martes 19 de junio de 2007
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
Lágrima celta
Lo que uno daría por haber estado allí para consolarlas deportivamente. A una se le puede ver el 4 en la espalda, medio oculto por la melena, y de la otra sólo sabemos su llanto. Son las dos chicas celtas que ayer ilustraban el dolor por el descenso, en la primera plana de EL CORREO. Ellas representan lo más bonito del fútbol, esa parte que no cobra cifras de fábula, ni trafica con fichajes, ni comercia con contratos de imagen, sino que derrama lágrimas sinceras cuando el campo se transforma, como Balaídos el domingo, en el velatorio de su equipo.
Vergüenza le debiera dar a tanto directivo mediocre y jugador pusilánime, que lloren así por lo que ellos no supieron defender. Para estas dos anónimas forofas, se trata de un sentimiento sin ánimo de lucro, mejor dicho, un sentimiento costoso porque pagan por sufrir. Los otros ven en todo esto un negocio, un medio de vida, una escalera que permite progresar en la sociedad. En la grada se solloza, mientras que en el palco de los césares se ve la cosa con la frialdad con que un agente bursátil observa la fluctuación de su cartera de valores.
Pero el caso es que se derraman lágrimas por un equipo que baja a Segunda División, y no por un partido político que pierde las elecciones. Antes de este infausto domingo balompédico se eligieron alcaldes. ¿Se vieron muchos sollozos? Hombre, algunos habría, pero en todo caso corresponderían a los más directamente afectados por el cambio de bastón. No hubo dos jóvenes tan compungidas como éstas, sollozando por la pérdida del poder de su partido.
Tampoco en la noche electoral se recuerdan escenas tan conmovedoras. ¿Cómo se explica, si en las urnas se dirimían cosas mucho más importantes que en el estadio? Pasar de Corina Porro a Abel Caballero tiene consecuencias que durarán cuatro años, a menos que se repita la historia. Que el Celta se vaya al exilio de Segunda es una condena de una temporada, y que no tendrá en la vida de nuestras dos Magdalenas olívicas especial relevancia.
Pero a ellas les es igual. Lloran. Lloran lo que no lloraron por un suspenso injusto, por un novio imbécil que las dejó o al que dejaron, quizá tras haber descubierto que les era infiel con el Deportivo, o por un empleo que se les escapó, o por el fracaso de la reforma del Estatuto. Su acopio de lágrimas estaba reservado para algo mucho más trascendental, que es el descenso del club al que están unidas en la salud y la enfermedad, en la victoria y la derrota.
Desde Eva Perón para aquí, ya no se llora por un político. Evita era para su pueblo como el Celta para las chicas de primera, porque el peronismo, más que movimiento político, se parecía a un equipo con forofos, cuya adhesión se explicaba por razones sentimentales. A medida que la política se hace más moderna, la relación con el fútbol se invierte, y las lágrimas más sinceras se dedican a la pasión deportiva.
Una escena parecida a la de las dos célticas lamentando el descenso, se habrá producido en estadios ingleses, franceses o italianos. No pensemos por tanto que el sollozo es un síntoma de atraso, sino lo contrario. La política no conmueve en ningún sitio democrático; es preciso alejarse para encontrar lugares en los que la gente llore por razones políticas y sea indiferente a la suerte de sus colores futbolísticos.
Galicia no llora por ninguna Evita, pero dos chicas lloraban en una tarde de domingo por la caída de uno de los últimos vestigios celtas del país. Esas lágrimas son un tesoro mayor que el de Rande.
martes, junio 19, 2007
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