jueves, junio 14, 2007

Blanca Sanchez, Casi como Santo Tomás

jueves 14 de junio de 2007
Casi como Santo Tomás
Blanca Sánchez de Haro
C UANDO era pequeña, no sólo de tamaño sino de años, estaba totalmente convencida que de mayor iba a ser misionera pero antes, estudiaría para casada. No se de donde saqué la descalabrada idea de que ser esposa era una carrera universitaria, pero la idea en sí la tenía perfectamente clara. Con mi primer matrimonio a los 18 años y el segundo a los 45 demostré a todo el mundo que mis ideas eran firmes y que persigo mis metas con ahínco y afán hasta llegar a ellas. Si sé perfectamente de donde partía la idea de ser misionera. Siempre tuve enseñanza en centros religiosos y si por mi hubiese sido, hubiera seguido cursado allí mis estudios universitarios a pesar de que llevaba apartada de la fe ya muchos años. No guardo más que buenos recuerdos de mis años de niña en El Apostolado de San Sebastián y de adolescente en Las Siervas de San José de Salamanca. Mis padres eran y son creyentes. De ambos lados me hablaban de Dios desde la alegría, nunca desde el temor al castigo. Nunca fue oscura y trágica mi enseñanza religiosa, bien al contrario. Lo que entonces se llamaba EGB y cuyo ensayo yo estrené como integrante de la primera promoción, lo cursé en el primer colegio citado. Monjas misioneras que repartían las tareas de educar a las alumnas de su centro y de partir, turnándose, a misiones en Sudamérica. Quizá eso les imprimía un carácter abierto, apacible, tolerante y totalmente amable. De la religión nos enseñaban evidentemente su preceptos, sus rezos, el amor de dios, la alegría de Maria, las historias de Fray Escoba y Francisco de Asís. Las obligadas homilías eran cantadas con alegres canciones que ensayábamos durante toda la semana, con poemas y loores recitados y hasta con representaciones teatrales. Los meses de mayo eran una fiesta, nosotras mismas recogíamos las flores del jardín para hacer las ofrendas a la Virgen, preparábamos festivales a los que acudían nuestros padres. Cada principio de curso cuando alguna de las misioneras regresaba para descansar uno o dos años y dedicarse a la enseñanza, nos traía regalos de los niños que teníamos todas allí apadrinados con los céntimos que habíamos ido echando a la hucha del negrito o a la del chinito o a la de… Nos mostraban películas de lo que allí se estaba haciendo, nos hablaban de lo importante que era ayudar y dar valor a lo que aquí teníamos. Podría contar muchas cosas que quizá no vengan del todo al caso, pero sería extenderme demasiado y mi única intención al hacer apuntes sobre la educación religiosa que recibí en el centro de mis primeros años de estudiante, es eliminar por completo la duda de que hubiera asistido a una enseñanza de la religión dura y castrante que me hubiera empujado a rebelarme contra ella ; nada más lejos de la realidad. En mi casa siempre se nos educó en el respeto, no sólo en el que debíamos, sino también en el que teníamos que recibir. Todo era tolerable para mis padres, al menos así lo entendía yo, menos la falta de honestidad. Y como siempre, la mejor forma de aprender es observar el ejemplo. Y ellos eran y son un gran ejemplo de cómo ser una persona honesta. No sé si ellos lo explicaban de la misma forma que yo lo he entendido siempre, pero para mí no se trata de una honestidad a pesar de todo o por encima de todo, se trata de la honestidad con uno mismo en primer caso, con los demás siempre que sea posible, pero con uno mismo como uno de los valores más importantes que siempre vi en ellos y que intento llevar conmigo a través de los años. Está claro que las personas acabamos siendo como nos han educado además de como nos hemos ido educando a nosotros mismos. Dicho esto vuelvo a mis años de niña en los que quería ser “misionera casada”, en los que