lunes 18 de junio de 2007
Mitos arrumbados
Se cumple este año el octavo centenario del Poema de Mío Cid, según la datación más fiable del manuscrito de Per Abbat, en medio de un ominoso silencio gubernativo que contrasta con la vorágine de fastos que propició la conmemoración del quinto centenario del Quijote. Ciertamente, el Poema de Mío Cid no posee la proyección universal de la novela de Cervantes; pero su carácter de obra fundacional de nuestra literatura, así como la condición mítica del personaje que la protagoniza, hubiese requerido un homenaje menos tibio o vergonzante. Diríase que existiese una consigna de índole política que aconseja arrumbar al Cid en el desván de los cachivaches molestos: su figura parece irreconciliable con esa entelequia delicuescente llamada (las mayúsculas que no falten) Alianza de Civilizaciones; y, además, se le considera un personaje que desprende un fétido tufillo franquista. Ambas caracterizaciones delatan la despepitada ignorancia de nuestros políticos: es cierto que Rodrigo Díaz de Vivar fue utilizado por el franquismo como emblema de extintas glorias y usufructuado con pretensiones triunfalistas, pero no es menos cierto que los exiliados republicanos lo erigieron en el símbolo por excelencia de su infortunio; y tampoco debemos olvidar que el sobrenombre de Cid le fue adjudicado por los mismos caudillos musulmanes a quienes se enfrentó (y a quienes tal vez prestó en alguna ocasión su espada, si aceptamos ciertas versiones que identifican al personaje histórico con un mercenario no demasiado escrupuloso). Otros personajes como Isabel la Católica ya habían merecido el silencio desdeñoso de nuestras autoridades por sinrazones similares. Pero quizá la condena a las tinieblas del Cid resulte incluso más triste y oprobiosa, por tratarse de un personaje de naturaleza más mítica que propiamente histórica (o, en todo caso, su historicidad no está a la altura de su proyección mítica). En las sociedades sanas, los mitos actúan como argamasa de unión; ninguna sociedad sana se avergüenza de sus mitos, porque sería tanto como avergonzarse de sí misma. No importa tanto que el mito encarne valores de épocas pretéritas; importa sobre todo que su vigencia sirva como medida de la capacidad social para asumir su propia historia, su propia identidad. Así, por ejemplo, resultaría impensable que los franceses se avergonzasen de Juana de Arco, por mucho que la Doncella de Orleáns represente valores que podrían resultar incongruentes con los que preconiza una república laica. Los franceses saben que Juana de Arco encarna el espíritu francés, o siquiera una versión idealizada del espíritu francés en la que les gusta verse reflejados; y con eso les basta. Resulta paradójico que un personaje mítico como el Cid, que logró sobrevivir incluso a la división cruenta propiciada por la Guerra Civil, acompañando en su trágico destierro a los derrotados (en lo cual se demuestra que los mitos trascienden la coyuntura histórica), se haya convertido en la España democrática en una suerte de apestado que conviene mantener en cuarentena. Y la paradoja nos invita a reflexionar sobre cierta anomalía intrínsecamente española. Platón sabía que los mitos son el cimiento sobre el que se asienta la posibilidad de un discurso racional. No existe logos sin mithos, nos viene a decir Platón; de ahí que las grandes formulaciones de su filosofía se asienten sobre mitos imperecederos, mitos que quedan sugestivamente impresionados en nuestra memoria. Creo que en la relación patológica que los españoles de nuestra época mantenemos con nuestros mitos se halla la explicación de nuestra incapacidad para entendernos. Arrumbados los mitos en el desván de los cachivaches molestos, nuestro logos queda cercenado o maltrecho, huérfano de ese cimiento que actúa como levadura de la comprensión. Sólo en una sociedad insana llega a discutirse si enarbolar una bandera nacional resulta un «acto de apropiación» partidista; sólo en una sociedad insana el patriotismo se considera un síntoma de adscripción a tal o cual bandería política; sólo una sociedad insana puede llegar a avergonzarse de sus mitos. La figura del Cid, que acompañó a la España del éxodo y del llanto, vuelve a interpelarnos a los españoles de hogaño con aquella frase que los burgaleses dedicaron al héroe desterrado: «Dios, qué buen vasallo si hubiese buen señor».
domingo, junio 17, 2007
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario