jueves 15 de junio de 2007
EN MÓSTOLES, SIN NAPOLEÓN
Félix Arbolí
H OY me encuentro ausente de mi ambiente habitual. Algo insólito en mi rutina cotidiana, ya que soy poco amigo de alterar costumbres y comportamientos. A veces mis hijos se enfadan cuando declino de buenas maneras, pero tajante, sus invitaciones a comidas, visitas y saraos. Prefiero que sean ellos los que se desplacen y me visiten. Nunca podrán decir que soy un suegro pesado y entrometido. Desde que gozo de la oportunidad de no depender del reloj, ni deberme a obligados y fijos quehaceres, me gusta estar en casa y disponer de las comodidades y elementos necesarios para pasar cada jornada como más me agrade sin depender ni abusar de nadie. Allí sé donde se encuentran los elementos y objetos que necesito en cada momento y para cada cuestión. Cuando me hallo fuera de casa me noto algo raro y fuera de cobertura. A cierta edad nos tornamos caprichosos y poco susceptibles a las innovaciones. Hasta echo de menos mi veterano ordenador, tan pasado de rosca como el que lo usa, pues me doy perfecta cuenta de que no estoy hecho para librar batalla con el tecleo y manejo de estos nuevos y sofisticados aparatos, propios de mentes menos gastadas. La mía no está ya para muchos escarceos y la proporcionalidad de mis años vividos está en perfecta consonancia con mi inexperiencia en la informática. Así querido lector que voy a intentar salir airoso en esta prueba, aunque a veces crea que he pulsado la tecla adecuada y me encuentre deambulando despistado por los alrededores del Coliseo romano. Este sábado, pues, he hecho una excepción al no poderme oponer a las razones que me exponía mi hijo pequeño (1,82 de altura y 41 años de pacífica y sensible humanidad) y me encuentro en el vecino y archifamoso pueblo de Móstoles no para declarar nuevamente la guerra al francés, que al parecer ya es buen amigo y vecino, sino para pasar una mañana y parte de la tarde viendo corretear con vacilantes pasitos y alguna graciosa e inconsecuente caída, a ese juguete con alma de niña y sonrisas de inocencia que alegra la casa y el corazón de mis hijos. Mi nietecita Marta, el último y venturoso miembro llegado a la familia. Una nueva y alentadora caricia con la que ha querido obsequiarme el Autor de mi destino, para hacer más placentero este otoño de mi vida. Viéndola juguetear en la terraza, con la limpia mirada de un angelote como los que nos pintaba Murillo y nos cantaba Machín, aunque el color negro solo lo lleve en sus enorme ojos y sus rizados pelos, como un “platerillo humano” alocado y bullicioso, me he dado cuenta del enorme privilegio que tenemos los que gozamos la venturosa experiencia de ser abuelos. Una nueva y maravillosa sensación que a nuestros años supone una mayor capacidad de emociones al contemplar esa ilusionada amanecida que brota espléndida cuando nuestro ocaso empieza a dar sus primeras señales. Una vida que nace para compensar el declive de la nuestra, en esa dualidad contradictoria y complementaria que marca nuestra existencia. El principio y fin de todo lo creado. Me ilusiona pensar que este remolino que hoy alegra mi jornada con sus pasitos cortos y torpes, tremendamente graciosos por sus vacilantes tropiezos, medias palabras apenas comprensibles, descaradas sonrisas y deliciosos gestos y mohines, que hoy me hacen recordar sensaciones lejanas y casi olvidadas, se convierta en espléndida mujer y madre de familia, aunque para entonces yo haya pasado a ser una especie de nebulosa que se evapora en su recuerdo. Ley de vida que todos hemos de aceptar. Creo que han merecido la pena los apuros de un nuevo teclado, el recorrido de los veinte kilómetros y la posible incomodidad de suspender mis habituales rutinas, para disfrutar la maravillosa oportunidad de sentirme tan cerca y conectado a este trocito de la vida de mi hijo, parte importante de la mía y hoy protagonista de mis más dulces momentos. Aparte de que con este desplazamiento tan inusual en mi acomodaticia y monótona vida, he logrado olvidarme por unas horas de la tortura de una calle en la que hace ya muchos años se desconoce la tranquilidad, pues tiene sometidos a los vecinos a continuos e insoportables decibelios. Hemos de enfrentarnos en el día a día con las sirenas de ambulancias y bomberos, los motores de autobuses nada insonorizados, un tráfico constante y humeante en ambas direcciones y el machaqueo inaguantable del endiablado martillo eléctrico abriendo zanjas o tapando socavones, que raro