miercoles 25 de julio de 2007
Enterrar a los muertos Patxi Andión
La sociedad civil se pregunta por las cosas que le atañen mientras vive; es lógico, el empeño en respirar es la principal preocupación del hombre, nada más y nada menos que trece veces por minuto. Además, para el individuo, los demás existen mientras él los capta, y ya se sabe que a pesar de los cantos de sirena con que la fe, la que sea, nos ha tentado desde siempre, hasta ahora, nadie nos asegura que sigamos usando las entendederas después que nos hayamos ido al hoyo. El hombre vivo es el hombre, el resto, su cadáver.
Pero es verdad que todos los tiempos históricos han acogido y, según nos vayamos más hacia atrás, más aún, un culto funerario. De hecho, una de las características de “humanidad” para el estudio paleoantropológico de los restos de otros seres es precisamente la presencia o no de alguna forma de enterrar a sus muertos, aunque físicamente no sea tal cual.
En todas las confrontaciones bélicas, en todos los tiempos, todos los contendientes han interrumpido su sanguina y se han concedido tiempo mutuo para retirar a sus heridos y enterrar a sus muertos, salvo quizá los mongoles, que preferían amontonarlos para cabalgar sobre ellos y acceder mejor a las murallas defensivas. Todos los bandos, repito, se han concedido ese tiempo preciso para el despojos de sus congéneres. Porque todas las civilizaciones han cuidado de sus deudos en su último tránsito, algunas con más o menos boato y otras más desapercibidamente, pero, con música o sin ella: un entierro es un entierro.
En estos días me han llamado la atención tres sucedidos catafalquitos, los tres han removido mis entrañas con saña y empeño y de los tres tendré que recuperar heridas.
El primero de ellos, porque la frase leída da que pensar sobre los otros dos. Hablando de los últimos descubrimientos en la tumba del primer emperador de China que guardan los famosos guerreros de terracota, se dice que a los muertos hay que corresponderles en su entierro con lo que tuvieron en vida, de ahí que se sospechen grandes tesoros escondidos en dicho túmulo.
El segundo ha sido el entierro de Jesús de Polanco, en el que todos nos hemos dado cita bajo la sombra del recuerdo de un hombre que hizo de la consideración a los otros una forma de vida. Anduve por allí agazapado tras las cruces mientras los bandos se concedían el tiempo preciso y naturalmente me vino de nuevo la frase china. Los restos de Polanco tuvieron lo que tuvo su vida, la consideración mayor.
No es así con el tercer suceso tumultuario, otro luchador por la libertad, y que ilustra de qué manera la sociedad civil se apiada de sus muertos. Un cura mandó enterrar al maqui Inocencio Pereda, “Ino”, en la misma puerta del cementerio de su pueblo, de forma que así todo el que acudiera allí a respetar a sus difuntos, quisiera o no, pisara, sin saberlo, el cadáver del luchador. Sus deudos han conseguido desenterrar sus restos y ponerlos a salvo de la pisada humana, por decir algo. Después de casi setenta años transcurridos en los que ha servido de felpudo infame.
La realidad nos sorprende continuamente dejando a la ficción el papel de palmero de la vida. Los muertos nos dejan sus restos en cada tiempo y circunstancia histórica y de la conciencia colectiva depende que su despedida sea en loor de multitud pero sin cruz, defendido por ingentes ejércitos o dispuesto para la infamia.
Las heridas compiten por cerrarse, mientras la sangre siempre fluye al margen. Julio
miércoles, julio 25, 2007
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