lunes, junio 25, 2007

Javier Perez Pellon, Italia biblica

lunes 25 de junio de 2007
Italia bíblica Javier Pérez Pellón

Para un ciudadano italiano, como para cualquier otro de remota o cercana nación o continente, sería prácticamente impensable el recorrer, de norte a sur, a lo largo y a lo ancho, aunque fuera solamente unos cuantos centenares de metros de los caminos, de seculares calzadas adoquinadas y de senderos de su geografía rural o calles de las inimitables ciudades de este bendito país, sin toparse con palabras, imágenes, monumentos y memorias que encuentran su origen en aquel “libro de los libros” que, desde hace tres mil años, nos descubre —al menos a la par del teatro griego, de la prosa latina y de la épica antigua— las claves de lectura para comprender el misterio de la existencia humana y su sentido dentro de la historia: el código críptico de los sentimientos, el enigma del comportamiento, las relaciones interpersonales, las aspiraciones y las tentaciones de los personajes bíblicos, no han sido solamente modelos para imitar o rechazar, sino, fundamentalmente, paradigmas de lo que el ser humano es en profundidad.
En nuestro vivir cotidiano es el mismo lenguaje el que, continuamente, nos está recordando figuras, imágenes y memorias de claras reminiscencias bíblicas, desde el éxodo al apocalipsis, desde el arca de Noé a la torre de Babel, desde el hijo pródigo al beso de Judas, al buen samaritano, a lavarse las manos como Pilatos, al poner la otra mejilla… palabras y frases que se repiten y que son comunes en las conversaciones que mantenemos en nuestro diario convivir con otras personas.
Es un hecho repetidamente constatado que Italia, al igual que cualquier otro país del hemisferio occidental, sobre todo europeo, de profundas raíces culturales y religiosas greco-romanas, en primer lugar, y judeo-cristianas, inmediatamente después y no por ello menos importante que las primeras en el orden de su acontecer histórico, está, hoy día, sometida a una gran corriente migratoria extraña a nuestras costumbres y tradiciones.
Y no cabe duda que está teniendo lugar, con todo el peso de inconvenientes, incomprensiones y discriminizaciones, un inesperado éxodo de inmensas proporciones, desde el hemisferio sur hacia el que creíamos, hasta hace poco, invulnerable y cristiano solar europeo, que ha implantado, casi de la noche a la mañana, la incuestionable realidad multirreligiosa y multiétnica que, a través de indispensables debates en el ámbito histórico, científico y ético, pueda hacer posible el diálogo con nuestros nuevos vecinos para darles a conocer el substancial contenido cultural que el territorio en que ahora se encuentran y que, para una gran parte de ellos será su futura patria de adopción, tiene con la Biblia, con la enseñanza de la Biblia.
¿De qué otra forma se podrían concebir, por ejemplo, los dramáticos debates que acompañaron las teorías de Galileo o de Copérnico, si se ignora el “escrito” bíblico y que tomado al pie de la letra, como en su día se hizo por jueces e inquisidores, les hizo parecer como una gran contradición?
¿Cómo se puede reflexionar sobre Darwin y el evolucionismo si no se ha leído nunca, y mucho menos tratado de interpretar, la narración creativa del libro del Génesis?
¿Cómo razonar sobre conceptos tan vitales para la historia humana como la guerra justa o guerra santa sin saber de dónde nace la idea e, incluso, la misma expresión de esas trágicas realidades?
¿Cómo distinguir lo que debemos dar al César de lo que debemos dar a Dios sin antes saber quien, cómo, dónde y por qué ha dicho que era necesario obrar de este modo?
Y más aún, ¿cómo podemos aprender a respetar los convencimientos éticos, culturales y religiosos de los otros, del diverso, para establecer un terreno común en el cual dialogar, si antes nosotros no sabemos el contenido social, decantado por siglos de historia, que han formado, a su vez, nuestros propios convencimientos éticos, culturales y religiosos, esas nobles condiciones del ser humano que han hecho posible la supervivencia de nuestra civilización a pesar de mil aventuras, dramas y repetidas contradiciones vividas con sufrimiento?
Todo esto viene a cuento porque en Italia, al final del año escolástico, se ha replanteado el debate no sólo de la enseñanaza voluntaria de la religión cristiana o católica en la escuela pública, o de la historia de la religión, en general, sino de la conveniencia de una mayor presencia de la Biblia “en la formación de cada estudiante y cada ciudadano”.
Se trata de una iniciativa de una “Asociación laica de cultura bíblica” , suscrita ya por miles de adhesiones de ciudadanos de las más variadas extracciones religiosas, culturales y filosóficas, para que la enseñanza de la cultura bíblica sea impartida en paralelo con la greco-romana. Es decir, poner a disposición del estudiante y del ciudadano los instrumentos necesarios para comprender la sociedad concreta en que vivimos y cómo se ido formando y cambiando y cuáles son los símbolos que podemos reconocer a cada paso, que no son otros que aquellos que directamente proceden del Viejo y del Nuevo Testamento que, durante siglos, han sido la fuente de inspiración para las obras artísticas y arquitectónicas esparcidas, en magnífica abundancia, por todo el país.
Sólo así podremos comprender la imponencia miguelangesca de los frescos de la Capilla Sixtina, o la cúpula de la catedral florentina, o el David escapado del cincel de Donatello o la belleza infinita de las madonas de Botticelli o de Rafael.
El conocimiento bíblico es un patrimonio que no puede y no debe ser dejado sólo a quien le presta su propia fe religiosa —por encima de considerarla o no de origen divino—, es un tesoro humano de una tal grandeza de nuestra civilización y cultura de cuyo conocimiento no tenemos el derecho de privar a las generaciones que nos seguirán.
En un momento en que la vieja y desgastada Europa sufre de una crisis tan aguda de valores a nivel político y escolástico, no estaría de más recordar a las jóvenes generaciones que, en la propia educación a la vida con los otros y consigo mismos, no debe estar ausente esa gran enseñanza que constituye el núcleo cultural, a veces dramático, pero siempre fascinante, contenido en la páginas de la Biblia.
Es ésta la más auténtica e imperecedera de cualquier memoria histórica. Y pienso que no estaría de más que esta iniciativa italiana fuera copiada en España.

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