jueves, junio 14, 2007

Blanca Alvarez, Doña Olga

miercoles 14 de junio de 2007
Doña Olga
BLANCA ÁLVAREZ b.alvarez@diario-elcorreo.com

Escuchar ciertas verdades, en tiempos sin otra ética que el dinero ni otra estética que el poder, puede doler como puñetazos en el estómago. Por eso le agradezco a Olga Sánchez el coraje de atreverse a mencionar la falta de profesionalidad de algunos titulados. ¿Qué pasa, señor Gómez Bermúdez, que le dolió la bofetada? Usted, que consintió chorradas varias, tramas de cuarta dimensión y discursos de tercera regional, no le permite a esta señora, tres años, tres meses y dos días después de una dolorosa, sistemática, seria, reflexiva y tenaz investigación, poner un poco de lucidez en una sala plagada de guiños perversos, risitas, desplantes y majaderías navegando por el éter como miasmas venenosos. Tal vez ha perdido usted la oportunidad de reivindicar algo olvidado por casi todo quisqui: la enseñanza memorística está al alcance incluso de los chimpancés, probado lo han ciertos científicos, ejercer cualquier disciplina con la humana capacidad del raciocinio, el sentimiento de hondura y la emotividad compasiva, eso, señor mío, sólo está al alcance de la especie humana. No de toda, como queda claro.Doña Olga, y el tratamiento una servidora sólo lo utiliza para quienes respeta, ha puesto el dedo y la humana lágrima en la llaga de algo capaz de dar con nuestra civilización al traste: nos falta, en todas las profesiones, formación humana. Nos hemos puesto a licenciar profesionales y no hemos formado personas. Hasta mi gato puede aprender a teclear el ordenador, lo que no puede, el viejo gordo, es escribirme una novela. Que un vendedor me estafe a la hora de comprarme un traje no pasa de ser una anécdota entre listillos. Que un médico, un docente, un magistrado me estafen en su ejercicio profesional atenta contra derechos tan incuestionables como la vida, la dignidad o la libertad.Existen periodistas, que yo conozco y admiro, capaces de jugarse mucho más que un buen sueldo en aras de poner miradas y palabras donde nadie mira. Son la sal de la escamoteada verdad. Existen médicos, también los tengo por amigos, capaces de pasar noches enteras vigilando la evolución de un paciente o estudiando un expediente, o de pasar horas y días suturando desgarros, amputando piernas, extrayendo metralla. Ellos son la mano consoladora de Dios en este desolado mundo. Contamos con maestros -cómo me gusta la palabra- que agotan la paciencia e incluso la salud tratando de convertir a sus alumnos en personas con pensamiento individual y conocimiento colectivo, para que ejerzan como pacificadores de la barbarie. Ellos son la sal de este mundo. Conozco abogados, jueces, fiscales capaces de enfangarse en pozos de miseria para comprender a los delincuentes, incansables luchadores por iluminar con la justicia la cerrazón más oscura de nuestros instintos. Ellos son la luz en las tinieblas.Memos, traidores, cretinos, ambiciosos sin límites Desgraciadamente conviven con los otros, se les ve más y suelen tener mejor prensa y más poder. Es sólo que, en alguna profesión, debería ponerse un cartel que anunciase: No apta para chimpancés avariciosos o enfermos de poder.

No hay comentarios.: