jueves, mayo 24, 2007

Ignacio San Miguel, Reletivismo asimetrico

jueves 24 de mayo de 2007
Relativismo asimétrico
Ignacio San Miguel
E N el Occidente decadente y relativista, lo más común es que cuando alguien afirma algo con alguna contundencia, inmediatamente le salga un oyente corrigiendo: “Bueno, eso es lo que piensas tú, pero hay otros que opinan de distinta forma con el mismo derecho”, consiguiendo las más de las veces bajarle los humos al osado de las ideas firmes. Con ninguna razón, pues, a poco que se razone, la admonición es una simpleza. El relativismo tiene su fuente en el sofista Protágoras, quien afirmó: “El hombre es la medida de todas cosas.” Pero no dijo: “Todos los hombres miden igual de bien todas las cosas.” El igualitarismo viene en ayuda del hombre común actual, para quien lo mismo da la opinión del experto que la del que no lo es, la del especialista y la del no especialista, la del sabio y la del ignorante; y, sobre todo, no advierte diferencia entre el hombre de inteligencia clara y equilibrada y el de mente confusa, no admitiendo que el primero es quien está en disposición de acceder a la verdad, y no el segundo. En realidad, llega a una situación en que no cree que exista la verdad. Desde el punto de vista de las ideas, es hombre muerto. Lo curioso es que, siendo esto así, se cree más inteligente que las personas que sustentan ideas firmes. Piensa que la duda supone inteligencia, y la convicción, no. Cuando uno de estos relativistas me arguyó con el consabido argumento de que había otros que pensaban de distinta forma que yo, le pregunté qué pensaba él sobre el asunto en discusión. No supo contestarme otra cosa sino que el asunto era complejo y que no había resuelto nada todavía. Le hice ver que estaba condenado a una suspensión del juicio, puesto que si tomaba una decisión sobre aquel o cualquier otro tema, su argumento sobre las opiniones contrarias e igualmente válidas se volvería contra él, devaluando la opinión adoptada. Por tanto, su mente estaba neutralizada, paralizada, anulada. Era como un zombi en el campo de las ideas. Quedó confuso, pues, al parecer, no había llegado a pensar en estos términos. “Pero ¿quién decide dónde está la verdad?”, alcanzó a decirme. “Tú mismo tienes que decidirlo”, contesté. “No te entiendo”, concluyó, meneando la cabeza. Y así quedó la cosa. Pero, no nos engañemos. Si observamos bien, esto del relativismo esconde las más de las veces una falacia. El relativismo no se aplica de forma similar a todas las verdades, o presuntas verdades. Su aplicación acostumbra a ser unidireccional. Si uno enuncia alguna doctrina tradicional, se aplicará inmediatamente, en el supuesto de que no se provoque una oposición frontal. Supongamos que ante un grupo de personas afirmo: “El aborto es un crimen.” Raro será que no se levanten voces aduciendo: “Bueno, eso es relativo. Hay casos que…”, o bien: “No dogmaticemos. Hay opiniones diversas. Hay quien piensa que el feto no es un ser humano”, o: “Hay que relativizar. Se dan casos en que una mujer se encuentra en una situación que…”, etc. Así se expresará la mayoría de esas personas, si no todas. Pero si, por el contrario, declaro: “La mujer tiene derecho a interrumpir su embarazo cuando lo estime conveniente”, nadie me dirá que hay que relativizar, y que hay personas que opinan de distinta manera. Lo probable es que todos estén de acuerdo con mi enunciado. La teoría del relativismo se aplica generalmente para socavar las ideas tradicionales. Éstas, en buena ley relativista, deberían valer tanto o tan poco como las ideas modernistas. Pero no es así. Se desea destruir los restos de la tradición, empleando como una de las armas la teoría relativista, y, por el contrario, se absolutizan las ideas de la contracultura provenientes de los sesenta. Los zombis del relativismo a que me he referido, son una minoría. La inmensa mayoría sustenta dogmas aunque no lo reconozca. Los dogmas de la decadencia. Se van alejando los tiempos en que las sociedades se regían por normas basadas en la ley natural, refinada y perfeccionada por la religión. El adulterio, una grave trasgresión antes, ahora resulta no ser siquiera una falta, pues no debe haber barreras para el amor; la promiscuidad sexual entre jóvenes, aborrecible en tiempos, es ahora no sólo aceptable, sino digna de ser fomentada; la pornografía, perseguida no hace mucho, es ahora admitida y omnipresente; la homosexualidad, aberración indudable, se legitima aplicándole las honras del matrimonio (pocas cosas más grotescas e indignas); el aborto, siempre considerado como crimen, se convierte en genocidio legalizado Y actividad industrial muy provechosa, etc. Estas nuevas normas de la decadencia están ya sólidamente establecidas, y sobre ellas no se aplican objeciones relativistas. Eso se deja para la moral tradicional. Y está tan segura de sus dogmas la clase gobernante que la Vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega manifestó hace apenas un año que tenían vocación pedagógica. Es algo pasmoso. Que personas tales como Fernández de la Vega, Pedro Zerolo, Miguel Sebastián, Gregorio Peces Barba o José Luis Rodríguez Zapatero se encuentren tan seguros de sí mismos que se permitan la pretensión de hablar de pedagogía de todo un pueblo (plasmada en la asignatura Educación para la Ciudadanía) resulta increíble, demencial. Sólo se encuentra un rastro de explicación en la idea que puedan tener esas personas sobre el avance que ya han tenido en la sociedad las ideas que pretenden robustecer y consolidar, y, quizás, por la consideración despreciativa que les merece el pueblo español, mayoritariamente dócil, apático y lanar. Lo que de razón puedan tener pensando así, el curso de los acontecimientos nos lo irá marcando, así como si es posible forjar una sociedad estable con la contravención sistemática de la ley natural.

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