jueves, junio 14, 2007

Jaime Peñafiel, Cuando los medicos pierden los papeles

viernes 15 de junio de 2007
Cuando los médicos pierden los papeles Jaime Peñafiel

Me ha apenado, profundamente, el cobarde ataque del doctor Abarca a la dignidad profesional del inolvidable doctor Hidalgo Huertas, el ilustre cirujano que, formando parte del tristemente famoso “equipo médico habitual” que atendió al general Franco, fue quien asumió la responsabilidad, consensuada, de intervenir tres veces en pocos días (lunes 3, viernes 7 y viernes 14 de noviembre de 1975), intentando, no salvarle la vida, que ya era imposible, sino atajar las complicaciones que, en cadena, se iban produciendo.
Como pudo comprobarse por las dramáticas fotografías de la agonía de Franco, que me atreví a publicar por considerarlas un documento periodístico excepcional, aunque muchos no lo entendieron así, el enfermo terminal se mantenía, cuando fue fotografiado, aún con vida, pero no por motivos científicos sino artificiales, en un desesperado intento por mantenerle “vivo”, Dios sabe con qué motivo.
Para intentar conocer en profundidad lo que aquellas imágenes reflejaban acudí al despacho-consulta que el doctor Hidalgo Huertas tenía, entonces, en el Hospital Francisco Franco, del que era, creo recordar, director.
Cuando extendí ante él las cinco fotografías que un “ilustre” y traicionero colaborador de Franco me había vendido por muchos millones de antiguas pesetas, su rostro quedó tan pálido como la bata que vestía y la indignación la manifestó gritándome:
—¿Quién coño ha sido el canalla que ha hecho estas fotos?
No quise decírselo por no agravar la violenta situación. Aquel día yo había acudido a él intentando que me informara, si era posible, en qué momento fueron realizadas.
Porque, en una reunión extraordinaria que mantuve con expertos y asesores jurídicos, antes de decidirme a publicarlas, algunos llegaron a la conclusión de que Franco, cuando le tomaron las fotografías, estaba ya muerto. Acababa de morir. De no ser así, resultaba inexplicable la actitud del personal sanitario que, en algunas de ellas, aparecía posando en una foto de macabro recuerdo.
—¡Qué bobada! —respondió el doctor Hidalgo Huertas sin dar crédito a lo que estaba contemplando—, estas fotografías fueron tomadas, por el canalla que las hizo, antes del 14 de noviembre. Tras la tercera operación, se le puso un drenaje a nivel del duodeno y, como puede verse, en una de las imágenes todavía no tiene. ¡Pero quién pudo hacer estas fotos! Un médico pienso que no, por muy poca deontología y ética profesional que tuviera no se puede hacer esto.
Me marche de su despacho sin decirle el nombre del “canalla” que había hecho las fotos, y que no era otro que su compañero, su amigo, el doctor Martínez Bordiu, el yernísimo, el hijo político de aquel hombre cuya intimidad más digna de respeto, porque es la de la hora de la muerte, había violado haciendo ¡click!, ¡click!, ¡click!, ¡click!, ¡click!, tantas veces como cinco.
Éste era el doctor Hidalgo Huertas a quien un compañero, el doctor Abarca, ha intentado “fotografiar”, profesionalmente, cuando ya esta muerto.
Poco más o menos como el marqués hizo con su suegro.

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