miércoles, julio 25, 2007

Un colapso inexplicalble

miercoles 25 de julio de 2007
Un colapso inexplicable
NINGUNA gran ciudad está inmunizada frente al riesgo de un apagón, de la rotura de una tubería o de los efectos de un temporal. Incluso el hecho mismo de serlo hace que los efectos de un episodio de este tipo se multipliquen. Ahora bien, los gobiernos locales están para prevenir estas contingencias y poner los medios adecuados para repararlas. Por eso, lo que diferencia a una urbe bien gestionada de otra que no lo está es la capacidad de los servicios públicos para restaurar lo antes posible la normalidad ciudadana. Barcelona vivió el lunes un caos producido por un corte en el suministro eléctrico, causado, a su vez, por la caída de un cable de distribución, lo que produjo un efecto en cadena sobre una parte importante de la capital catalana. Unos 300.000 vecinos se vieron directamente afectados. Ayer aún había 80.000 vecinos sin suministro eléctrico. Las pérdidas para el comercio y las empresas son multimillonarias, los hospitales vieron alterados sus servicios y la atención a los pacientes y la circulación de vehículos sin ordenación de semáforos fue una aventura de alto riesgo.
En la noche del lunes, miles de barceloneses se echaron a la calle para protestar con sonoras caceroladas contra la ineficaz respuesta de los poderes públicos y de la empresa responsable. Fue una protesta de indignación por el colapso de una ciudad, como Barcelona, a causa de la caída de un cable alta tensión. Habrá explicaciones técnicas, quizá, para esta relación de causalidad, pero a la inmensa mayoría de los ciudadanos les costará creer que, en pleno siglo XXI, una ciudad moderna y desarrollada pueda ser tan vulnerable y estar tan desprovista de recursos para reaccionar con rapidez. Y, como no es la primera vez que sucede un acontecimiento que muestra las carencias de Barcelona, la indignación ciudadana tuvo más connotaciones, porque muchos vecinos no olvidan el desastre del barrio del Carmelo, ni los continuos problemas en la red de Cercanías, ni los bloqueos de carreteras cada vez que se produce una nevada, ni los fallos en el despliegue de la Policía autonómica. Ahí están las causas del desafecto de la mayoría de catalanes por su clase política, la más autocomplaciente de España, expresada hasta la saciedad en los comicios a los que son convocados mediante una abstención endémica. El victimismo nacionalista frente a Madrid sobra por completo, aunque algunos ya han recurrido para hacer saldos en interés propio de lo que aporta y lo que recibe Cataluña. La situación vivida en Barcelona refleja un grave problema de gestión de los recursos públicos y una urgente necesidad de fijar nuevas prioridades en una comunidad monopolizada por un inagotable discurso nacionalista, en detrimento de la atención a las necesidades de la vida cotidiana. La descentralización del Estado no sólo transfiere poder político, dinero y competencias: también incluye las responsabilidades políticas por la forma en que estos recursos se emplean, y todo va en el mismo lote, aunque sea habitual ver cómo ciertos gobiernos autonómicos aplican con soltura la ley del embudo para quedarse con el poder político y no dar cuenta de cómo lo ejerce.

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