miercoles 25 de julio de 2007
UNA VERDAD INCONVENIENTE SOBRE EL MOVIMIENTO ECOLOGISTA
La prohibición del DDT es un crimen contra la Humanidad
Por Thompsom Ayodele
Más de 300 millones de africanos sufren de malaria, y más de un millón de nuestros niños mueren cada año a causa de esa enfermedad. Últimamente, los ecologistas andan celebrando, en los países que no padecen semejante lacra, el centenario de Rachel Carson, cuya Primavera silenciosa promovió el activismo que exhortaba a la prohibición mundial del DDT.
Hubo un tiempo en que la malaria mataba a cientos de estadounidenses cada año; en Nueva Jersey y California, en la Florida y Luisiana, en Michigan y Alaska. Hasta la década de los 30, la malaria suponía un formidable obstáculo para la producción industrial del sur del país.
Los zancudos transmisores de la malaria asolaron Europa durante siglos. Aniquilaron ejércitos enteros desde los tiempos de Alejandro Magno hasta la Segunda Guerra Mundial. Fue entonces que se se comenzó a fumigar a los soldados con DDT.
El DDT acabó con la malaria en Estados Unidos (1952) y en Europa (1961), donde asimismo puso punto final a una epidemia de tifus. Por lo demás, fue empleado, a menudo sin cuidado y en exceso, para proteger las cosechas de los embates de los insectos.
Y en esto que llegaron Rachel Carson y el naciente movimiento ecologista. Denunciaron que el célebre repelente e insecticida se estaba acumulando en los cuerpos de la gente y los animales, y que las consecuencias de ello serían devastadoras. En vez de acometer investigaciones científicas para saber si el DDT era dañino, lanzaron una vasta campaña mundial. Finalmente, consiguieron que se dejara de usar el DDT en todo el planeta.
La prohibición no afectó en nada a estadounidenses y europeos, ya que para entonces la malaria había desaparecido de sus países. Sigue sin afectarles ahora, ya que cuando viajan a África se hospedan en lujosos y modernos hoteles y no suelen visitar los hospitales ni los hogares de las víctimas de esa terrible enfermedad, por lo que no ven el sufrimiento de tantos millones de pobres, cuyo bienestar dicen defender.
Así las cosas, África se ha convertido en un ara sacrificial, un lugar donde el ecologismo exige que se combata al principal asesino de nuestros hijos única y exclusivamente con medios políticamente correctos, como los mosquiteros. La prohibición del DDT es un crimen contra la humanidad que permite que 300 millones de hombres, mujeres y niños sufran anualmente de malaria.
Hoy en día, 65 años después de que el DDT fuera por primera vez utilizado para controlar la malaria, ninguna otra sustancia es tan efectiva ni tan barata para combatir las enfermedades transmitidas por los mosquitos. No hay tampoco prueba alguna de que su uso responsable sea perjudicial. Por ello, cientos de médicos, sacerdotes y defensores de los derechos humanos exigen que se pueda volver a ser utilizar. Por fin, la Organización Mundial de la Salud y USAID están escuchando ese clamor y permitiendo que se fumigue en el interior de las viviendas.
En Sudráfica, el empleo del DDT ha reducido un 80% los casos de malaria en 18 meses, sin que se haya registrado consecuencia negativa alguna para el medioambiente. Otros países del Continente Negro están siendo testigos de experiencias similares. Pues bien, en Europa amenazan a los países que están recurriendo al DDT para salvar vidas con la suspensión de importaciones y la imposición de otras sanciones.
Los organismos de ayuda internacional rehúsan apoyar a los países que utilizan el DDT, pero prometen mosquiteros que nunca llegan y vacunas que tardarán años en aparecer. Mientras tanto, los activistas del movimiento ecologista siguen mintiendo descaradamente respecto al DDT y asustando a la gente con futuros desastres.
© AIPE
THOMPSOM AYODELE, director de la Initiative for Public Health Analysis (Nigeria).
