martes, mayo 29, 2007

Jon Juaristi, Navarra, tiempos sombrios

martes 29 de mayo de 2007
Navarra, tiempos sombríos
POR JON JUARISTI
POR mucha prudencia que prometan ahora los dirigentes del PSOE, y a pesar del silencio críptico del secretario de los socialistas navarros, la suerte del Viejo Reino está ya decidida por el estado mayor de Rodríguez, como aclaró José Blanco en la noche electoral. «El PP ha perdido Navarra» quiere decir «gobernaremos con los nacionalistas». Ni más ni menos. No voy, por tanto, a extenderme en especulaciones acerca de una intención no ya posible sino declarada. Creo que es más urgente prever las consecuencias que la coalición social-nacionalista que se avecina tendrá en toda la región que llamaré —para qué evitar el término— vasconavarra.
Nafarroa Bai es un conglomerado independentista, no sólo nebulosamente soberanista. Su líder y más que probable presidente autonómico, Patxi Zabaleta, procede de Batasuna, pero, a mi juicio, esto no resulta determinante para entender el alcance de su futura designación. Fue de Batasuna, ya no lo es. Resultaría absurdo y estúpido reprochar a los socialistas que se aliaran con él alegando su pasada militancia en el movimiento de apoyo a ETA. Por el contrario, que Zabaleta haya tomado distancia del mismo le hace acreedor a una respetabilidad democrática, algo que nada tiene que ver con la simpatía o antipatía que pueda inspirar su pasado. En cambio, su concepción de la relación de Navarra con España es del todo pertinente para la crítica de un acuerdo gubernamental del PSN con Nafarroa Bai, porque Zabaleta sostiene que Navarra es una colonia de España, lo que dista de ser, en su caso, una metáfora. Zabaleta se refiere abiertamente a Navarra como la más antigua colonia europea aún no emancipada. No es un planteamiento el suyo soberanista o confederal, como el del PNV, sino anticolonialista, como el de la ETA alucinada de los orígenes. Y, en ese planteamiento, España es el enemigo imperialista del que hay que desembarazarse.
El otro rasgo distintivo de Nafarroa Bai dentro de la familia nacionalista vasca es su navarrocentrismo, que, sin duda, le traerá problemas con el PNV en el futuro. Digamos, en términos muy generales, que así como el nacionalismo vasco ha pretendido siempre la anexión de Navarra a Euskadi, el nuevo nacionalismo navarrocéntrico preconiza la disolución de Euskadi en Navarra, siguiendo una argumentación historicista a la que Zabaleta y otros nacionalistas navarros son proclives. En síntesis, este nuevo nacionalismo apela, como fundamentación histórica de sus reclamaciones anticolonialistas, a la existencia de un estado navarro medieval que, en su momento de mayor expansión territorial —el reinado de Sancho el Mayor— habría incluído la Gascuña y las provincias vascas. En principio, tal historicismo no es privativo de los nacionalistas. Con mayor o menor grado de megalomanía puede encontrarse en casi todas las corrientes del navarrismo histórico, aunque, a efectos políticos, nunca ha tenido importancia en el seno del tradicionalismo o del liberalismo. Sin embargo, para el nuevo nacionalismo navarro, Euskadi es la Navarra doblemente irredenta (porque, además de soportar una opresión colonial, está separada del núcleo primigenio de la nación vasca o vascona). Todo esto suena a romanticismo periclitado, pero conviene darse una vuelta por la obra de Zabaleta para comprobar hasta qué punto constituye el núcleo de su proyecto político. En tal sentido, Nafarroa Bai se aparta de una tradición aranista, la del PNV, que fue exclusivamente vizcaína en sus orígenes y que no concibe una futura nación vasca soberana con el centro político desplazado hacia Navarra. El panvasquismo forma parte de la retórica del PNV, pero, en la práctica, Navarra es una patata demasiado caliente para el partido de Imaz, en el que los cuadros navarros forman una minoría exigua. El experimento de Garaicoechea —la promoción a lehendakari de un navarro navarrocentrista, al que no se le caía de la boca Sancho el Mayor— terminó catastróficamente en los años 1985 y 1986 con la expulsión de la ejecutiva navarra del partido y la creación de una comisión gestora. Desde entonces, el PNV no ha levantado cabeza en Navarra.
Con dos gobiernos nacionalistas con proyectos distintos en Vitoria y Pamplona, la negociación del modelo de integración territorial dará un papel decisivo a Batasuna (y a ETA), por encima incluso de Eusko Alkartasuna, que, si bien tiene un peso importante en el nacionalismo navarro, es minoritario en las provincias vascas respecto al PNV, su socio de gobierno, y no cabe suponer que llegue a enfrentarse con éste por la cuestión de la centralidad geopolítica de la Euskal Herría unificada y euscaldún. La iniciativa quedaría entonces en manos de Batasuna. Probablemente, la presencia institucional de Batasuna (ANV) en la Comunidad Autónoma Vasca permitiría a ETA relajar la actividad terrorista en las provincias para incrementarla en Navarra, fundamentalmente sobre las únicas fuerzas opuestas a la integración auspiciada por el nacionalismo étnico; es decir, UPN y CDN, contra las que se emplearía a fondo (ETA, sobra decirlo, nunca le ha hecho ascos al navarrocentrismo). Contra el PNV es dudoso que se decidiera a emplear una violencia que rebasara los ataques vandálicos a batzokis, como ya hemos visto estos días —los atentados mortales contra nacionalistas romperían la comunidad política en ciernes—, pero los socialistas vascos y navarros se convertirían en objetivos del terrorismo si pusieran trabas al proceso independentista, además de abrir una crisis política que daría al traste con la coalición en Navarra.
La salida más inteligente para el PSN sería aceptar el pacto ofrecido por Miguel Sanz o negociar otra salida que hiciera posible la gobernabilidad de Navarra, bien por una coalición de UPN y CDN con acuerdos con los socialistas, bien por una Grossekoalition UPN-PSN, como la que ha propuesto a lo largo del último año Víctor Manuel Arbeloa. Pero, precisamente por ser la más inteligente y sensata, fue la primera que descartó, el domingo, ese genio de las finanzas metido a político que se llama José Blanco. Se acercan tiempos más sombríos todavía.

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