Dios me parecía un amigo “alegre y joven” como decían nuestros cantos religiosos, donde acudir a las celebraciones religiosas era una emotiva fiesta de participación y de alegría por pensar en que los habitantes del cielo estaban tan cerca de nosotros que yo hasta veía sonreírme por las noches a los angelitos de porcelana que mamá nos tenia sobre la cama. No se cuando empezó todo. Quizá tras tomar mi primera comunión. Entonces no se tomaba la comunión en los centros de enseñanzas o al menos en el mío no, sino en las parroquias. Mi primera comunión, la obligada catequesis fue para mí una total decepción. Se hablaba de Dios con la cara seria y se atribuían infinidad de grandes responsabilidades para con él que yo pensaba ya con esos años, que eran demasiadas para una niña tan pequeña. Aún así supuse que tendría fuerza para llevarlas a cabo. Si me permito un inciso es porque resulta necesario para seguir explicándome. Mi entretenimiento favorito son las personas, es de lo que más he aprendido siempre, de saber de ellas por dentro y encontrar en los demás cosas que entiendo o que si no entiendo me apetece que me expliquen. Por eso en ese preciso momento toda la decepción de ver en el proceso de tomar mi primera comunión con la que estaba tan ilusionada me hizo llegar a la conclusión que como sobre otras cosas, no todas las personas veían o sentían la fe de la misma manera. Y que yo tenía dos referencias magníficas; mi casa, y mi colegio, así que por fuerza los demás estaban equivocados. Pero empecé a tener más de 7 años, y eso me iba haciendo más curiosa, más preguntona si cabe y más deseosa de llegar al fondo de las cosas. Era fácil creer en Dios; tu cometías pecados que sabias de antemano que no debías cometer pero los jueves había confesión, podías borrarlos y empezar de nuevo si realmente te arrepentías, ¿y si te arrepentías porque volvías a cometerlos para volver a borrarlos al siguiente jueves? ¿No era más honesto que te callaras, no dieras guerra a Dios y te ocuparas tú misma de hacer lo que debías?. Implorábamos a Dios para pedirle cosas que otra gente no tenía, mejor nota en los exámenes, que te dejaran salir al cumpleaños de fulanita, que te compraran por reyes esos pantalones de campana tan de moda. ¿Y porque iba Dios a concedértelo a ti y no a cualquier otra persona? Pensar que si querías a Dios y te comportabas según las enseñanzas de Jesucristo, nunca te ocurriría nada malo. Y entonces porque le ocurrían cosas malas a otras personas. Que también querían a Dios. ¿Acaso Dios elegía a quien proteger, no tenia tiempo para todos nosotros que éramos sus hijos? Preguntas infinitas que no si ni como tuvieron unos y otros la santa paciencia de contestarme una y otra vez. Pero eso eran dudas de niña, apenas cumplidos los 8 años las dejé de lado. Solo había cambiado en mí la sensación de que Dios estaba muy ocupado y era mejor que yo, que no tenía grandes problemas, me ocupara de mi propia conciencia, redimiera mis propios pecados, y me responsabilizara de mis actos y mis anhelos sin esperar que Dios hiciera por mí más que por cualquier otra persona. Según mi profesora de religión ya en el último curso de la EGB había entendido perfectamente lo que significaba el “Libre albedrío” aunque siguiera sin entender como María podía dar a luz y seguir siendo virgen y la teoría del Espíritu Santo. Como en el colegio se cansaron de contestar a tanta pregunta, ataqué a mis padres. Personas que han sido siempre directas a la hora de respondernos tuviéramos la edad que tuviéramos ellos a su manera, me dijeron lo mismo que cualquiera me habría dicho; que hay cosas que no se pueden entender, pero que hay que creerlas porque en eso consiste la Fe. Ni imaginaros las vueltas que le di a la idea de una fe abstracta. Durante más de un trimestre me obsesionó la idea de entender