martes, junio 12, 2007

Manuel de Prada, A las maduras

martes 12 de junio de 2007
A las maduras

Hace unos días asistí a una conferencia de Alberto Ruiz-Gallardón. Desde hace muchos años, siento una fascinación de índole literaria por este político, seguramente el más dotado de sus contemporáneos y desde luego el único entre los españoles que podría protagonizar una novela bigger than life, al estilo de aquella que escribió el americano Robert Penn Warren, Todos los hombres del rey. En sus éxitos y en sus descalabros, Gallardón aparece siempre envuelto en una aureola de fascinación irresistible, con sus ribetes de desmesura y ambición trágica. Hay en él un apetito de victoria y una audacia que los mediocres no soportan; y toda su andadura política y vital podría resumirse en una tensión entre ese apetito indomeñable y los esfuerzos desesperados de los mediocres por torcer su designio. Gallardón tiene algo del arquitecto Roark de El manantial y algo de criatura shakespeariana; tan poderosa personalidad crea en su derredor un campo magnético o torbellino al que resulta casi imposible sustraerse. Pero no es el motivo de este artículo trazar una etopeya de Gallardón, que me reservo para una novela que escriba en la senectud. Su figura me servirá como excusa para una reflexión de otra índole. Gallardón acababa de ganar las elecciones a la Alcaldía de Madrid del modo apabullante que ustedes conocen. Estaba en la apoteosis de su éxito, quizá el más determinante de su carrera, tan agitada de sobresaltos. Aquel día todos los asistentes a la conferencia querían participar de esa apoteosis, querían beber de esa luz dulcísima que derrama el triunfador: eran como polillas que revolotean en torno a una llama, dispuestas a quemarse las alas con tal de fundirse en su fulgor. Todos lo cortejaban, lo halagaban con sus parabienes, se fundían con él en abrazos efusivos, lo miraban con trémula reverencia, se disputaban la limosna de sus palabras, que tenían el poder de incantación de los sortilegios. Ahora narro aquella escena adoptando la perspectiva del espectador, aunque supongo que yo también estaba subyugado por la proximidad de aquel hombre que encarnaba la embriaguez del éxito. Como soy propenso a la melancolía, no tardé sin embargo en zambullirme en meditaciones de otra índole. Imaginé por un segundo que Gallardón hubiese perdido las elecciones; imaginé su soledad mohína, encerrado en un despacho del que han desertado las secretarias, un despacho abrumado de expedientes municipales que de repente adquieren la tristeza irredenta y exhausta de papeletas de desahucio. Imaginé su teléfono antaño trepidante de llamadas atrincherado en un silencio hosco; imaginé a Gallardón esperando una llamada que le aliviase el peso de la derrota, esa llamada de los aduladores de antaño que nunca llega, imaginé a sus espaldas un ventanal sobre el que se derrumbaba el crepúsculo, un crepúsculo de una lividez acongojante. Seguramente, Gallardón ni siquiera habrá tenido que imaginarse una escena parecida: en alguna ocasión ya habrá probado en sus propias carnes la deserción de los arrimadizos que acuden en enjambre al calor del éxito y huyen en desbandada cuando se abate sobre nosotros la derrota. Así de triste es la condición humana: los mismos que aclamaron con palmas y laureles al Nazareno en su entrada triunfal en Jerusalén lo dejaron solo en su ascenso al Gólgota. Quienes hemos saboreado en alguna ocasión las mieles del éxito, aunque sólo sea con la punta de la lengua, sabemos que ‘a las maduras’ florecen los amigos como los hongos en una tarde lluviosa; sabemos también que, cuando el dulzor de ese éxito se extingue, quedamos solos, respaldados únicamente por unos pocos amigos numantinos que nos prueban su lealtad ‘a las duras’. Es cierto que la constancia de esos pocos fieles nos resarce con creces de la deserción de los inconstantes que sólo querían sacar tajada de una coyuntura favorable; es cierto que ya anticipábamos su deserción, pero ¡es tan desmoralizador comprobar que estamos hechos de una pasta tan deleznable! Creo que mientras imaginaba a Gallardón abandonado de quienes se disputan la pitanza del éxito mientras dura, estaba en realidad contemplando mi propia vida. El hombre, escribió Gracián, nace engañado y muere desengañado. A mí me ha alcanzado el desengaño mucho antes que la muerte; y vivir con esa certeza me araña y desconsuela.

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