jueves, junio 14, 2007

Ignacio San Miguel, Tres años perdidos

jueves 14 de junio de 2007
Tres años perdidos
Ignacio San Miguel
L A nueva situación política creada por el comunicado terrorista, provoca en los ciudadanos, quién más quién menos, la sensación de que hemos perdido el tiempo inútilmente durante los últimos tres años en la lucha antiterrorista. Tanta palabrería gastada en hablarnos de oportunidad única, contactos, verificaciones, proceso largo duro y difícil, y demás verbalismo vacuo, ha quedado reducido a pura filfa. A desorientación, inexperiencia, voluntarismo terco de adolescente y, al final, rabieta de niño malcriado. Los acercamientos de Rodríguez Zapatero a la banda al tiempo de sus proclamas izquierdistas, radicales, frentepopulistas, sus “memorias históricas”, nuevos Estatutos a demanda, ataques a la Iglesia católica, y demás iniciativas que, aparte de formar parte de sus convicciones, consideraba que eran avales importantes para congraciarse con la banda y atraerla a la legalidad, no han servido para nada, como no sea para recibir el escupitajo de “fascista”, lanzado por sus interlocutores, mucho más fuertes en la actualidad que hace tres años. Esto último, gracias a condescendencias judiciales y policiales con atenuación de la lucha antiterrorista en aras de la reconciliación. No es extraño que en algunas fotos Rodríguez Zapatero parezca próximo a romper a llorar. Y ahora nos dice que va a ser implacable con el terrorismo. Es tarde para actitudes arrogantes, después de tres años de actitudes humildes. No es creíble. Van surgiendo indicios de que al presidente Rodríguez se le empiezan a poner difíciles las cosas en su propio entorno político. Desde hace algún tiempo, van apareciendo críticas en el diario “El País”, buque insignia del imperio mediático que hasta hace poco apoyó a Rodríguez, como, por otra parte, era lógico que hiciese. Y en la entrevista con Gabilondo en la televisión de dicho grupo mediático, se pudieron apreciar varios inquietantes detalles. En primer lugar, el entrevistador tuvo pocas contemplaciones y formuló interpelaciones realmente incómodas. Al presidente se le veía notablemente nervioso. Interrumpió repetidas veces al periodista cuando iniciaba sus preguntas, reanudando una peroración que parecía terminada. No se sabe si lo hacía así para retrasar esas preguntas o porque se le ocurrían nuevas cosas o recordaba otras. Apenas se refirió a la banda terrorista, pero no paró de hablar del partido de la oposición, dando libre curso a un rencor como nunca lo había hecho. Hubo una declaración expresada dos veces que me llamó la atención. En un momento dado, dijo: “He renunciado a la propaganda”, y poco después volvió a repetir estas palabras. Gabilondo no indagó sobre su alcance, aunque creo que debió hacerlo. Sin duda, una pregunta prohibitiva por malintencionada hubiera sido: “¿Ha renunciado usted a la propaganda, o la Propaganda ha renunciado a usted?”, aunque no por prohibitiva hubiese sido menos acertada. Porque, efectivamente, la declaración del presidente parece estar relacionada con la frialdad mediática a que me he referido más arriba. Frialdad que él no ha buscado ni deseado, sino que se ha producido por la manera en que está llevando los asuntos públicos. Consciente de esta situación de frialdad, el presidente hace una declaración que recuerda a la de la zorra que no podía alcanzar las uvas: “No me interesan. Están verdes.” De la misma forma, comprobando que los media no le ayudan ya, el presidente declara: “He renunciado a la propaganda” Sería muy conveniente para la nación que un proceso de defenestración de Rodríguez estuviese en marcha. Porque en estos momentos, más que la sustitución del Partido gobernante por el de la oposición, es urgente el alejamiento del Gobierno del presidente y sus acólitos. El pueblo descansaría si tuviese un gobierno socialista compuesto de personas normales. Es asombroso, si bien se mira, que personas escasamente cualificadas tengan la tremenda pretensión de rehacer España de arriba abajo, promoviendo Estatutos que contrarían la Constitución, pretendiendo rehacer la historia de España según criterios de capricho, reformando sus costumbres morales y religiosas, aspirando a educar a las nuevas generaciones según orientaciones laicistas en las que el componente homosexual es sobresaliente, etc. Y todo ello con una mayoría escasa en el Parlamento, sin consultar a la oposición, sin pulsar la opinión del pueblo, haciendo caso omiso de las numerosas y enormes manifestaciones que en contra de esa política ha habido. Es fantástica la presunción de esta gente, que les permite seguir adelante con sus planes como si no pasara nada, despreciando el parecer de la gente, como si no tuviera valor por el simple hecho de oponerse a su criterio. Desdeñan la necesidad de que transformaciones revolucionarias de este calibre tengan que hacerse con amplio consenso en un régimen democrático. Decía Chesterton que quienes no creen en Dios tienden a sustituirlo con creencias absurdas. El presidente confía ciegamente en algo tan tonto como su buena estrella y sus corazonadas, a pesar de que le están llevando a acumular error tras error. Se equivocó con las elecciones americanas, con las elecciones alemanas, con las elecciones francesas, fracasó con el referéndum sobre la Constitución Europea debido a la bajísima participación y el posterior “no” de Europa, lo mismo le ocurrió con el Estatuto de Autonomía catalán, etcétera. Y sigue confiando en su buena estrella, cuando su fama de gafe se extiende por todo el mundo. Estas personas son incapaces de aprender, porque piensan que lo tienen todo ya sabido, y que es el mundo el que tiene que adaptarse a su “sabiduría”. No es nada extraño que en el Partido Socialista hayan empezado a estar hartos de él y menudeen declaraciones de crítica por parte de antiguos dirigentes como Alfonso Guerra y Felipe González. Efectivamente, en estos momentos el máximo problema de España es su presidente.

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