Primavera silenciosa
Rachel Carlson o el triunfo de la Malaria
Gorka Echevarría
Recientemente se ha reeditado una de las biblias del ecologismo: Primavera Silenciosa de Rachel Carlson (Editorial Debate).En este libro de 1962, Carlson advertía del desastre ecológico que producirían la lluvia ácida y el DDT, al que culpaba de estar matando a los halcones y otras aves. Gracias a sus recomendaciones, la Agencia de Protección Medioambiental de los EEUU prohibía el DDT.El mensaje apocalíptico de Carlson caló hondo no sólo en EEUU sino también en Europa, donde quizá párrafos como este convirtieron a muchos al ecologismo: “Algún hechizo malévolo se había asentado en la comunidad. Misteriosas enfermedades habían barrido con bandadas de gallinas. El ganado y las ovejas se enfermaban y morían. Por todos lados se extendía la sombra de la muerte. Los granjeros hablaban de muchas enfermedades entre sus familias(...) En los desagües, bajo los aleros de los techos, se podía ver que un blanco polvo granular formaba todavía algunos machones; algunas semanas antes había caído como nieve sobre los techos y los jardines, los campos y los arroyos”. El polvo blanco era el DDT.Según Mónica Fernández-Aceytuno en el semanal de ABC, “Rachel Carlson nos regaló verdaderas maravillas con sus primeros trabajos, y expresó como nadie el desastre de la contaminación en los últimos. Y, sin embargo, aún hoy veo caer, como la nieve, venenos por los campos. No queda más remedio que seguir contando la belleza de la vida”.Preciosas palabras que obvian las desastrosas consecuencias que las ideas de Carlson han engendrado. Veámoslas. La prohibición del DDT en 1972 en los Estados Unidos provocó una reducción de la producción mundial de DDT y un desabastecimiento en los países del tercer mundo. Hoy por hoy, al menos de 1 a 2 millones de personas continúan muriendo de Malaria cada año. Se han perdido de 30 a 60 millones de vidas desde entonces. Conviene recordar que sólo el DDT podía frenar el avance de la malaria por su efectividad y bajo coste, resultando valiosísimo en los países más pobres del planeta. Carlson debió quedarse muy satisfecha alarmando de un peligro inexistente y que nunca probó científicamente.La inconsistencia de sus argumentos queda probada cuando se cuenta que, por ejemplo, el ingeniero Joseph Jacobs, quien durante la Segunda Guerra Mundial se encargó de la producción industrial del DDT, fue cubierto de dicho producto al reventar las válvulas de las máquinas que lo producían. Más de 500 libras de DDT sobre Jacobs no tuvieron ninguna repercusión en su salud. Pero gracias a este hombre, subraya Carlos Ball, 5.000 soldados americanos se libraron de contraer la fiebre tifoidea. Como diría el entomólogo de UCLA, Walter Ebeling, “ningún otro compuesto, ni siquiera la penicilina, ha salvado tantas vidas”. En el año 2000, la Organización Mundial de la Salud publicaba un texto en el que se expresaba “la profunda preocupación de los estados miembros (aquellos que participaban en el evento) por las posibles repercusiones económicas y sobre la salud de cualquier restricción al uso del DDT para controlar la malaria”. Y es se han producido rebrotes de malaria en Corea, Armenia, Azerbaiján, Tajikistan, Sri Lanka etc. Con el uso del DDT en Sri Lanka se pasó de 2,8 millones de casos de malaria y 7.300 muertes a 17 casos anuales y ningún muerto. Cuando se dejó de emplear, en 1961, la malaria aumentó a 500.000 casos en 1969.Por otra parte, la insistencia de Carlson en que “todo ser humano tiene contacto con sustancias peligrosas desde la concepción hasta la muerte” le impidió señalar que la inmensa mayoría de las sustancias a las que estamos expuestos son naturales y cualquier sustancias es peligrosa cuando rebasa cierta cantidad, tal y como cancerólogos de la talla de Bruce Ames y Lois Gold han observado. Según estos expertos hasta el 99,99% de los plaguicidas que ingerimos son sustancias que las plantas contienen de manera natural para protegerse contra los insectos y otros depredadores. Por ejemplo, el pan blanco contiene furfural y muchas verduras ácido cafeico, elementos cancerígenos naturales. No obstante, no vamos a dejar de ingerir estos alimentos, ya que como aseguran estos expertos, “las enzimas defensivas del organismo humano son tan eficaces contra los productos químicos naturales como contra los sintéticos”.En cuanto al problema del aumento del cáncer en los seres humanos debida, según Carlson al DDT y otros pesticidas, Ames indica que ha descendido la incidencia de los diversos tipos de cánceres ostensiblemente mientras que sólo los cánceres relacionados con el tabaquismo han experimentado un incremento. En 1996, la revista Scientific American publicaba que de todas las muertes de cáncer en Estados Unidos, sólo alrededor del dos por ciento son atribuibles a la contaminación. Como subraya Ronald Bailey, experto en temas medioambientales, “la falta de ejercicio produce más casos de la enfermedad”.Mientras que haya personas que jaleen teorías erróneas y con consecuencias mortales como las de Carlson, la humanidad está en peligro. El ecologismo ha sido y sigue siendo culpable de inventar males y de exagerar otros acientíficamente.Desgraciadamente, todavía los libros de Julian Simon, Bjorn Lomborg, Fred Singer y Patrick Michaels no son bestsellers como Primavera Silenciosa (con la excepción de The Skeptical Enviromentalist de Lomborg, cuyo éxito de ventas está superando las expectativas). La prueba es que la malaria continúa siendo una de las principales causas de mortalidad en el mundo.
