martes, junio 19, 2007

Futbol, influencia y populismo

martes 19 de junio de 2007
Fútbol, influencia y populismo
EL deporte ocupa un lugar de primer orden en la actual sociedad de masas. Los grandes clubes y los principales eventos internacionales generan una enorme expectación pública y mueven ingentes recursos humanos y materiales. Es imprescindible que los dirigentes y gestores estén a la altura de las circunstancias, puesto que su comportamiento es percibido como un modelo por muchos aficionados y, en particular, por los más jóvenes. En la competición deportiva se ponen en juego pasiones y sentimientos que los responsables del más alto nivel deben encauzar desde el sentido común y la defensa de valores como la convivencia y la solidaridad, algo que muchos de ellos parecen empeñados en no hacer. De hecho, no todos los presidentes y directivos de equipos cumplen con estas exigencias mínimas. Ha terminado una Liga muy emocionante y resuelta casi en el último minuto, pero no pasará a la historia ni por la calidad del fútbol practicado ni por la imagen de ejemplaridad que responsables de equipos como el vencedor, el Real Madrid, deberían haber ofrecido.
Su presidente, Ramón Calderón, no ha estado muy afortunado en su primera campaña al frente del Real Madrid. El título de Liga, ganado más por tesón que por buen juego, no debería ocultar a la masa social la inexistencia de un proyecto atractivo, que ha sido sustituido por decisiones erráticas y coyunturales que -al final- han tenido el premio insospechado de un triunfo. Sin embargo, se trata de un triunfo que si bien alivia el fracaso en la Champions y en la Copa del Rey, no esconde la realidad de un proyecto asentado sobre bases endebles y viciado por la precipitación. Calderón se equivocó ya desde el inicio de su gestión, cuando accedió a la presidencia tras un proceso electoral sometido al escrutinio de los jueces gracias a un voto secreto de dudosa legitimidad. Y con todo, lo peor son ciertas actitudes populistas que una institución centenaria como el Real Madrid debe rechazar de plano. Con el bochornoso episodio de Zaragoza, Calderón se mostró como un dirigente contradictorio e imprudente, ofreciendo una preocupante sensación de no saber exactamente qué club preside y perjudicando uno de sus mejores activos: su imagen.
Pero no es el único caso. Directivos de muchos otros clubes mantienen públicamente conductas inconvenientes que pueden perjudicar el buen nombre y la historia de la entidad que dirigen. Presidentes que a veces demuestran una inclinación a utilizar en su beneficio el cargo que ostentan, o que adoctrinan a sus aficionados con conductas no siempre pacíficas, o que incluso favorecen determinadas tendencias políticas, no sólo traicionan la confianza de los aficionados; también contradicen el espíritu y los principios de un fenómeno, el del fútbol, que sin tener por qué dejar de ser un negocio, nunca debe dejar de ser un deporte. Ni para sus profesionales, ni para sus millones de aficionados.

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