viernes 15 de junio de 2007
Memoria y reformas Germán Yanke
Treinta años ya desde aquellas jornadas de entusiasmo. De entusiasmo y de esfuerzo por acomodarse a lo posible. Unos, los partidos de la oposición al franquismo (incluido el PC, legalizado in extremis por el coraje —también una manera de acomodarse— del presidente Suárez), amoldaban lo que habían venido diciendo a lo que era conveniente decir para entrar en el juego de la Transición. Otros, los franquistas, se revestían de los ropajes que habían venido apartando con tanto recelo hasta entonces. Eran muy pocos los que quedaban fuera del sistema y menos los que, como dicen que hacen los tontos del pueblo, seguían desfilando cuando ya había terminado la procesión del franquismo.
Se comprobó que España era más de derechas de lo que se imaginaba la oposición, aunque quizá el magnetismo del presidente Suárez, visto como el único prestidigitador que podía mudar el sistema, tuvo algo que ver en ello. Cuentan que, en una de aquellas reuniones en la Moncloa, con la “Comisión negociadora de la Oposición”, le había dicho en un aparte a Felipe González que su problema, el de Suárez, era que no podía estar media hora con cada español porque, de poder hacerlo, iban a votarle todos. Y cuentan que González se fue a la casa de Enrique Tierno Galván, sede provisional de la comisión, convencido de que era verdad.
Ahora, sin embargo, los sociólogos dicen que los españoles se consideran más de izquierdas, que el éxito electoral de la derecha está más en lograr la abstención de una parte de sus adversarios que en la conquista de sus papeletas de voto. Así que quizá haya cambiado eso en treinta años, lo que terminaría siendo un fracaso de la derecha, que partía muy bien nutrida. Un cierto agotamiento intelectual, quizá, un desapego entre los programas y la opinión pública.
La conmemoración, ahora, nos coloca en una frontera. Se debate si ha terminado o no la Transición. O si los valores que se pusieron en juego entonces —el consenso básico, las cesiones de unos y otros— se han tirado por la borda. Nadie duda de que el entusiasmo sí ha terminado. Pero la Transición no ha terminado. Seguimos viviendo (malamente, porque se han roto los lazos que lo sostenían) en el entramado provisional de lo que había comenzado a pergeñarse poco antes del 15J y seguiría con la Constitución de 1978.
Todo lo que parecía que quedaba para más adelante sigue pendiente. Pasamos entonces del franquismo a la Transición, deberíamos ahora recorrer el trecho de la Transición a la Democracia. Nos quedan pendientes la división real de poderes, la independencia real de la Justicia, el funcionamiento autónomo de organismos públicos que no deberían estar al albur del poder, el funcionamiento de un Congreso que lleve a cabo adecuadamente la labor de control del Ejecutivo en vez de ser su prolongación, etc. Los que dicen ahora que la Segunda Transición es una nueva reforma del Estado desde el punto de vista autonómico o federal se equivocan doblemente: ni se reclama ni se necesita, como demuestra la desafección ciudadana a los nuevos estatutos aprobados y, al mismo tiempo, nos distraemos de la gran reforma pendiente, las que nos acerque, aunque sea sólo un poco más, a lo que realmente es la Democracia.
jueves, junio 14, 2007
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