viernes 15 de junio de 2007
‘El Soplao’, Cantabria aún mas bella
Miguel Ángel García Brera
H AY territorios donde la mano del Creador se ha posado de modo muy particular. Cantabria es uno de ellos, ya se la mire del mar a la montaña, de Norte a Sur, de Este a Oeste, hacia el cielo o hacia el centro de la tierra por debajo de su verde piel. Nadie que visite esa Comunidad española es capaz de negar la suma de belleza que atesora, ya sea artística o natural. Ahora, desde su inauguración en Julio del año 2005, Cantabria cuenta en su inventario de belleza, con un nuevo tesoro, que ya han visto 1.850.000 personas. Me refiero a la Cueva de El Soplao, situada a 70 kilómetros de Santander, una cavidad capaz de competir, dentro de la propia Comunidad – aunque en otro aspecto – con la famosa cueva de Altamira, la llamada capilla sixtina del arte rupestre, y también, a otra escala, como uno de los recintos más importantes de la geología mundial. Durante casi una semana he podido recorrer muchos de los paisajes norteños, y he tenido ocasión de detenerme en la contemplación de los valles pasiegos, cuyo verdor no tiene parangón en el mundo, salpicados de cabañas de una peculiar arquitectura. He admirado en distintos pueblos y villas de la tierra cántabra, las casonas pétreas y palaciegas; las casucas de amplia solana adornada con profusión de geráneos, con un colorido especialmente vivo, y de hortensias cuyas flores empezaban a abrirse; los palacios, como el de Soñanes, convertido en hotel donde el romanticismo te pone cerco agradable y constante; los templos con imágenes de ternura e ingenuidad sin igual, como la Colegiata de Santillana del Mar que en grandeza artística monta tanto como la propia villa o su cercana Altamira, cuyos bisontes prehistóricos pastan en todos los ámbitos pensantes de los enamorados del arte, de la historia y de la evolución humana, o como la, también colegiata románica, de Santa Cruz, en Castañeda; los recuerdos de Gaudi en Comillas donde todo es elegante, amplio y enigmático, ya sea en el Palacio de Sobrellano, en el Capricho o en la Capilla panteón que, curiosa y dramáticamente, inauguró el Marques de Comillas, en 1881, para enterrar a un hijo, antes de ver terminado su palacio o el Capricho. Pues bien, a todo eso y a la visita de una capital, Santander, cuyo recorrido desde la estación marítima hasta el faro de Cabo Mayor es una sucesión de imágenes que se adueñan del espíritu del visitante por tosco que sea y hacen nacer en él una sensación de seguridad, paz, libertad, armonía, deseos de vivir y afán de transcendencia; a todo eso, y para ampliar el embrujo que sugieren las varias playas de oro y la excepcional bahía, cuyo atractivo debió entusiasmar al propio Dios quien quiso firmar su obra y lo hizo en un alargado trazo que se llama El Puntal, firma en la arena sobre el agua, con las dunas como puntos en la i; ahora Cantabria añade la oferta de un camino hacia el centro de la tierra por donde se encuentras los más insólitos paisajes y las más artísticos obras que el hombre pueda imaginar; todo ello labrado por la naturaleza a través de los siglos. Eso y mucho más es El Soplao, que tiene la suerte de dirigir – y bien que sabe hacerlo – Fermín Unzue. A la cueva se accede en un pequeño tren de cremallera que conduce a la boca de lo que fue mina varios siglos y hasta el año 1978. Luego se toma camino, ya sea para recorrerlo sosegadamente y con buena explicación de los guías, ya sea para acelerar un poco más el corazón, tomando la opción de turismo-aventura, para la que se exige alguna condición relacionada con lo que supone un recorrido alternativo, más complicado y requerido de algún equipo que la empresa concesionaria del servicio pone a disposición del que elija ese tipo de visita. Quienes, como el grupo de periodistas de FIJET -que hemos sido llamados a Cantabria por su dinámico Consejero de Turismo, Javier Marcano, pionero y propulsor de cuanto para ofrecer su visita pública ha requerido El Soplao– optamos por lo más fácil, recibimos de la muy preparada, Maite Castanedo, la explicación de que los mineros que conocían las galerías geológicas, más allá de las de explotación y saca del mineral, pese a haber establecido dentro de la cueva, incluso las escombreras para la ganga, respetaron milagrosamente la riqueza, abundancia y formas de estalactitas, estalagmitas, calcitas, helictitas y otras formaciones excéntricas. El paseo por las galerías La Gorda, Los Fantasmas y otras nos pusieron en contacto con el más maravilloso decorado que pueda encontrarse en una cavidad. Estalactitas y estalagmitas blanquísimas, formando toda suerte de figuras, en algún caso recordando Vírgenes, Budas o pagodas y, en otros, algunas obras de Botero, fantasmas, órganos, estilizadas columnas creadas al juntarse las estalactitas y la estalagmitas, palmeras increíbles y cuanto la imaginación puede suponer. Pero, por encima de todo cuanto debe alabarse de un recorrido que se vive en constante sorpresa ante la abarrotada serie de figuras cada cual mas bellas, hay que señalar la sorpresa de esas gotas llegadas de las filtraciones, que abandonaron la ley de la gravedad y se esparcieron a derecha e izquierda e incluso formaron nudos, serpientes y estrellas. Esas formaciones geológicas excéntricas son únicas en El Soplao y aún no han encontrado una explicación científica, pero constituyen un panorama artístico embriagador. En la cueva hay, además, varios lagos, cuyas aguas en combinación con la iluminación aumentan las posibilidades de sorprender y encantar, aunque, a fuer de sincero, es en la iluminación donde me atrevería a ponerle algún mínimo pero. Eso sí, advirtiendo a mis lectores que seguramente estoy equivocado, pues entre mis colegas, las alabanzas al recinto no se detuvieron en la iluminación de que se ha dotado a la cueva; antes bien igualmente para el sistema eléctrico se escuchó el general aplauso. Como San Vicente de la Barquera no está lejos de la cueva, Andrés Alonso, periodista y Jefe de Promoción del Turismo cántabro, nos llevó a comer a la villa marinera, y en el restaurante “Maruja” nos sirvieron marisco de todo tipo, con estupendos vinos montañeses, a lo largo de un par de horas, finalizando con el orujo bravo y digestivo de Potes, la villa lebaniega situada al pie de los Picos de Europa. Ante semejante almuerzo, muy bien preparado y servido, que comenzó con ostras y terminó en bogavante, pasando por cuantos mariscos existen en este mundo, comprendimos los periodistas especializados en turismo que los cocineros hayan entrado en el gremio de los artistas. Entrábamos en el restaurante con la marea alta y al salir el mar se había retirado dejando las barquitas varadas para ofrecernos otro panorama. Nosotros, con El Soplao en la mirada y el almuerzo en el paladar, retomamos el difícil camino del regreso al Madrid del trabajo diario, sin duda más llevadero si, de vez en cuando, echamos mano del recuerdo de este viaje a Cantabria, que, naturalmente, recomiendo a todo el que quiera vivir una experiencia nueva y gratísima
jueves, junio 14, 2007
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