sabado 23 de junio de 2007
La marioneta del ventrílocuo
JUAN MANUEL DE PRADA
FUE uno de los momentos más bochornosos del llamado «proceso de paz». Zapatero había proclamado con solemnidad que sólo iniciaría contactos con los etarras cuando se hubiera comprobado que habían desistido de sus propósitos criminales; también proclamó que el anuncio de esos contactos se haría en sede parlamentaria. Mintió alevosamente. Los etarras demostraron que no estaban dispuestos a desistir de sus propósitos criminales -siguieron extorsionando a empresarios, aprovisionándose de armas, incluso montaron un aquelarre en una campa en el que volvieron a vindicar la «lucha armada»- y Zapatero anunció el inicio del «diálogo»... en los pasillos del Congreso. Fue la suya una declaración fraudulenta, en la forma y en el fondo. Rehuyó la tribuna de oradores para evitarse la vergüenza de un debate en el que la oposición le habría recordado que no se daban las circunstancias exigibles para iniciar el «diálogo»; y creyó, con ese cinismo pueril de quien se aferra a la literalidad de la palabra dada para traicionar su espíritu, que la añagaza salvaba su promesa de anunciar dicho «diálogo» en sede parlamentaria. Pero más indecoroso que la forma elegida, medio de tapadillo o matute, fue el tono de su declaración, con expresiones en las que se aludía al «respeto a las decisiones de los ciudadanos vascos» y menciones constantes a las «cuestiones políticas», a las «las formaciones políticas de Euskadi», a la «la pluralidad política» y no sé cuántas politiquerías más, como si lo que se fuese a discutir en tales negociaciones tuviera una naturaleza «política», y no estrictamente criminal. Todo ello, por supuesto, aderezado con invocaciones a la «democracia», para que la pobrecita quedase bien rebozada de mierda.
La declaración era, en efecto, indecente. De su tenor se desprendía que las actividades delictivas de una banda de asesinos eran, a la postre, consecuencia de un conflicto político en cuya resolución el Gobierno respetaría un inexistente ámbito vasco de decisión. A una banda de asesinos se le castiga penalmente; y, en el caso de que el Gobierno considere que su disolución procurará beneficios tales a la sociedad que aconsejan una cierta magnanimidad en el castigo, se decretan medidas de gracia. Todo lo que exceda estas consideraciones es farfolla retórica; pero la farfolla retórica siempre esconde intenciones aviesas. A nadie en su sano juicio se le ocurriría afrontar la disolución de -pongamos por caso- una banda de pederastas invocando principios de pluralidad política o ámbitos decisorios de voluntad popular; en cambio, Zapatero, al afrontar la disolución de la banda etarra, introducía en su discurso tales elementos. Muchos pensamos entonces que tan incongruentes interpolaciones, así como el tono muy calculadamente ambiguo de la declaración, obedecían a un intento de no soliviantar a los nacionalistas, empeñados en dar solución a un fenómeno estrictamente criminal mediante vías políticas.
Pero nos quedamos cortos. Ahora nos enteramos de que aquellas indecorosas palabras de Zapatero habían sido en realidad pactadas con los etarras. El presidente del Gobierno se convierte así en la marioneta de un ventrílocuo criminal. Estábamos acostumbrados a que las declaraciones institucionales de Zapatero se resumiesen en un flatus voci; esta nueva revelación incorpora ribetes acongojantes a la certeza. ¿Es legítimo que las declaraciones institucionales de un presidente del Gobierno, en las que se compromete la voluntad popular, estén «consensuadas» con una banda de criminales? ¿Es legítimo que el presidente del Gobierno de un Estado soberano actúe como papagayo de un texto en cuya redacción ha participado una banda de criminales? No se cuestiona aquí la legitimidad de Zapatero para dialogar con criminales, sino para que el asunto de ese «diálogo» sea consensuado con ellos. A esto antaño se le llamaba alta traición. Da mucho miedo pensar que la voluntad popular esta representada por un individuo que pacta sus declaraciones institucionales con asesinos.
Recordaba el otro día con Rosa Díez la frase que Rutger Hauer le dirige a Harrison Ford, hacia el final de Blade Runner: «Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo».
sábado, junio 23, 2007
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