lunes 25 de junio de 20007
Salir de la parálisis Josep Borrell
El acuerdo de mínimos arrancado de madrugada, como de costumbre, en el Consejo Europeo de Bruselas debe permitir sacar a la UE de su parálisis. Pero muy despacio y con mucho disimulo, ambigüedades y excepciones.
El término Constitución ha sido definitivamente enterrado. Lo que se apruebe se llamará modestamente “Tratado sobre el funcionamiento de la Unión Europea”, uno más en la larga lista que empezó en Roma. El proyecto de Tratado Constitucional refundía y derogaba todos los anteriores y éste sólo los enmienda parcialemente. Será más corto, pero no más sencillo, y el conjunto de las normas comunitarias será más complicado.
Pero no importa. Lo que se buscaba sobre todo era que pareciese suficientemente diferente para evitar su ratificación por referéndum en Francia, Holanda y el Reino Unido. Lo ocurrido demuestra que no por mucho madrugar amanece más temprano y que el entusiasmo por explicitar la dimensión política de Europa iba muy por delante del sentimiento de sus pueblos, para muchos de los cuales el término Constitución creó más rechazos que adhesiones.
Y eso es así porque el impulso integrador de Europa se ha debilitado y diluido en su mayor dimensión y heterogeneidad. El principio fundador de la integración europea era superar el monopolio de la legitimidad de los Estados que arranca del Tratado de Westfalia. Pero un claro renacer del nacionalismo ha debilitado el espíritu comunitario y todo lo que vemos son desconfianzas, frenos y marcha atrás en el proceso de compartir soberanía desde instancias supranacionales.
Por ello, el acuerdo de Bruselas puede ser la expresión de un proyecto que ha perdido su pertinencia histórica, debilitado por las discrepancias sobre su razón de ser entre sus protagonistas, tanto de los últimos como ahora también de los fundadores.
Y para salvar esas discrepancias se recurre a la opacidad, a los non-dit, a la excepción y al retraso de decisiones que sería necesario aplicar con urgencia.
Primero retrasar, dar tiempo al tiempo que todo lo acomoda. Así, las nuevas reglas de decisión del Consejo y el número de votos de cada Estado propuestos por el Tratado Constitucional se mantienen, con algún aderezo…, pero para conseguir el acuerdo de Polonia, su aplicación se pospone ¡10 años!
De esta forma, desde que se empezó a intentarlo en el Tratado de Ámsterdam, en 1997, la UE habrá tardado 20 años en resolver uno de sus más elementales problemas de funcionamiento. Y a la velocidad que va el mundo, 20 años es una eternidad.
Segundo, excepcionar. Sobre todo al Reino Unido, que no quiere que se le aplique la Carta de los Derechos Fundamentales, que debería afectar por igual a todos los europeos, y se queda fuera de esa norma como se quedó fuera del euro y del espacio sin fronteras de Schengen. Y también de los avances en las políticas de seguridad interior y de justicia.
¿A este paso, qué significado tiene ser miembro de la Unión Europea? Si no se participa en las políticas que más fuerza dan a esa unión, la condición de Estado miembro empieza a ser un concepto difuso, planteando con más fuerza la pertinencia del proyecto o la de la participación en el mismo.
Tercero, ocultar o por lo menos no decir. Ha habido que hacerlo varias veces para que todos los escépticos y recalcitrantes se sientan cómodos, aunque no se modifique la realidad. El caso más sonado es haber eliminado el artículo que establece la preeminencia del derecho comunitario sobre el de los Estados. Es así desde el Tratado de Roma, así lo ha reconocido la jurisprudencia de los Tribunales y tiene que ser así porque si no no hay Comunidad que valga y no tendría sentido tener un Parlamento Europeo. Pero no se quiere reconocer explícitamente para no herir la sensibilidad política de algún país. Solución, se quita del articulado pero añadimos un protocolo que recuerda lo que la jurisprudencia ha establecido al respecto.
Lo mismo pasa con la exigencia francesa de retirar la referencia a la “competencia libre y no falseada” de entre los objetivos de la Unión, expresión que se presentó como uno de los más perversos síntomas del ultraliberalismo e influyó en el resultado adverso del referéndum. Se suprime del articulado, pero subsiste en los actuales Tratados y un nuevo protocolo refuerza la competencia al declararla un instrumento esencial de las políticas de la Unión.
Juegos de palabras, pero lo que se dice o no se dice, o dónde y cómo se dice tiene su importancia. Como la tienen los símbolos, que desaparecen casi todos para calmar a los que temen que la UE se parezca a un Estado. No habrá referencias a la bandera, ni al himno, ni al Día de Europa ni a la divisa “unidos en la diversidad”. Bandera e himno seguirán ondeando y sonando, pero sin reconocimiento formal. Así, cada cual podrá darles el valor que quiera, que hoy es bien diferente según los países. En algunos la bandera azul-estrellada está proscrita y en otros acompaña sistemáticamente a la nacional.
Tampoco se dirá que el euro es la moneda de la Unión, y ciertamente no lo es de toda ella, ni parece que vaya a serlo en un futuro inmediato.
Se dirá, con razón, que los símbolos caen pero la gran mayoría de las reformas institucionales se mantienen. Pero los símbolos son importantes porque contribuyen a la construcción mental de una comunidad. No son una cuestión de soberanía, pero si de identificación. Y la “dessimbolización” de Europa, el rechazo a simbolizarla explícitamente, refleja la debilidad de su dimensión política. Hoy, nos guste o no, varios nuevos dirigentes europeos la conciben como un área de cooperación intergubernamental. Y Polonia y el Reino Unido, en particular, la quieren limitada y simple y por eso se ha explicitado, por ejemplo, que la política exterior de la Unión tiene exclusivamente un carácter intergubernamental.
Pero por lo menos hemos salido del impasse y evitado la crisis. Como siempre, todo el mundo ha ganado y todos los gobiernos han obtenido algo de lo que querían. Pero las grandes cuestiones sobre el proyecto europeo y su apropiación por los ciudadanos siguen sin respuesta. Bien es cierto que, después de más de dos años de reflexión, nadie pretendía contestarlas este pasado fin de semana en Bruselas.
jborrell@europarl.eu.int
lunes, junio 25, 2007
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