Centenario de Rachel Carson
Sufriendo en silencio
Katherine Mangu-Ward
El DDT sigue siendo la más barata y poderosa herramienta contra la malaria. Si se empleara para fumigar el interior de las viviendas no podría afectar a los ecosistemas, pero salvaría las vidas de millones de personas en los países más pobres del mundo.
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En mayo se cumplen 100 años del nacimiento de Rachel Carson, quien con la publicación en 1962 de su famoso libro La primavera silenciosa (Silent Spring) comenzó el desprestigio del exitoso Programa Global de Erradicación de la Malaria, que empleaba DDT. Ese programa había logrado erradicar la malaria en el sur de Estados Unidos, varios países latinoamericanos, Taiwán, los Balcanes, gran parte del Caribe, Australia, el Pacífico Sur y el norte de Africa.
El periódico Christian Science Monitor recientemente se refirió a Al Gore como "el Rachel Carson del calentamiento global"; no existe mayor alabanza que esa en el mundo de los ecologistas. El libro recién publicado Valentía para la Tierra está dedicado en su integridad a elogiar la obra de Carson, que está considerada como una santa por los verdes. La revista Times la incluyó en su lista de las 100 personas más importantes del siglo.
Cuando hay tantos que hablan maravillas de Rachel Carson, bien merece la pena examinar su legado. Indudablemente, La primavera silenciosa cambió al mundo. En ese libro escribió: "Un arma tan cruel como la del club de los cavernícolas, la andanada de productos químicos ha sido lanzada contra el tejido de la vida". Su libro condenaba el uso de insecticidas como el DDT, acusándolos de ser destructores de ecosistemas y de amenazar la salud de la gente.
Hasta entonces, el DDT se utilizaba en las haciendas de Estados Unidos y desde la Segunda Guerra Mundial se había comprobado su efectividad a la hora de acabar con las enfermedades transmitidas por insectos, pero Carson simplemente ignoró los hechos. Varias de las anécdotas de Carson sobre el DDT y el cáncer resultaron ser falsas, pero en Estados Unidos se prohibió el uso del DDT en 1972. En 2001, el tratado internacional firmado durante la Convención de Estocolmo prohibió el DDT y otros once productos químicos utilizados en la agricultura, aunque algunas excepciones se hicieron en el documento final, a las cuales se opusieron dramáticamente Greenpeace y más de trescientas organizaciones ambientalistas.
El resultado es que actualmente, según la Organización Mundial de la Salud, cada año se producen entre 300 y 500 millones de casos de malaria y un millón de muertos. Alrededor del 80% de los fallecidos son niños, la gran mayoría de los cuales se hubieran salvado con fumigaciones de DDT.
A Carson no la podemos culpar directamente por todas esas muertes, ya que en su libro decía: "Como consejo práctico, fumigue tan poco como pueda y no hasta el límite de su capacidad". Pero, lamentablemente, estaba equivocada en cuanto al peligro de utilizar DDT, porque nunca se comprobó que provocara cáncer.
