de oportunistas convertidos en demócratas sin saberlo, ni los graves males que caracterizaron los últimos tiempos de la dictadura iban a hacer otra cosa que radicalizarse. No desapareció la corrupción en todos los aspectos, aunque cambiara de fisonomía bajo el maquillaje de las libertades concertadas y de la incardinación de España en el marco internacional europeo del que políticamente había sido desalojada durante casi cuarenta años.
Era una montaña muy difícil de remover. La montaña necesitaba que un Mahoma hispano la tocara con su abracadabra mágico para que las interioridades mostraran sus ocultas maravillas, incluida la cueva de Alí Babá. Las palabras fueron pronunciadas y la montaña se abrió. Ese Alí Babá que desde una imprevista cota descubrió las idas y venidas de los cuarenta ladrones, los verdaderos dueños del tesoro, se apoderó de la fórmula verbal para hacerse él mismo con la pedrería preciosa allí acumulada. Al final, tras diversas peripecias, Alí Babá acabó pactando con los ladrones un sistema de reparto y todos, aparentemente, llegaron a ser unos. Y eso durante el tiempo que duró el llamado milagro español; hasta que los asociados, los que habían disfrutado la cueva y los que acudieron al reclamo de sus beneficios, empezaron a preguntarse por qué no se deshacían de aquel intruso Alí Babá, cuya presencia ya había sido denunciada mucho antes como un peligro por uno de los primitivos moradores de la cueva al grito de “¡qué error, qué inmenso error!”.
Ahora bien, para los intereses de los moradores antiguos, el aviso llegaba tarde en el sentido de recuperar a plenitud la propiedad de la cueva. Hubo que organizar otro reparto, aunque fuese a costa de la cabeza de Alí Babá. Y entonces todos se pusieron a imitar al descubridor de los tesoros, arrojándole, por supuesto, de su privilegiada posición. Una parte de los antiguos habitantes de la cueva, que habían guardado sus armas para mejor ocasión, intentaron acabar con Alí Babá, cosa que lograron; pero no liquidaron a quienes habían hecho partijas con él. En consecuencia, no pudieron reinstalarse en su viejo recinto. Con lo que no contaban en su reacción fue con los nuevos intereses creados por los recién venidos y por antiguos instalados nada dispuestos a complicarse la vida haciendo resistencia inflexible.
Y todo fue cambiando sustancialmente sin que las viejas dolencias y sus estilos desaparecieran. Los bandos constituidos llamaron a otros; y unos cuantos, pocos pero significativos, acudieron al reclamo de lo que del tesoro quedaba. Antes había llegado una señora enlutada y de nívea cabellera, acompañada de un “gentleman” con una peluca que ocultaba su verdadera identidad. A partir de aquella gran renovación, la cueva de Alí Babá experimentó una profunda transformación. Cambió la decoración de la lujosa cueva, apareció otro mobiliario y, por supuesto, los tesoros desaparecieron merced a un inteligente sistema de reparto. Aunque siguieron mandando los de siempre.
En el norte del territorio se hicieron fuertes algunas bandas antiguas, que acabaron por organizar sus propios feudos. La vieja y gloriosa geografía se llenó de explosiones y los entierros políticos formaron parte del ritual del país transformado. Alí Babá, el descubridor de los antiguos ladrones, había sido reemplazado por un señor con mucho palique que duró doce años en la cueva fundamental. Le sucedió otro personaje que decidió inesperadamente limitar su permanencia en el gran sitial de la cueva durante un tiempo tasado. Era una prometedora novedad. Las bandas norteñas estuvieron con él muy castigadas y en retroceso. No habían servido de mucho las tretas del señor del palique, que durante sus doce años de mandato aplicó al barrido de aquellas tribus una parte de los tesoros de la cueva de Alí Babá. Pero quien le sucedió parece que lo hizo con mayor eficacia. Usó cárceles y proyectiles. La situación parecía confortable, durante algún tiempo, para los antiguos controladores de la cueva del poder. Ahora bien, cuando el señor que anunció su propia marcha quiso dejar sitio a un sucesor de su confianza, ocurrió un descarrilamiento tan ruidoso y catastrófico que la gente se olvidó del sucesor posible para dar con el heredero seguro. Al precio de cientos de muertos y heridos, un personaje, con nombre de un conocido gremio, se instaló en la cueva, y allí permanece ahora. Nada ha cambiado en lo sustancial, pero casi todo ha sido rebautizado. Una historia que parecía enterrada ha sido o va siendo piadosamente devuelta a los viejos panteones. Las tribus del norte, al grito de “¡ésta es la nuestra!”, intentan, no ya el reparto de los tesoros de Alí Babá, sino toda la extensión septentrional del territorio donde la distante cueva había existido. Y ahora los pobladores, errantes y despistados, han empezado a preguntarse en un cierto número, unos a otros, “si somos de los nuestros” o qué diablos estamos abocados a ser.

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