lunes, mayo 14, 2007

Valentin Puig, ZpM ya esta en campaña

martes 15 de mayo de 2007
Zapatero ya está en campaña

POR VALENTÍ PUIG
EN Zapatero seguramente hay más sociología que ideología. Historia, más bien poca, salvo para reescribirla como «memoria histórica». Un rastro táctico de vaguedades va indicando el paso de Rodríguez Zapatero por los ámbitos de la campaña electoral. Se está ocupando de lleno, mucho más de lo que había hecho hasta ahora -por ejemplo, en política internacional o económica- pero su agenda se caracteriza más por lo no dicho: los asuntos primordiales le resbalan, elude pronunciarse aún a sabiendas de que el calor de un mitin acoge cualquier simplismo y agradece toda demagogia. Hasta ahora su afirmación más nítida y sustancial ha sido decir que «el voto de los valencianos es de los valencianos, libremente emitido». El contexto era la Fórmula-1 pero la aseveración es universalista. Nadie puede impedirle al presidente del Gobierno difundir a todas horas la buena nueva: el voto de los sevillanos es de los sevillanos, el voto de los extremeños es de los extremeños, el voto de los barceloneses es de los barceloneses. Lo mismo, los jóvenes: «Para ser dueños de vuestra vida, tenéis que ser dueños del voto», les dice Zapatero. Y así. Cuando se acaba el mapa, vuelta a empezar porque ya se sabe que la derecha española es tan bestia que no cree que el voto de los sevillanos sea de los sevillanos, ni que el voto de los extremeños sea de los extremeños, ni que el voto de los barceloneses sea de los barceloneses. A los jóvenes, la derecha se los come con patatas.
El caso flagrante es Galicia. Con Pérez Touriño al frente de la Xunta -dice Zapatero- «estamos dejando atrás, para siempre, aquella Galicia donde los caciques querían mandar, para que manden los ciudadanos». La tesis abruma: los caciques mandaron en Galicia desde el retorno de la democracia, con lo que el voto entonces no importaba. Importa ahora porque a la abigarrada coalición que tiene la Xunta en sus manos la preside el socialista Pérez Touriño. Lógicamente, no importan las políticas de dependencia que el PSOE practica en Andalucía. El democratismo de Zapatero viene a ser de tanta ambivalencia como su buenismo. Es decir: la derecha corrompe el voto, lo manipula, engaña y tergiversa: la izquierda devuelve su pureza al voto, lo sublima, lo legitima. Esos que insultan, esos que descalifican, «es que no tienen ni idea, ni una propuesta, ni confianza en sí mismos como partido, como proyecto y como políticos». Siendo lo que son todas las campañas electorales, del rango que fueran, en pocas ha habido por parte de un presidente del Gobierno tanto infantilismo deliberado, tanto falso candor, tanta descalificación subrepticia del adversario, tanta nostalgia pre-fabricada del paraíso terrestre. Es el estilo Zapatero en la incipiente campaña electoral.
Ahora bien, ¿es ese estilo lo suficientemente sólido y coherente, tiene el calado necesario para conectar con las pulsiones de inquietud y descontento que se perciben en la sociedad española? Indudablemente, existe el efecto dislocante de convertir unas elecciones municipales y autonómicas en el refrendo de una etapa de gobierno nacional o en la aquiescencia a las actitudes de la oposición. Lo cierto es que ha sido el propio Zapatero quien lo ha querido así, como indican las grandes pautas de la campaña y la insistencia de sus argumentos sobre una derecha que solo mira al pasado. Por su parte, el PP ha hincado el diente en la estrategia de Zapatero en relación a ETA. Ahí adquiere su plena dimensión todo lo no dicho por Zapatero. Calla, mientras los dispositivos que activó en su día prosiguen en funcionamiento, como engranajes que han adquirido una autonomía que se diría imparable.
La onda expansiva del elemento centrífugo que es parte sustancial del zapaterismo, con su teoría de tripartitos y alianzas difícilmente asimilables, no es algo que se pueda parar con un gesto, ni se puede controlar con un quiebro. De todos modos, sobre ello se sustenta la dialéctica de Zapatero, como se ve en el País Vasco y Navarra. La erosión de las más altas instituciones judiciales no parece inmutarle. Será porque el proyecto del zapaterismo va más allá. Su apuesta es por la ocupación hegemónica, al servicio de la demoscopia y sin otro deber contractual que el poder.
vpuig@abc.es

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