jueves, mayo 24, 2007

Felix Arbolí, El dia cuadrado

jueves 24 de mayo de 2007
El día cuadrado
Félix Arbolí
H AY días redondos y días cuadrados. Para todo el mundo, supongo. Aunque creo que en mi caso y en la de muchos que han sobrepasado la “barrera del sonido”, esta dualidad se experimenta con mayor frecuencia e intensidad. La edad nos hace más sensible y el tiempo que pasa lentamente, según dicen, para nosotros lo hace a velocidades que nos parecen supersónicas, ya que cada minuto es un tiempo añadido. Cada uno cree que su caso es distinto al de los demás y se siente discriminado en ese aleatorio reparto de bienes y males. El optimismo y el pesimismo, aparte de los que nacen con esta cualidad o defecto, es un sentimiento o estado de ánimo que viene determinado por una serie de circunstancias ajenas a la voluntad del que lo padece y difícil de simular o superar si no se tiene una poderosa fortaleza interior que le impulse a vencer esa montaña y coronar orgulloso y satisfecho su cima. La razón principal, o una de las principales, que nos hace sentirnos apocados o aburridos es la insoportable monotonía que hemos de padecer los que estamos supeditados a una vida excesivamente tranquila, huérfana de alicientes y vacía de aspiraciones. Cuando nos damos cuenta que somos posos que quedan aún en la taza de nuestras vidas y que con mayor o menor tiempo acaban por desaparecer totalmente. La mayoría, afortunadamente para ellos, tienen una actividad, un ritmo de vida y un tiento a la suerte y a la oportunidad, que les hace iniciar el día con esperanza, ilusiones y pretexto para emprender cada jornada. Esperan un cambio a mejor o temen un retroceso, pero ese mismo dilema les hace sentirse estimulados a emprender ese posible y desconocido camino que se les ofrece como alternativa a su ociosidad. Yo vivo en el pasado, dato en el presente y no deseo indagar en el futuro. Sin cambio posible y me temo que sin perspectivas de alteraciones. Me estoy convirtiendo en un raro y aburrido personaje, como los que aparecen en las novelas de Charles Dickens, aunque eso sí sin la amargura y tacañería del “Mr. Scrooge”, en su célebre Cuento o Canción de Navidad. Ya que el paso del tiempo y el peso de los años puede abrumar, pero no amarga, ni tampoco me considero tacaño y menos aún cuando siento la desgracia cerca de mi entorno. Esta diferencia respecto al personaje citado, es un punto positivo en mi cuenta particular que he de agradecer a alguien. Me suelo considerar un ser privilegiado al tener la ocasión de poder desnudar mi alma y abrir las puertas a mis sentimientos, gracias a estas páginas a las que debo las más gratificantes experiencias de esta etapa de mi vida. Y esta situación me hace ser algo más sordo e insensible a ese continuo “movimiento” del péndulo de la vida que desciende lenta pero inexorable hacia su fase final. ¿Qué sería de mi vida sin esta milagrosa y deseada ventana por donde puedo lanzar al viento mis alegrías, para que con ellas se alegren los limpios de corazón y mis tristezas, buscando desesperado ese caritativo bálsamo que a veces se necesita imperiosamente?. Estoy convencido que en el fondo, en lo esencial, todos los que intervenimos en estas páginas, articulistas, comentaristas y visitantes, formamos una gran familia, y como tal experimentamos y hasta sufrimos las lógicas y pequeñas trifulcas que los aconteceres de la vida nos motivan A veces aparecen rencores, voces más exaltadas de lo debido y hasta expresiones inadecuadas, pero ¿en qué familia no ocurren tales desaciertos o momentos de inusual compostura?. Somos humanos y como tales estamos supeditados a estos cambios y alteraciones, sin que ello suponga involucrar a la totalidad en tales desmanes, ni catalogarla como afín a lo que son meras excepciones surgidas en un momento de ofuscación o en un desafortunado criterio a la hora de enjuiciar o comentar a un autor o artículo determinado. En la vida todo individuo, aunque se halle sometida a esa calma chicha de una mar sin marejadas ni tormentas, a veces surgen sorpresas que motivan una alteración positiva o negativa. Encontramos ese suceso o detalle imprevisto que nos hace diferente un día de otro. Lo contrario sería realmente insoportable. Una especie de muerte en vida, tipo zombi. El hombre necesita curtirse a base de desengaños, errores y contrariedades y compensarse con alegrías, éxitos y serenidad de conciencia ante el bien realizado, para evitar convertirse en una simple masa de carne carente de sensaciones, estímulos y sentimientos. Un cuerpo sin alma. El domingo pasado, como ya explicaba en la Contraportada del pasado martes, tuve la gratificante oportunidad de apreciar la belleza de la inocencia en ese encuentro imprevisto con la pequeña Marina, que me hizo parecer espléndido y radiante un día que amanecía y se presentaba denso en nubes y amenazante de tormentas. Milagros de la bondad cuando se presenta en estado puro. Un prodigio no muy frecuente, desgraciadamente, en este contaminado Planeta, llamado “Azul” en las inolvidables series televisivas, al que estamos dejando como el legendario gallo de morón, sin plumas y cacareando, aunque a muchos se les vea hasta la cresta y se oigan sus cacareos más allá de la célebre muralla china. Somos así de