Diana Post, directora ejecutiva del Rachel Carson Council, admite que "es una paradoja el que hoy se utilicen más pesticidas que cuando fue publicado La primavera silenciosa". Sí, la utilización de DDT sería mucho más efectiva y requeriría cantidades muy inferiores.
El DDT sigue siendo la más barata y poderosa herramienta contra la malaria. Si se empleara para fumigar el interior de las viviendas no podría afectar a los ecosistemas, pero salvaría las vidas de millones de personas en los países más pobres del mundo.
© AIPEKatherine Mangu-Ward es subdirectora de la revista Reason.
Centenario de Rachel Carson
Sufriendo en silencio
Katherine Mangu-Ward
El DDT sigue siendo la más barata y poderosa herramienta contra la malaria. Si se empleara para fumigar el interior de las viviendas no podría afectar a los ecosistemas, pero salvaría las vidas de millones de personas en los países más pobres del mundo.
En mayo se cumplen 100 años del nacimiento de Rachel Carson, quien con la publicación en 1962 de su famoso libro La primavera silenciosa (Silent Spring) comenzó el desprestigio del exitoso Programa Global de Erradicación de la Malaria, que empleaba DDT. Ese programa había logrado erradicar la malaria en el sur de Estados Unidos, varios países latinoamericanos, Taiwán, los Balcanes, gran parte del Caribe, Australia, el Pacífico Sur y el norte de Africa.
El periódico Christian Science Monitor recientemente se refirió a Al Gore como "el Rachel Carson del calentamiento global"; no existe mayor alabanza que esa en el mundo de los ecologistas. El libro recién publicado Valentía para la Tierra está dedicado en su integridad a elogiar la obra de Carson, que está considerada como una santa por los verdes. La revista Times la incluyó en su lista de las 100 personas más importantes del siglo.
Cuando hay tantos que hablan maravillas de Rachel Carson, bien merece la pena examinar su legado. Indudablemente, La primavera silenciosa cambió al mundo. En ese libro escribió: "Un arma tan cruel como la del club de los cavernícolas, la andanada de productos químicos ha sido lanzada contra el tejido de la vida". Su libro condenaba el uso de insecticidas como el DDT, acusándolos de ser destructores de ecosistemas y de amenazar la salud de la gente.
Hasta entonces, el DDT se utilizaba en las haciendas de Estados Unidos y desde la Segunda Guerra Mundial se había comprobado su efectividad a la hora de acabar con las enfermedades transmitidas por insectos, pero Carson simplemente ignoró los hechos. Varias de las anécdotas de Carson sobre el DDT y el cáncer resultaron ser falsas, pero en Estados Unidos se prohibió el uso del DDT en 1972. En 2001, el tratado internacional firmado durante la Convención de Estocolmo prohibió el DDT y otros once productos químicos utilizados en la agricultura, aunque algunas excepciones se hicieron en el documento final, a las cuales se opusieron dramáticamente Greenpeace y más de trescientas organizaciones ambientalistas.
El resultado es que actualmente, según la Organización Mundial de la Salud, cada año se producen entre 300 y 500 millones de casos de malaria y un millón de muertos. Alrededor del 80% de los fallecidos son niños, la gran mayoría de los cuales se hubieran salvado con fumigaciones de DDT.
A Carson no la podemos culpar directamente por todas esas muertes, ya que en su libro decía: "Como consejo práctico, fumigue tan poco como pueda y no hasta el límite de su capacidad". Pero, lamentablemente, estaba equivocada en cuanto al peligro de utilizar DDT, porque nunca se comprobó que provocara cáncer.
Diana Post, directora ejecutiva del Rachel Carson Council, admite que "es una paradoja el que hoy se utilicen más pesticidas que cuando fue publicado La primavera silenciosa". Sí, la utilización de DDT sería mucho más efectiva y requeriría cantidades muy inferiores.
El DDT sigue siendo la más barata y poderosa herramienta contra la malaria. Si se empleara para fumigar el interior de las viviendas no podría afectar a los ecosistemas, pero salvaría las vidas de millones de personas en los países más pobres del mundo.
© AIPEKatherine Mangu-Ward es subdirectora de la revista Reason.
miércoles, julio 25, 2007
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