lunes, mayo 14, 2007

Edurne Uriarte, El pañuelo importa

martes 15 de mayo de 2007
El pañuelo importa

POR EDURNE URIARTE
MIENTRAS la policía iraní acosa y detiene a cientos de mujeres que osan enseñar un centímetro de cabello o dos de tobillo, o mientras miles de familias musulmanas europeas tiranizan a sus hijas por lo mismo, todavía se escuchan muchas voces occidentales, democráticas, pero, ciertamente, no liberales, que miran con severidad a los manifestantes turcos que nuevamente este fin de semana han gritado «no al estado religioso» y «no a la sharia» y les dicen que el pañuelo no importa.
Incluso los contemplan con sospecha, como si fueran ellos los culpables por exigir la modernidad, y los islamistas, las víctimas, por reivindicar tradiciones discriminatorias. Como si los turcos y, sobre todo, las turcas y las musulmanas de todo el mundo no tuvieron derecho a la misma igualdad que las mujeres occidentales. En nombre de la identidad cultural, Occidente niega la modernidad a quien aún no la ha podido conquistar.
Y en nombre de la libertad, se degrada el sentido mismo de la libertad. No es cierto que el pañuelo sea una libre opción si en Egipto, por ejemplo, quisieron procesar al ministro de Cultura, simplemente por sugerir que no se llevara. O si las musulmanas en todos los lugares son rechazadas en la familia y en la vida pública por no llevarlo.
Cuando las pioneras feministas comenzaron a exigir el voto en el XIX, una buena parte de las mujeres también se oponía, haciendo uso «de su libertad». Imagino que alegaban algo parecido a lo que un miembro del Consejo Consultivo de Arabia Saudí dijo no hace mucho sobre el voto femenino en su país: «Si se les preguntara a las mujeres, dirían que no quieren participar. Ellas están representadas por los hombres, que son sus siervos». ¡Qué alivio!
Pero algunos demócratas occidentales no sólo defienden un peculiar concepto de libertad en el que la represión sobre el cuerpo femenino se convierte en una libre y respetable opción. Sorprende también su concepto de democracia, tan alejado de la democracia que defienden para sus propios países. Alertan en Occidente contra los partidos extremistas, sobre todo los de extrema derecha y bastante menos los de extrema izquierda, a los que acusan de amenazar la igualdad y los derechos liberales a pesar de acatar las reglas de juego democráticas. Y, sin embargo, piden respeto y comprensión para los partidos y movimientos extremistas de otros lugares, islamistas en este caso, porque acatan las reglas democráticas, aunque amenacen la igualdad y los derechos liberales.
Es cierto que en una buena parte de los países musulmanes y, sobre todo, en todos los árabes, hay un primer problema que es la falta de la democracia misma. Pero cuando la reivindiquemos, no les deseemos una democracia menos exigente que la nuestra y con libertades recortadas en nombre de la identidad cultural. Los liberales de aquellas tierras entienden la libertad de la misma manera, sin matices culturales en forma de pañuelo.

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