miercoles 25 de julio de 2007
Órdagos electoralistas Lorenzo Contreras
Por el aspecto que toman las cosas, ésta que vivimos puede ser la campaña electoral más larga de la democracia surgida en España tras la muerte de Franco. Campaña electoral de unos ocho meses con casi todas las características de las “reglamentarias”. No pasa semana ni casi día que no conozca alguna sonada promesa de algún político aspirante a ganar las elecciones o a situarse bien dentro del escalafón. No parece sino que las urnas se van a abrir de un momento a otro. Y ello a pesar de que ya es seguro que las elecciones no serán adelantadas. Lo ha anunciado el propio Zapatero, y eso es bastante para tener la certeza. Todos sabemos que ZP es hombre de palabra, menos, naturalmente, cuando le toca incumplirla por razones de causa mayor.
El caso es que las promesas electorales programáticas del Gobierno zapateril han conocido un avance en su anuncio, acompañadas de decisiones que, como el asunto de los premios de natalidad, entre otras novedades, tienden a demostrar la aparente seguridad que el presidente deposita en la victoria de marzo. Tal vez el hecho de que haya modificado la composición de su gabinete ministerial es la suprema garantía de que los mimbres para el cesto de la victoria están ya escogidos y comprometidos.
La recomposición del Gobierno apenas causó sorpresa por los nombres que Zapatero seleccionó para el tramo final de su primer mandato. En realidad, la única sorpresa vino dada por el nombramiento del científico Bernat Soria como ministro de Sanidad. El más razonable análisis sobre esta sorpresa se ha registrado en una publicación dedicada a la divulgación temática de las artes. Me refiero al semanal El Punto, donde su director, José Pérez–Guerra, ha comentado que el nombre de Bernat Soria ha representado un “golpe de efecto”, porque entre sus cometidos ministeriales no figurará la investigación sobre biología molecular, que ha sido y es la especialidad que cimenta su fama, sino, curiosamente, “la coordinación de una Sanidad transferida a otras administraciones”, una misión que, dice el comentarista, “es más labor de un político de despacho que de un experto en laboratorio”.
Con esta promesa, Zapatero demuestra su instinto vendedor de efectos políticos. Ya no le gana en este empeño ni siquiera el muy sorprendido Josu Jon Imaz, el dirigente nacionalista que ha saboteado prácticamente el Plan Ibarretxe como proyecto susceptible de ser administrado por cuenta y riesgo de las instituciones vascas frente al Congreso de los Diputados. Nada de referéndum. Cabe imaginar la sublevación que habrá ocasionado en el núcleo veterano del nacionalismo que todavía representan Arzalluz y Joseba Egibar. Arzalluz ya marcó en su día el primer gesto de autoridad interna cuando desde la capitanía del PNV, donde ahora manda Imaz, decapitó políticamente a Carlos Garaicoetxea. Un día, no hace mucho, Arzalluz me confesó durante una comida con periodistas que lo liquidó “porque Garaicoetxea quería quedarse con el partido”. Quedarse con el partido extendiendo a la organización su autoridad de lehendakari. No lo permitió el “ayatolá” nacionalista, del mismo modo que ahora Imaz no tolera las aventuras de Ibarretxe. En Gara se publicó hace pocos días esta consideración: “El sector que representa a Imaz no tiene dudas sobre la relación que debe establecerse entre Euskal Herria y el Estado español, y ésa es una lección que no hay que olvidar. Lo que está por aclarar es si la militancia del PNV apuesta por esa vía del ‘autogobierno’ complaciente con los dictados de Madrid…”.
No parece que ése sea el horizonte. Ibarretxe, en línea con la tendencia a las promesas anticipadas a las urnas, ya habla de novedades espectaculares cuya naturaleza no aclara. Estamos en tiempo de órdagos. Nada más vasco que eso.
miércoles, julio 25, 2007
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