jueves 24 de mayo de 2007
La vileza de un candidato amparado por Zapatero
José Meléndez
E L abrir braguetas para husmear el uso que se hace de ellas es un vergonzoso ejercicio que no tiene cabida en política ni eco en la prensa seria, la que se rige por normas de respeto y ética profesional (de la otra es mejor no hablar, porque lo que se hace y dice en ella no es periodismo), además de ser una bajeza inútil en nuestro país, donde impera una mentalidad mucho mas permisiva y benevolente con ese tipo de asuntos que en las democracias de su entorno y donde la caliente sangre ibérica suele tender a la simpleza de tomar la fornicación como un instrumento para medir la hombría. En Gran Bretaña, donde todavía están vigentes los principios victorianos de dignidad y respeto a la intimidad de las personas y las raíces puritanas de ese pueblo se escandalizan ante los actos considerados deshonestos, cuando un asunto de ese calibre sale a la luz lo hace con pruebas irrefutables y entonces la sociedad reacciona como la dictan sus estrictos criterios. Eso le ocurrió al ministro conservador de Defensa, John Profumo, a quien se le descubrió su relación con una prostituta, Christina Killer, quien alternaba en su cama al ministro y al agregado militar de la embajada soviética. El gobierno no dudó ni un instante en defenestrar a Profumo, que terminó en el ostracismo político, dedicado a obras de caridad. Posteriormente, dos brillantes políticos conservadores, lord Jellicoe –héroe, además, de la II Guerra Mundial- y lord Lambton, ambos miembros del gobierno “tory” de Edward Heath, disfrutaron de los servicios de una bella prostituta que trabajaba a sueldo del Foreing Office para distraer las horas de asueto de los dignatarios extranjeros, que así lo desearan, -peculiar empleo oficial que también se las trae-. En todas las acusaciones se mostraron pruebas irrebatibles y los dos lores siguieron los pasos de Profumo y terminaron en su casa, desterrados de la política. Y ya es sabido el escándalo que se montó con las travesuras que Mónica Lewinsky le hacía a Bill Clinton por debajo de la mesa del despacho oval. Clinton pagó por ello la factura electoral y, posteriormente, su sucesor Kerry siguió pagando los vidrios rotos a pesar de los esforzados e inapreciables vaticinios de Rodríguez Zapatero. Pero aquí, en España, lo que el personal le pide a los políticos es honestidad y eficacia en su gestión pública, sin darle importancia a lo que puedan hacer en sus ratos libres con su vida privada. Por eso la bajeza inaudita del candidato socialista a la alcaldía de Madrid, Miguel Sebastián, ha roto la barrera que protege y separa esa vida privada de la función pública sólo con la intención malévola de hacer daño al que le estaba vapuleando en toda la campaña electoral, en un gesto desesperado del que se ve derrotado y sin fuerzas ni argumentos para zafarse del descalabro. Por lo menos, eso es lo que parecía a primera vista. Pero el acontecer de los días siguientes a la insidiosa pregunta que Sebastián le formuló a Ruiz Gallardón en la televisión estatal –no podía ser en otro sitio- sobre su presunta relación la abogada Monserrat Corullo, imputada en la trama de Marbella, lleva el asunto a derroteros mucho mas amplios y peor intencionados que lo que pudiera parecer un berrinche de derrotado. Las críticas a la conducta de Sebastián han sido unánimes y descalificadoras incluso en amplios sectores del PSOE, con Joaquín Leguina y Juan Barranco a la cabeza, pero se han convertido en manifestaciones de apoyo en los que ahora llevan el timón del partido socialista. Primero fue Pepiño Blanco, -precisamente un hombre que no puede alardear de limpieza y honestidad en sus comentarios- y ahora el mismo José Luis Rodríguez Zapatero, quien ha basado la defensa de su candidato en que el Alcalde de Madrid tiene que responder a las preguntas –él, que es maestro en no contestarlas cuando no le conviene- y en que la petición de Sebastián estaba apoyada por el soporte de la prueba de una fotografía, como las miles que