jueves, junio 07, 2007

El peso de la realidad

viernes 8 de junio de 2007
El peso de la realidad

El gran motor de ETA, común a todo grupo terrorista, es sembrar el miedo, extender la amenaza y crear un clima de inseguridad que atenace a la sociedad y la haga claudicar. Durante su ya larga y terrible historia, la banda ha variado sus objetivos, en una macabra selección destinada, siempre, a debilitar la resistencia a su proyecto criminal. En su último anuncio de fin del alto el fuego, ETA ha ampliado su amenaza explícitamente al PNV, introduciendo en su catálogo de potenciales víctimas al cuadro más numeroso de electos del país. Una 'zona nacionalista', tradicionalmente preservada, que ya ha padecido en los últimos meses los azotes de una violencia aplicada con anterioridad a socialistas y populares. Ayer mismo, el consejero de Interior reconocía que su departamento se plantea la posibilidad de extender el servicio de escolta a ediles y junteros del PNV. Se trata, sin duda, de un salto cualitativo y cuantitativo, que vuelve todavía más elocuente lo que ha sido una evidencia durante años, la dificultad que han tenido muchas formaciones políticas para realizar su labor y el desprecio de la banda por la representación ciudadana e institucional. Y supondrá, sin duda, no sólo un cambio en la vida de muchos electos y de sus familias, sino una alteración profunda en la propia percepción que la sociedad vasca tiene de sí misma. Cuando Josu Jon Imaz accedió a la presidencia del EBB, declaró que los afiliados del PNV se convertirían en «un auténtico ejército de solidaridad activa» para con los amenazados. Hoy, integran esa legión de señalados por ETA como enemigos a eliminar. Y Euskadi vive la anormalidad de tener a la inmensa mayoría de su clase política en el punto de mira del terror.Ayer, dos días después de que la banda informara de su vuelta a los atentados, el lehendakari realizó una declaración institucional, irreprochable en su condena y desprecio de la violencia, pero preocupante por su resistencia a asumir en toda su crudeza la realidad de los hechos. Seguir hablando de diálogo, cuando esa palabra se ha convertido en el fetiche de la izquierda abertzale y de la propia ETA, y tiene, además, un efecto demoledor sobre la deseada cohesión política y social; y trasladar de nuevo a la ciudadanía la responsabilidad de afrontar la pelea, pero sin movilizarla ni liderarla con propuestas claras y unitarias, son actitudes poco acordes con los tiempos que se avecinan y que, además, pueden alentar en la sociedad una peligrosa sensación de resignación. Desde hace dos días, como señaló ayer el propio presidente del PNV, miles de ciudadanos se levantan con la amenaza del tiro en la nuca. Y entre ellos están los propios miembros del Partido Nacionalista vasco, puestos en la diana como parte de esa aberrante pretensión de ETA de 'socializar el sufrimiento'. Y ante semejante desprecio a la vida, la reacción debe ser clara, firme y sin fisuras y, a poder ser, multitudinaria.

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