cretinos. Hasta las plumas de la cultura se están mancillando de forma alarmante y nos están induciendo a que olvidemos la brújula que nos marque el correcto camino a seguir y nos impidan quedar varados en la playa de la intolerancia y el odio o nos lancemos mar adentro hacia el abismo del nihilismo y la vileza. Da escalofríos meditar hasta donde nos intentan llevar. La ventaja de los mayores, nunca me acostumbro a lo de viejos, es que nuestra perspectiva es limitada, porque nuestro tiempo está ya rebasado. Envidio al cartujo, trapense o fraile de internos soliloquios, porque ellos pueden vivir ajenos al mundo y no dejan nada a sus espaldas, cuando les llega su ansiada liberación corpórea, gracias a esa tremenda fe que les alienta, reconforta y llena de esperanzas en ese Más Allá que ellos sienten profundo. Creo que son los únicos felices en este mundo de absurdos y enloquecidos. A veces pienso que equivoque el sendero y he vagado sin rumbo ni concierto entre abrojos y enredados ramajes, buscando esa planicie donde hacer un alto en el camino y encontrar la razón de mi existencia y sin darme cuenta mis vacilantes pasos me adentraban en un desconocido y laberíntico paisaje del que aún no he logrado salir. ¿Dónde está la verdad y el verdadero camino?. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dijo Jesús, según San Juan. Pero yo lo he intentado y no lo he encontrado. ¿Tan torpe y tan ciego soy?. ¿Si eres la Verdad por qué no he sentido la fe capaz de reconocerte sin el menor titubeo?. Estas vacilaciones a mis años hacen aterradoras mis noches y preocupantes mis amaneceres. Si ayer gozaba de la bondad e inocencia de una niña y me hacía volar a espacios fuera de este mundo, hoy me encuentro de nuevo con la realidad. Estaba invitado a la presentación del libro de un amigo en El Corte Inglés de Serrano 52, y no me he atrevido a ir. Se trata de un gran amigo y veterano periodista de mis años de vueltas al ruedo y cortes de orejas en la profesión más bonita del mundo. Se llama Manuel Román y llenaba las páginas más destacadas de la revista “Semana” en los años sesenta y setenta. Era un chaval extraordinario, activo, preparado y leal a la amistad. Digo era, por lo de chaval, no por las cualidades y méritos que le siguen honrando. El libro se titula “La copla y los toros”. Buen tema para estos tiempos donde ambos se hallan unidos más de lo acostumbrado. Entre que mi nieta y ahijada Irene, los once años más bonitos y alegres de mi vida, ha tenido que venirse del colegio con gastroenteritis y hacerse cargo de ella mi mujer, por el trabajo de sus padres, y el no entender qué pintaba yo en ese evento literario, me he quedado en casa, deseándole con toda sinceridad el éxito más rotundo al compañero. Otro amigo que al parecer ha logrado viajar en el AVE por el mundillo de los sueños literarios mientras yo, por confiar en una editorial que utiliza la “máquina de vapor”, me he quedado en mitad del camino con mi libro “Confidencias de un periodista” y luchando desesperadamente porque al menos me abonen los derechos de autor, según estipula el contrato firmado entre ambos. Poco o mucho, lo que me haya podido corresponder. ¿Existe algún procedimiento para obligar a una editorial a que haga las cuentas correspondientes y abone esos derechos?. Agradecería posibles sugerencias. Mi hermano el que padece cáncer de pulmón, irreversible e inoperable, me ha visitado inesperadamente. Regresaba de una de sus revisiones médicas y al pasar ante casa se atrevió con los sesenta y cuatro escalones que me aíslan de la calle y se presentó en casa. Me supuso una gran alegría verlo alegre, animado y esperanzado, ignorante de su trágica realidad. Otro detalle que hizo a este día diferente. Cuando se fue me quedé un tanto desconcertado con la arbitrariedad de los designios divinos. ¿Qué es lo que mueve a ese Ser para decidir de una u otra manera?. ¿Dónde empieza su justicia y termina su misericordia?. Hoy es un día que echo de menos muchas cosas que antes no me habían preocupado en exceso y hasta ha llegado un instante en que me he atrevido a increpar a ese Dios (perdóname Señor), por apretarme tanto y haberme privado de tantas ilusiones que formaron parte importante de mi vida y argumentos constantes de sueños que luego quedaban reducidos a ensoñaciones y pesadillas. ¿En qué he fallado?. ¿Ha sido exclusiva culpa mía?. Entre pensamientos decepcionantes, afanes infructuosos e incomprensiones injustificadas, se han ido agotando las pilas de un reloj que apenas marca ya las horas porque el segundero hace tiempo que se detuvo. Mes de mayo florido y hermoso, qué puñetero me has salido. ¿Por qué intentamos convertir la vida en una lucha sin tregua?. Quiero ser bueno, confiar en los demás, no sentir rencor por nadie, pero la realidad me hace ver que soy un incauto soñador, no para un pueblo como escribió el inolvidable Buero Vallejo, sino para muchos de los que se han cruzado en mi camino y no he sabido distinguir sus intenciones y eso, a la larga, resulta difícil de soportar. No me quiero convencer que vivimos entre cínicos y aventureros sin escrúpulos, que en gran mayoría son los que gozan el triunfo y las lisonjas. Hoy ha sido un día cuadrado para mi.

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