se le hacen a los políticos. Por tanto, hay motivo para pensar que por encima de la maledicencia del candidato hay una campaña orquestada desde la más alta esfera del gobierno contra una figura política como la de Alberto Ruiz Gallardón, que lleva tiempo quitándole el sueño a los socialistas, tratando burdamente de involucrarle en la sórdida trama de la corrupción marbellí, aunque sea por la bragueta. Ruiz Gallardón representa un valioso activo del Partido Popular, con unos logros que hablan por sí solos y un espléndido futuro y eso, para los socialistas, justifica los ataques, aunque sean los más bajos. Y la bajeza de este ataque de ahora consiste en tomar el pretexto de una supuesta relación personal con Monserrat Corullo para acusarle de un también supuesto trato de favor del que podría haber salido beneficiado el cerebro de la corrupción marbellí, Juan Antonio Roca, al que Corullo estaba profesionalmente ligada. Por eso están saliendo ahora a la luz las visitas de Monserrat a las oficinas de Urbanismo, mientras se silencian las que los corruptos de Marbella han venido haciendo a las dependencias de la Junta de Andalucía durante los quince años que Manuel Chaves y su mano derecha Gaspar Zarrías han estado mirando los bellos destellos que arranca el sol en las filigranas doradas de la Giralda. Rodríguez Zapatero tiene una aguda intuición para meterse en las batallas perdidas y desencadenar tormentas que después le dejan calado hasta los huesos. Y en su hoja de ruta electoral concedió una importancia prioritaria a la batalla de Madrid, en su doble vertiente de Comunidad y Ayuntamiento. Eligió bien el objetivo, porque Madrid tiene una influencia que excede con creces su condición de capitalidad, pero se equivocó en las armas elegidas porque Rafael Simancas parece un alma en pena de la política –certeramente retratado por el genial Mingote cuando pinta una aglomeración de coches y una voz que sale de uno de ellos clamando “¡eh, que soy Simancas!”- y para adversario de Gallardón recibió todas las calabazas que puedan criarse en un huerto hasta encontrar al jefe de su Oficina Económica que comenzaba a estar quemado en tan controvertido puesto. Y ahora, él o quien haya urdido esa presunta campaña, han vuelto a equivocarse por la inconsistencia de la misma y por los argumentos con que se trata de defenderla. ¿Qué hubieran dicho y hecho en el PSOE zapateril si alguien, apoyándose sólo en rumores y chismorreos, sin ningún soporte válido de pruebas, insinúa que la vicepresidenta del gobierno es lesbiana o que un destacado dirigente del partido mantiene escarceos amorosos con la esposa de un colega?. La decencia, la dignidad, la honestidad y la ética obligan a todos los que intervienen en la función pública a atenerse a unas normas estrictas de respeto al prójimo por muy rival político que sea, Y Miguel Sebastián, por su cuenta o inducido, las ha quebrantado, sin tener en cuenta de que su derrota electoral –o quizá pensándolo demasiado- sería también la derrota personal de su jefe de filas. Miguel Sebastián puede pasar por el prototipo del socialista snob, que no ha bajado nunca a las profundidades de una mina o subido a un andamio y sentido el vértigo de trabajar en las alturas para poder conocer de primera mano lo que les cuesta ganar para vivir a centenares de miles de trabajadores; es un elemento de la “beautiful people” socialista, que se gasta en una cena más de lo que un trabajador gana al mes y se mueve por los corros financieros bien trajeado y perfumado en busca de la presa propicia. Cuando este artículo se publique, el jueves, faltarán todavía tres días para conocer los resultados de estas elecciones municipales y autonómicas, pero no hacen falta las dotes proféticas que iluminan a Zapatero para predecir el batacazo que se dará el personaje. Y entonces, no le quedará más remedio que rumiar su ignominia y volver a la oscuridad de la manipulación de opas y “dossieres” que es lo suyo. Y más productivo, desde luego.
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