es el día que no nos toca. Un panorama vecinal en este Madrid de nuestros amores, en el que tampoco falta la visión de esas palomas picoteando todo lo que encuentran, mientras llenan de blanquecinos excrementos ventanas y balcones y se dedican a enconados enfrentamientos entre ellas. Viéndolas actuar de esa manera, no me explico por qué son utilizadas para simbolizar la paz. Aquí en Móstoles, parece que se vive un mundo diferente, aislado del mundanal ruido, con la sugestiva visión de una piscina que está próxima a recoger la primera oleada de bañistas de la urbanización y a un tiro de piedra del famoso Xanadú, ese paraíso comercial donde se puede encontrar de todo y satisfacer los caprichos momentáneos, siempre que se lleve la correspondiente Visa o los chabacanos y “monopolistas” euros. Como en cualquier otro local sin tantas campanillas. Lo que sí he llegado a comprender y valorar es que hay un abismo diferencial entre vivir en Madrid capital o en una localidad de sus alrededores. Yo que nací en la huerta familiar chiclanera, donde tenían su residencia mis padres, me crié entre pinares, alcornocales y viñedos y pasé mi infancia y juventud en localidades de provincia donde lo insólito era el encuentro con un semáforo, ya que aún no se consideraban necesarios, me he tenido que adaptar a toda prisa, improvisando en cada momento, a la vida ajetreada, sin pausas ni vacilaciones, de una capital que llaman Villa y Corte, pero que es un auténtico laberinto en su diario acontecer. Ni es villa por sus dimensiones y circunstancias, ni Corte porque no alberga ninguna dentro de sus límites capitalinos. Paradojas de la vida que se dan con excesiva frecuencia.. No me extraña que se haya puesto de moda residir en las afueras. Dejar atrás los límites de esa auténtica locura urbanística y lanzarse al éxodo de esas ciudades residenciales y dormitorios, para encontrar ese tranquilo rincón donde serenar el alma y buscarle un sentido a la vida, aunque gozar esa paradisíaca existencia suponga tener que “chupar carretera y tragar asfalto. El cielo estáis conociendo en vida los que disfrutáis de un lugar alejado de las colmenas humanas, porque estáis inmune al aguijón de la angustia, el estrés y las prisas por intentar llevar una vida normal. Ha empezado a llover y estoy escribiendo en plena terraza. Menos mal que me ha cogido bajo toldo, que nada tiene ver con el bajo palio con el que hacía su entrada Franco en las catedrales españolas. A mi alrededor, árboles, flores y rejas. Estas últimas para evitar nocturnas tentativas de visitantes nada gratos que procedentes en su mayoría de los países del Este, intentan aprovechar su nueva ciudadanía europea, para hacer su agosto, septiembre y todo el calendario que puedan y les dejen. Éstos no llegan en pateras, sino en trenes y autobuses y con todos los requisitos necesarios para desempeñar su cometido. A unos españoles los detienen y encarcelan en uno de los antiguos países comunistas, por coger un banderín expuesto en la vía pública y nosotros tenemos que soportar a los que vienen a robarnos, asaltarnos y hasta matarnos, porque son los camaradas de la nueva Europa y tenemos una legislación excesivamente permisiva. ¿Ha hecho algo nuestro Gobierno o representación diplomática al efecto?. ¿ No se dan cuenta estos países tan exigentes que algo más que un banderín se están llevando sus compatriotas con sus masivas y descontroladas llegadas?. La lluvia, cuando no es diluvio, da lustre y vida al arbolado y los jardines. Dan la impresión de que han recibido una mano de pintura y han recuperado el brillo que habían perdido con el polvo acumulado. No se por qué, pero en la quietud de esta tarde sabatina, a pesar de la lluvia que siento caer sobre el toldo, me encuentro bien, distinto, de acuerdo con la vida. Marta, mi nietecita, acaba su siesta con un llanto enorme. No hay nada que pueda consolarla de momento, como pasa con todos los críos cuando interrumpen su sueño, que no el ensueño, ya que éste le acompañará aún durante varios años. Cuanto más, mejor. Siempre que pueda sonreír con los ojos del alma, que es el reflejo de su inocencia. Hoy he vivido una bonita aventura como abuelo, mañana volverá a sentir el pulso de la calle, el encierro domiciliario a causa del mal tiempo y la inquietud por temas y cuestiones que hoy no me han preocupado, porque este diablillo ha dominado por completo mi mente y el tiempo.
jueves, junio 14, 2007
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