martes, junio 19, 2007

Veinte años despues, ETA no cambia

martes 19 de junio de 2007
Veinte años después, ETA no cambia
EL 19 de junio de 1987, ETA hizo estallar en el aparcamiento del Hipercor de Barcelona un coche bomba que causó la muerte a veintiuna personas, todas civiles, y heridas a medio centenar. Fue, hasta los atentados del 11 de marzo de 2004, el crimen terrorista más sangriento cometido en España y sigue siendo el más brutal de la banda etarra, que repitió ese mismo año otra matanza en la Comandancia de la Guardia Civil de Zaragoza, donde asesinó a once personas, entre ellas cinco niños. Veinte años después de la masacre de Hipercor, ETA es aún la mayor amenaza para la libertad y la vida de los ciudadanos españoles. Su vocación terrorista no se ha modificado un ápice, sino todo lo contrario, porque en este tiempo ha perseverado en el asesinato y la extorsión, a pesar del rechazo social, el aislamiento internacional y la eficacia de la acción policial y judicial. La memoria de aquel brutal atentado no sólo resulta obligada para que sus víctimas -todas las víctimas de ETA y del terrorismo- sean recordadas permanentemente por una sociedad que ha de aspirar a la derrota de sus enemigos; también lo es para no olvidar qué es ETA, qué pretende y a qué está dispuesta para conseguirlo. ETA sí es capaz de matar indiscriminadamente, sí es capaz de asesinar a niños y a civiles. Los etarras no representan una categoría menor de terroristas, por más que los atentados del 11-M hayan sido reiteradamente manipulados en este sentido.
En ETA sólo cambian las tácticas, no la estrategia del terror, ni los objetivos netamente nacionalistas y de extrema izquierda. No entender esta realidad de la organización etarra equivale a no conocerla y, por tanto, a asumir el riesgo de hacer análisis erróneos sobre su voluntad de seguir o no con el empleo del terror. También en 1987 se dijo que ETA había ido demasiado lejos con el atentado de Hipercor, y que esta masacre se haría insoportable a la izquierda abertzale. Entonces, Herri Batasuna era un partido legal -¿para qué sirve la legalización de un partido proetarra?- y siguió sometida al dictado de ETA, como todo su entramado seudopolítico, sin que se produjeran críticas que no acabaran silenciadas por orden de los pistoleros. El actual presidente del Gobierno y sus asesores en la materia debieron creer que la ETA de 2004 era distinta de la de 1987 simplemente porque pensaban que los terroristas iban a dejarse seducir por una oferta de diálogo que evitara su derrota. Ciertamente, ETA estaba muy reducida en su capacidad operativa, logística y financiera, pero no estaba vencida aún. Faltaba poco y hoy falta mucho más. Veinte años después, el mayor error no lo ha cometido ETA al seguir con el terrorismo, sino el Gobierno de Rodríguez Zapatero, que creyó que ETA había cambiado lo suficiente como para interiorizar su derrota y dejarse encantar por el discurso de la paz. A los terroristas nunca les han importado mucho los análisis psicológicos ni sociológicos sobre el rechazo a la violencia. Y, menos aún, un presidente de Gobierno con exceso de autoestima y defecto de prudencia. Le ha importado sobre todo la unidad del grupo social que la apoya con o sin asesinatos, el abastecimiento puntual de medios y terroristas y la continua discusión sobre la existencia del «conflicto político» vasco en el que legitima su violencia terrorista, para lo que es imprescindible colonizar las instituciones vascas con testaferros que actúan al dictado de la propaganda etarra. A pesar de lo que opina el Gobierno, ETA ha logrado estos objetivos en estos tres años de falso alto el fuego.
El mayor beneficio de los terroristas es la ignorancia de los responsables políticos sobre su verdadera naturaleza de organización criminal. ETA gana en cuanto un gobierno la convierte en interlocutora política, como ha sucedido en esta legislatura. Por eso es imprescindible traer a la actualidad trágicos recuerdos como el de Hipercor, porque la desmemoria de algunos pone en peligro a todos y porque ningún gobierno tiene derecho a poner el contador de la historia a cero para disculpar errores evitables -que, más que errores, son apuestas fracasadas-, ni a justificar el logro de la paz a cualquier precio, cuando este objetivo se pretenda con medios políticos y moralmente ilícitos.

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