que existía el número infinito (cosa que sigo sin comprender) y de la fe era algo abstracto, intangible, inexplicable, y que con eso bastaba para aferrarse a ella. A partir de ese curso el nivel de mis estudios iba siendo cada vez más denso, ciencia, historia, antropología, biología. Fui estudiante atenta y curiosa. Y quizá pensaba demasiado. Me resultaba cada vez más difícil compaginar unas cosas con otras, es decir; lo que podía ver demostrado en un tubo de ensayo, o la disección de una rana o en el resultado exacto de una raíz cuadrada con todo aquello en lo que había que creer ciegamente porque otros lo contaban. Siempre empezaba por ejemplo mis exámenes de historia, “según dice el libro y su autor…” Y los profesores me preguntaban porque hacían eso. Por que es lo que cuenta una persona; puede haberlo interpretado mal, puede tener una opinión parcial, puede querer que creamos lo que no es cierto. Me enrabietaba estudiar estadística, ¿como se podían sacar datos entendidos como reales de un estudio parcial? Discutía sobre antropología; es muy fácil encontrar un hueso y decir que perteneció al primer homo sapiens, ¿quien les va a llevar la contraria?, ¿quien conoció al primer homo sapiens? Ya estudiaba en Salamanca mi bachiller, y profesora de historia me llamaba Blanca St Tomás. Un día me planté en casa y le dije a mi madre: Mamá, yo no creo en Dios. Me miró extrañada, se enfadó un poco. Yo tenía apenas 16 años y a los padres nos parece que los chicos a esa edad no saben muy bien lo que dicen y la mayoría de las veces es cierto. Discutimos de buena manera un rato ya que ella se empeñaba en que cambiaria de opinión y dejaría esas modas de niña “progre” ( ¡joe que palabra¡, entonces significaba otra cosa). Pasaron un par de años y yo seguí con la misma opinión. Una mañana me cepillaba el pelo en el baño y mamá se paró en la puerta. - ¿Porqué no crees en Dios? - Porque no puedo. Me gustaría, pero no puedo. Me pidió que se lo explicara. -Yo no digo que Dios no exista mamá, solo digo que no puedo creerlo, quizá sea menos inteligente que los demás y el resto del mundo pueda comprender algo que no tiene ninguna base tangible ahora mismo, pero yo no lo comprendo mamá. - Pero a Dios eso no le importa. - Ya, a mi si. No puedo ir en contra de mi propia honestidad. Podría incluso mentirle a él y seguir sintiéndome protegida por la fe como cuando era niña, pero aunque lo he intentado lo que consigo es solo mentirme a mi misma. -¿Y ahora que vas a hacer?, dijo mi madre preocupada, ¿de donde vas a sacar la fuerza cuando tengas que hacer luchar en la vida, quien? ¿te va a guiar para saber como debes actuar?, ¿en quien te vas a refugiar cuando estés triste?. -De mis propias fuerzas. Mi propia conciencia. En mí misma y en el cariño que me deis las personas a las pueda tocar. Ahora apenas me quedan un par de meses para tener 46 años sigo pensando de igual de forma. Mi madre está tranquila, sabe que soy igual que sería si tuviese fe. Sigo sin comprender que exista el número infinito pero no me importa admitirlo como verdadero porque no creo que nunca lo necesite para nada No me importaría lo más mínimo que alguien me demostrara la existencia del Dios que yo conocí, lo más mínimo, pero mientras eso no ocurra no renunciaré a la honestidad que intento tener conmigo misma por poner en manos de Dios cosas que yo solo debo resolver. Creer en Dios para necesitarlo no es lo mismo que creer en un simple número. Y si he de ser sincera no encuentro otra razón más que esa necesidad ,para que al ser humano la idea de la existencia de Dios le apetezca. No encuentro más razón que esa, que de alguna forma me parece comodona y egoísta y hasta algo falta de propia responsabilidad moral. Como veis, pensando como pienso, deshonesta sería si mantuviese a toda costa la fe.

No hay comentarios.: