lunes 18 de junio de 2007
Más atención a la universidad
LOS datos sobre las pruebas de selectividad para el acceso a la universidad merecen una seria reflexión. Ante todo, es llamativa la disminución del número de alumnos: desde 1995 en adelante, la cifra de aspirantes baja cerca de 10.000 personas al año, de modo que las previsiones para el curso actual se sitúan en torno a 200.000. Hay, sin duda, razones demográficas, pero si este dato se combina con un incremento imparable de las plazas disponibles el resultado es preocupante: exceso de oferta y demanda decreciente. La situación no puede ser peor para la calidad del producto final. Contamos, en efecto, con una estructura universitaria desmesurada que necesita para sobrevivir captar alumnos sin atender a unas exigencias razonables de calidad. En este contexto, la excelencia es una pura utopía cuando nos referimos a las aulas de nuestra «alma mater», en las que a veces el nivel de los estudiantes se sitúa bajo mínimos. Sin embargo, no es cuestión de cargar las culpas sobre los jóvenes recién ingresados. Los métodos de selección del profesorado no son precisamente los más adecuados y la nueva ley, aparte de la retórica al uso, no garantiza que el rigor y la objetividad se impongan sobre los vicios tantas veces denunciados del amiguismo y el localismo.
Además, los aspirantes a desarrollar una carrera docente dedican buena parte de su tiempo a cumplir requisitos burocráticos que les permitan hacerse un «currículum» basado más en fórmulas cuantitativas que en el nivel de la docencia y la investigación. El desengaño de muchos jóvenes valiosos y el escepticismo de los veteranos configuran un panorama poco atractivo que, sin dramatismo ni exageración alguna, conduce a muchos centros universitarios a una vida lánguida en la que se trata de ganar un título que permita -mejor o peor- acceder al mercado laboral.
En España hay 71 universidades, de ellas 48 públicas y 23 privadas. Algunas cuentan con infraestructuras muy limitadas y su creación obedece a razones de política territorial más que a necesidades científicas. Lo inteligente sería buscar la especialización en algunos títulos concretos, dirigiendo hacia ellos a los mejores profesores y alumnos. No obstante, lo habitual es que la oferta sea repetitiva y sin perfil propio, a lo que se añade un localismo sorprendente: en la era de la globalización, el 90 por ciento de los universitarios españoles no sale fuera de su comunidad autónoma para cursar estudios. También la endogamia del profesorado alcanza dimensiones incomprensibles en una sociedad abierta y dinámica. Salvo en Medicina y otras ciencias de la salud, Arquitectura y algunas ingenierías, el listón que supone la selectividad es fácilmente superable, de manera que la posibilidad de elegir carrera es ya una práctica normal. Lo más grave es que, en muchos casos, acceden a la universidad alumnos con una formación deficiente, puesto que las pruebas se han convertido casi en un puro trámite y ofrecen un altísimo porcentaje de aprobados.
Un país desarrollado y con ambición de jugar fuerte en la política y en la economía internacional necesita una universidad sólida. Enseñanza de buen nivel e investigación de altura son requisitos imprescindibles para no caer en la rutina, la mediocridad o la desilusión colectiva. Con las excepciones de rigor, nuestros centros universitarios tienen que dar un paso al frente en busca de la excelencia y, en algún caso, de la pura dignidad. Quienes ocupan ahora estas aulas serán dentro de poco integrantes de las élites políticas, profesionales y empresariales que van a regir la sociedad, de manera que su preparación debe estar a la altura de las circunstancias. El PSOE debería ser particularmente consciente de que practicar un falso igualitarismo perjudica sobre todo a los sectores sociales menos favorecidos, cuyos hijos no pueden adquirir la formación de buen nivel que se imparte en algunos centros de alto coste en España o en el extranjero. El presente y el futuro de la universidad merecen un serio análisis por parte de una sociedad que debe primar el mérito y el trabajo bien hecho sobre el optimismo estadístico basado en el número de personas con título superior, de centros docentes o de profesores habilitados. El problema no es el número, sino la calidad.
lunes, junio 18, 2007
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