viernes 16 de marzo de 2007
Apuntaciones en torno al maridaje de la Izquierda con los nacionalismos
Antonio Castro Villacañas
U NA de las cosas que más sorprenden a cuantos examinan la realidad política española con un mínimo de sentido común -y de también mínimas dosis de conocimiento- es el hecho de que la izquierda española se haya emparejado con los nacionalismos separatistas, cuanto más radicales mejor, a partir del momento en que un leonés seguidor del Barça logró alzarse con el santo y la limosna del Poder... Quizá todo ello se deba a que, por culpa de sus ancestros, el citado leonés -como una pequeña parte de sus paisanos- no haya digerido aún el que hace diez u once siglos unas gentes de frontera y avanzada fueran poco a poco relevando en la realización de una tarea de impulso histórico, por entonces llamada Reconquista, a otras gentes más cortesanas y propicias a estar o quedarse en Babia. El hecho es que tanto el leonés de referencia como sus diferentes tipos de cortesanos juran y protestan que ellos no son de ninguna manera nacionalistas, sino todo lo contrario. Es posible que tengan razón, pero también es un hecho que en todas partes de España, desde Canarias a Vasconia y desde Baleares a Galicia, apoyan a los nacionalistas, hablan como estos, votan junto a ellos, con ellos forman lo que todos bautizan como "mayorías de progreso", y combaten a cuantos creen que el nacionalismo es un grave error político e histórico... El babieca mayor y los babiecas secundarios proclaman y perjuran que ellos son de izquierdas, pero que nunca han sido ni serán nacionalistas. A lo mejor creen, por estar en Babia, que los nacionalistas son como ellos, también de izquierdas; o más izquierdistas que quienes nada o muy poco quieren tener que ver con los que todo lo subordinan a "lo suyo"... Hasta hace 10 o 15 años, la izquierda de nuestro país poseía dos o tres signos inequívocos de identificación: uno de ellos lo ha perdido de modo clamoroso desde que la encabeza el señor Rodríguez Zapatero. El desprecio por el nacionalismo era una constante señal de cordura histórica, debilitada a partir de 1934 por las conveniencias de quienes en Cataluña apoyaron el golpe de Estado de Companys y sus muchachos por miedo a quedarse en la calle, y a partir de 1936 por el común interés de participar en el botín político y económico. Los babiecas lo tienen hoy como el mejor aliado posible -en sus formas más radicales y separatistas- en todas partes de España. De ahí que el nacionalismo disgregador se haya extendido de norte a sur y de este a oeste, hasta el punto de constituir un auténtico peligro para la supervivencia de una Patria común. Otro rasgo inequívoco del izquierdismo, en casi todos los países del mundo y muy particularmente en el nuestro, ha sido el laicismo, interpretado en España no como indiferencia o neutralidad ante los asuntos religiosos, sino como punto de partida para un ataque intenso y constante hacia las creencias católicas y la Iglesia que las define, enseña y propaga. Todo nuestro siglo XIX y la mitad del XX están llenos de diversos ejemplos de persecuciones laicas, unas veces legales y otras veces ilegítimas, casi siempre injustas. Desde el año 2004 se ha incrementado esa persecución. El PSOE, bajo la dirección de Rodríguez Zapatero, quiere eliminar de la vida pública española el mayor número posible de créditos o fórmulas religiosas católicas. Su particular forma de entender y practicar lo que llama laicismo, sin embargo, le lleva a favorecer el proselitismo y la intensificación de cualquier otra clase de creencias y prácticas. Las islámicas tienen hoy por hoy su preferencia, sin querer darse cuenta de lo peligrosas que resultan para el inmediato futuro de la convivencia nacional y para el entendimiento de nuestra historia. El tercer componente de la identidad izquierdista era su preocupación social, vista desde una alta atalaya económica. A nuestro PSOE se le oye hablar poco de este asunto. No resulta fácil saber si ello se debe a que el socialismo internacional ha llegado a algún tipo de pacto con el capitalismo, a que esta clase de contubernio se ha forjado en España, o -lo que tengo por más probable- a que el socialismo español decidió en los primeros tiempos de la tra(ns)ición posponer cualquier tipo de reivindicación realmente socialista -la republicana y la económica, por ejemplo- a la lenta y progresiva ocupación del Poder (municipal, regional, nacional) y al mayor y más rápido enriquecimiento de sus dirigentes. Ya llegará el tiempo, cuando convenga, de hablar del Rey y de los bancos.
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