viernes 22 de junio de 2007
Noche de San Juan
Carmen Planchuelo
M E dormí con el crepitar del fuego resonando en los oídos, con el aroma de la madera quemada pegada en la piel, con el chisporroteo de las llamas saltando en mis pupilas y con el calor que desprendían enrojeciendo mi cara, envolviendo mi cuerpo. Las piernas me dolían de saltar sobre las llamas. La hoguera de San Juan se consumía y en ella se convertían en ceniza todas las cosas sobrantes e inservibles que los vecinos del lugar habían ido trayendo de sus casas: cartones, ramas, sillas viejas, ardían alegremente en el fuego. No sólo morían esos restos de vida doméstica de cada hogar en la roja hoguera, también se iban deshaciendo devorados por las llamas los sinsabores del año, el frío del corazón, las pequeñas traiciones, las ilusiones mal colocadas, todas y cada una de las penas que se habían ido depositando lentamente en el alma, de los hipnotizados contempladores del fuego, desde el último solsticio. Me dormí no muy lejos de las llamas purificadoras. Arrullada por el susurro del mar. Al despertar, aún con los ojos cerrados y en ese nirvana que liga el sueño profundo con el inicio de la vigilia, volví a sentir el sonido del fuego pero mezclado con algo más: un suspiro profundo, volví a sentir calor pero de algo muy cerca de mi que no quemaba, mi nariz percibió un olor a leña quemada unido con otro dulzón y penetrante. No me dolía nada y un bienestar largamente olvidado envolvía mi cuerpo. Lentamente me desperecé, mentalmente me dije que ya era hora de incorporarse al día después de una noche intensa a la vera del fuego, saltado las diferentes hogueras que los pescadores habían prendido en la playa. Al abrir los ojos me encontré con él, que dormía pacíficamente a mi lado, de él procedía el calor que calentaba mi cuerpo, de él el sonido que se mezclaba en mis sueños con el de las maderas al quemarse, de él el olor dulce y cálido como el ron de su isla y que bebimos junto a la hoguera. A la luz lechosa del amanecer pensé que aunque siempre las noches de San Juan habían sido hechiceras para mi, que me gusta el fuego y jugar con él, esta sería la más preciada por mi memoria en el correr de los años, pues mi sueño imposible de tiempo y tiempo, se había hecho realidad. Mientras él dormía mis ojos iban recorriendo su cuerpo desnudo iluminado por la luz del alba. Extasiada contemple el vello moreno que tapizaba su pecho, en el que minutos antes yo reposaba la cabeza. Suavemente para no romper su sueño, posé mis labios sobre los suyos y acerque mi cara a la suya para sentir el leve picor de la barba oscura que ensombrecía su faz; los ojos cerrados estaban rodeados de unas leves ojeras malvas. Paseé golosa mi mirada por ese ser que despertaba toda mis ansias dormidas, de nuevo sentí ganas de refugiarme en sus brazos y sentir que me hacía infinitamente pequeña entre su fuerza. Le contemple intensamente como si tan sólo con el poder de mis ojos pudiera posesionarme del hombre que colmaba mis sueños de tanto tiempo y pensé que sí, que tenían razón los cuentos y las leyendas antiguas, cuando le atribuyen poderes mágicos a esta noche de verano: la más corta y la del día más largo. Recordé los romances en los que se habla de que esa noche es propicia para amores, para recuperar la belleza perdida si te lavas la cara con el agua del rocío mañanero, pues si el fuego es el rey de esa noche, el agua lo es de su amanecida por eso se recomienda - en las viejas creencias- andar descalza sobre la hierba mojada mientras recoges muérdago y verbena con los que hacer ramos, pócimas y ungüentos; y me acordé de aquellos cuentos de mi adolescencia sobre los pastores que en la noche de San Juan encontraban los tesoros escondidos por los moros -hace cientos de años- en las cuevas de los montes o bien desencantaban a cristianas prisioneras. Con Los Cuentos de la Alhambra di mis primeros pasos en el conocimiento de los misterios de tan hechicera noche. Sin embargo mi tesoro era mayor que todos los ocultos en las simas más profundas, ni todas las joyas del mundo podían compararse con el brillo un punto melancólico de sus ojos, ni la seda más suave al tacto de su piel, ni el canto del pájaro más melodioso a la carencia melosa de su voz; ni la llama más ardiente con el calor que nacía dentro de mi cuando me fundía con él, nada comparable al hombre que una noche apareció por mi vida preguntándome: “¿qué haces ángel?”. Sobre la línea del mar el sol salió; sus ojos se abrieron y yo deseé que ojalá todos las noches de San Juan esas pupilas obscuras y algo tristes, rezumantes de luz, me miraran de la misma manera, que ojalá una vez al año nos reuniéramos en esa misma playa para celebrar con nuestro fuego, la fiesta del Sol, el Solsticio de verano, el fuego de San Juan.
jueves, junio 21, 2007
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