sábado, junio 23, 2007

Ferrand, Educacion y ciudadania

sabado 23 de junio de 2007
Educación y ciudadanía

M. MARTÍN FERRAND
PARA quienes nos nutrimos con la cultura y la civilización cristianas, la mayor diferencia entre el Corán y el Evangelio reside en que Mahoma atiborró su texto, sobre una doctrina religiosa, con preceptos políticos, ideas científicas, normas penales y hasta leyes civiles, mientras que Juan, Lucas, Marcos y Mateo acotaron los suyos en el ámbito de las relaciones del hombre con Dios y de los hombres entre sí. De ahí que no convenga caer en el exceso tan español y disparatado de confundir el deseable laicismo cívico -posiblemente, nuestro mayor déficit histórico- con la saña antirreligiosa. El Vaticano II lo expresa con precisión: «La comunidad política y la iglesia son independientes y autónomas una de la otra».
Aquí, en España, la pervivencia de un -¿innecesario?- Concordato entre el Estado y la Santa Sede y una malsana y bien enraizada costumbre anticlerical tienden a confundir las ideas. Son muchos quienes entienden lo laico como contrario y enfrentado a lo religioso, como términos opuestos y hasta contradictorios. No deben haber comprendido al antes citado evangelista Mateo e ignoran la conveniencia de dar «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». No escasean los clérigos entre quienes tienden a olvidar tan sabio precepto evangélico.
La Conferencia Episcopal Española, un gran coro con voces diversas y hasta desafinadas, nos invita a combatir «con todos los medios legítimos» la nueva asignatura con la que Mercedes Cabrera, quizá para hacer algo más que nada, quiere enriquecer los programas de la LOE: «Educación para la Ciudadanía». ¿Será perverso educar cívicamente a los niños y jóvenes que serán protagonistas del mañana? Si la «Educación para la Ciudadanía» no remeda la «Formación del Espíritu Nacional», que nunca censuraron los predecesores de los obispos españoles que ahora tanto se excitan; es decir, no es un intento de adoctrinamiento partidario, habrá que verla con buenos ojos. Es además compatible, complementaria, con una asignatura igualmente deseable, la «Religión» -cultural, no catequística- que, en los centros concertados y confesionales, puede adquirir también la dimensión apostólica.
La vida promiscua que, hasta hace solo un rato, han mantenido la Iglesia y el Estado españoles no es buen faro para iluminar el futuro. Traiciona las esencias que inspiran a la una y obligan al otro. Naturalmente es difícil renunciar a privilegios y situaciones establecidos y, aún en su deformación, asumidos como normales; pero en esto, con las debidas distancias entre lo temporal y lo espiritual, la Administración del Estado y la representación eclesial -tan diversa, tan contradictoria- debieran derrochar generosidad, una virtud que es, al mismo tiempo, laica y religiosa. Posiblemente la que más puede engrandecernos a todos.

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