CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
Alcaldes para la eternidad
Es una lástima que no pueda realizarse un experimento que seguramente demostraría la futilidad de las siglas. Consistiría en intercambiar la camiseta partidaria de dos de los regidores más longevos (políticamente, se entiende) de Galicia. Manuel García Montero, alcalde que data del paleolítico, se convertiría al nacionalismo y comparecería así ante sus fieles vecinos de Cenlle. Xosé María Rivera Arnoso, coetáneo de los últimos faraones, se haría del PP para disputar de nuevo el poder local en Fene.
Algunos electores quedarían escandalizados ante la inesperada metamorfosis, muchos pensarían que hubo razones poderosas para la transformación, y la mayoría seguirían votándolos porque tanto el nacionalismo de Rivera Arnoso como el popularismo de García Montero son irrelevantes para su parroquia.
Lo cual no quiere decir que ellos sean un par de oportunistas, una pareja de políticos promiscuos que hoy se van con una sigla y mañana con otra. No es eso. Simplemente han aprendido, como el resto de regidores con varias legislaturas a sus espaldas, que no se puede gobernar echando mano del catecismo partidario, o buscando sólo la aprobación de la selecta militancia.
No hay un manual que enseñe a gobernar un pueblo en nacionalista, o en popular. Las direcciones de los partidos se parecen a esos entrenadores que se limitan a pedirles a sus estrellas que salgan al campo a jugar como saben. A Quintana no le queda otra que aceptar como nacionalismo lo que Rivera Arnoso haga en Fene, ni Feijóo tiene más remedio que aprobar la línea de ese alcalde para la eternidad que tiene en Cenlle. Hay que darle libertad.
Buena prueba de ello es que ninguno de los grandes líderes del PSdeG, PPdeG o BNG es capaz de plantear un programa marco para los municipios que gobierne su sigla, más allá de cuatro generalidades. Sus campañas se hacen recurriendo a grandes asuntos de la política española y gallega, con tenues pinceladas municipalistas.
Ya sabemos que Feijóo y Quintana van a discrepar en el debate televisivo de hoy, que los socialistas, con toda la razón, consideran absurdo. ¿Pero se diferenciarían mucho los planteamientos del alcalde de Fene y el de Cenlle si los pusieran cara a cara en un Hai debate? Tendrían que hacer grandes esfuerzos, y los espectadores deberían de esmerarse para descubrir cuál de ellos es el nacionalista y cuál el popular.
Ambos practican la autodeterminación más genuina. Aunque no lo digan, actúan en sus dominios como si fuesen una nación, y a lo más que llegan con sus siglas respectivas es a una soberanía compartida. Su mandato es tan antiguo que la mayoría de sus vecinos no tienen noción de quién fue el regidor que los precedió, e incluso muchos dudan de que lo hubiera.
Épocas antes de que sus líderes partieran en busca del grial del centrismo, o del arca del nacionalismo moderado, ellos ya los habían encontrado en Cenlle y Fene. Su elixir de la eterna juventud política no es otra cosa que el descubrimiento de que el vecino se complace con la gestión y se indigesta con la ideología cruda.
Y hay otra clave que García Montero expresaba ayer con sencillez en el repaso que hacía nuestro periódico a los corredores de fondo de la política local. La paciencia. Según don Manuel, la paciencia explica su asombrosa continuidad. El concepto del tiempo que tienen regidores como él o Rivera Arnoso es paciente. No se mide en años, sino en edades. Van a por otra.
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